Y el Barça qué, ¿otra vez campeón de Europa?

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Piqué salta, la bola se queda flotando en el aire de Berlín, y el central culé vuelve a cargar para volver a despejar. Es su enésimo cabezazo, su enésima porfía con los Tévez, Morata, Llorente, Pogba, Marchisio… y vuelve a ganarla. La bola queda para Messi, que se gira y prolonga sobre Neymar. Es un cuatro para dos. Neymar, que ha hecho un partido mediocre, se traba y parece otra contra más fallada, pero la saca para Pedro, que fija a los centrales y le da una pelota para que se cierre el círculo, para que la final muera en la portería de Buffon.

Seis meses atrás, en Anoeta, dos días antes de la noche de Reyes, Claudio Bravo mira a sus compañeros. Jordi Alba se lamenta por el balón que acaba de meter en su portería. En el banquillo, Luis Enrique no mueve una ceja. Detrás de él, Neymar y Messi observan. La derrota en Anoeta deja al Barcelona a 5 puntos de la apisonadora blanca, del Real Madrid prodigioso, el de los 20 partidos seguidos ganados, el que amenaza con destrozar todos y cada uno de los récords. Muchos pensamos que todo se ha acabado, que el ciclo murió en Munich en aquella noche de abril de 2013, y que nada volverá a ser lo mismo. Que se fue Pep y en Barcelona ya no queda nada.

A partir de aquella tarde en Anoeta pasaron muchas cosas. Zubizarreta dimitió, nombrado responsable en primer lugar de los malos resultados (tres derrotas en Liga contra Real Madrid, Celta y Real Sociedad y una en Champions contra el PSG). Bartomeu puso su cargo a disposición de la Junta Directiva y se anunciaron elecciones. El escándalo de Neymar seguía (y sigue) en los Juzgados. Luis Enrique estaba a dos partidos de su cese.

En el plano deportivo, el ritmo del Real de Madrid era infernal y el Barcelona, cada día más parecido al del Tata Martino, no daba ninguna sensación de poder competir con él. En lo individual, Cristiano Ronaldo se relamía con 2-3 goles cada fin de semana, superaba a Messi en la clasificación de goleadores de la Champions y se permitía el lujo de retarle al ganar su tercer Balón de Oro, el segundo consecutivo tras el regalo de Blatter en 2013. “Quiero alcanzarle”, dijo el triatleta portugués, convencido de que Messi ya no era más que un mortal, un simple goleador con el que, ahora sí, podía medirse de igual a igual.

El 11 de enero, Luis Enrique se jugaba todo contra el Atlético de Madrid en el Camp Nou. Una derrota les dejaría a 8 puntos del líder y supondría, a buen seguro, su destitución. El Barcelona, aupado en un excelso Messi y en un enorme Luis Suárez, ganó 3-1. El propio Atleti sufrió en ese mes de enero otras dos derrotas contundentes en las que Suárez, Neymar y Messi empezaron a carburar. El Villarreal tampoco fue capaz de frenar al tridente culé y el Barcelona llegó a otra final de Copa, la quinta en siete temporadas. En la final del Camp Nou y la pitada al himno (oh, sorpresa), Messi destrozó a un débil Athletic y el Barcelona consiguió el doblete tras la 23ª Liga, ganada en el Camp Nou con un gran gol de Suárez al Real Madrid, en una segunda vuelta absolutamente primorosa en la que el equipo firmó 16 victorias, un empate (Sevilla) y una derrota (Málaga, el único equipo al que el Barcelona no ha ganado en este 2014-2015) consiguiendo 50 puntos de 57 posibles.

Pero si ha habido un territorio donde el Barcelona ha sido infinitamente superior a sus rivales, ése ha sido Europa. No recuerdo una Champions donde un equipo haya exhibido semejante autoridad, ganando todas las eliminatorias en el partido de ida con una facilidad pasmosa: 30 minutos duró el Manchester City (el campeón inglés). 79, el PSG (el campeón francés). 93, el Bayern de Munich (el campeón alemán). La propia final podría haber discurrido por los mismos senderos: tras el 0-1 en el minuto 4, el árbitro no pitó un penalti de Lichtsteiner en el minuto 8 y Buffon apareció con una parada antológica para frenar el 0-2 de Alves.

El partido de anoche no se quedará en ninguna videoteca, más allá de las de los culés. Fue feo, lento y aburrido. El Barcelona, extrañamente nervioso, prefirió guardar la ropa tras el gol tempranero de Rakitic, sorprendido quizá de la facilidad con la que creaba ocasiones a una Juventus revolucionadísima en el cuerpo a cuerpo pero plana en cuanto a ideas. Sólo Morata, compitiendo por sus dos aficiones, daba sensación de poder equilibrar la balanza.

Y así fue, tras el clásico error de Dani Alves (balón despejado de la banda hacia el centro en una jugada en la que toda la Juventus estaba metida en campo culé). El proscrito marcaba tras un rechace y, esta vez sí, lo celebraba por todo lo alto.

Los minutos de agobio posteriores los borró, quién si no, Messi, tras la polémica de Alves y Pogba (un lance que sólo ha destacado la portada del diario As). El ’10’ controló, desbordó y chutó para que el rechace llegase a Suárez (qué partido el del uruguayo) e hiciese el 1-2. A partir del gol, Alves y Alba hicieron línea de cuatro, la Juventus entregó las armas y el Barcelona se coronó como Rey de Europa.

La Quinta, cuarta Champions en diez temporadas. El Segundo Triplete, tras el logrado con excelencia total en el año inaugural de Pep Guardiola. 24 títulos desde que un argentino apareció en el Gamper del verano de 2005, precisamente ante esta Juventus. Durante estos últimos diez años, el FC Barcelona se ha hecho mayor, ha entrado directamente en la élite del fútbol europeo, tomando el lugar que la Historia, siempre la Historia, le había negado.Siempre girando en torno a la figura de un enano sin físico, sin gol, frágil, dopado, capaz gracias a Xavi y a Iniesta, dictador, egoísta, vago, centrado en su Selección, mortal, acabado. Diez años fieles a una filosofía, a una Ley que no es la del toque, ni la del contraataque, ni la de la presión alta, ni la de la madre que la parió: es la Ley del más fuerte, del más hábil, del más listo; la Ley del mejor.

Recordad su nombre: Leo Messi.

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