El fantasma que recorre Europa (otra vez) (I)

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El domingo por la noche, mientras el proyecto europeo que nació a comienzos de los años 50 se tambaleaba, la señora María Dolores de Cospedal comentaba en riguroso directo la victoria del Partido Popular Europeo. La Cospedal se limitó a desenvainársela al estilo Cañete diciendo que Europa había otorgado su confianza al PP y al PSOE, pues estos dos partidos habían mantenido “mucha distancia” sobre el resto de opciones políticas europeas. Luego pasó a resumirnos las bienaventuranzas del Ejecutivo Popular en España y acabó recordándonos que dentro de un año tenemos, otra vez, elecciones. Y es en ese momento cuando la señora Cospedal dijo las palabras que considero más reveladoras de toda su comparecencia: “el objetivo de este partido [el PP] es hacer que los votantes que son del PP, que hoy se han quedado en sus casas, vuelvan a votarnos el año que viene“.

Cospedal no es idiota, ni mucho menos, pero su discurso a lo orquesta del Titanic es tan descorazonador que uno empieza a cuestionarse si es todo estrategia o de verdad ella, o alguien del PP, se lo cree. Si un descenso de 5,2 millones de votos (de 47 a 30 escaños, un 31%) no es una señal para mostrar humildad, lo mejor es que ni hagan campaña para 2015. Total, pa’ qué.

En Ferraz, la señora Valenciano hacía un alto en la travesía por el desierto del PSOE para destacar “la desafección del electorado europeo y el preocupante ascenso de la extrema derecha“, mientras alargaba el puñal que Rubalcaba utilizó para hacerse el hara-kiri unas horas después. La Valenciano, al menos, sí que vio algo más allá de sus fronteras y no se puso a sexar ángeles.

Mientras tanto, en Barcelona, Artur Mas se rascaba el hoyuelo de la barbilla pensando en cómo se las iba a ingeniar para que su proceso soberanista, “la deriva” que diría Pedro J., pudiese continuar con su tranquilo devenir con ERC arrasando sin contemplaciones y confirmando la tendencia de las elecciones de 2012. Los defensores de la unidad inmutable de España, PP y Ciutadans, se quedaban en un 16% de los votos, con los azulones en mínimos históricos (5ª fuerza política) y los chavales de Albert Rivera sacando más votos fuera de Cataluña que dentro de ella (más votos en Madrid que en Barcelona, Albert). UPyD y VOX, dos caras de la misma moneda, se conjugaban para sacar 42.000 votos, en un resultado que se mueve entre lo irrelevante y lo ridículo. Todo ello con una participación casi un 11% superior a las de 2009, ojo.

Y es que si CiU ha puesto sus barbas a cortar, el PNV ya las tiene a remojar. Bildu se enseñoreó en Guipúzcoa, conquistó Álava y se quedó a 30.000 votos en Vizcaya. La intrascendencia, una vez más, del PP autonómico se une a los 100.000 votos que se dejaron los socialistas. De las opciones de centro reformista (UPyD, C’s, VOX), mejor no hablamos.

Pero tranquilos, que no pasa nada.

En cualquier caso, el gran triunfador de la gala electoral fue Pablo Iglesias: el tertuliano, el orador, el profesor, el político. La coleta más popular del momento. Sobre la figura de este señor, les enlazo al magnífico perfil que Pablo Suanzes ha escrito en El Mundo. La irrupción de Podemos ha sido tan refrescante como inquietante. Refrescante porque demuestra que si la gente vota, el sistema cambia; inquietante porque hablamos de un partido de corte marcadamente populista, con más protestas que soluciones y con propuestas que, en sus mejores casos, sólo pueden ser calificadas de ingenuas. En cualquier caso, y por una vez, no hay que mirar a la Luna sino quedarse mirando el dedo. Más allá del ruido mediático de la caverna, de la sorpresa de otros ilustres del politiqueo personalista como Díez, Vidal-Quadras o el ya citado Rivera, hay algo que es innegable: si Podemos ha podido, es que se puede.

Pero ojo: todo esto no se puede extrapolar alegremente a los comicios de 2015. Elecciones al Parlamento Europeo el día después de que el Madrid gane la Décima…Who cares? RTVE otorgó más cobertura a la celebración en el Santiago Bernabeu que a las ruedas de prensa de los líderes políticos o a las descorazonadoras noticias que llegaban de Francia. Sólo a las once de la noche, cuando Cristiano y compañía se retiraban mientras salían los escrutinios al 90%, se retomó la jornada electoral. Pero la crisis es sólo económica. Claro.

Pero dejemos de lado la desidia nacional, lo preocupante no estaba en España. Es más, de los siete países con más población de la Unión Europea, somos los únicos que no dimos representación a grupos de ultraderecha o euroescépticos. Y esto, señores, en una jornada como la del domingo, no fue ninguna tontería.

Mañana (o pasado), veremos por qué 😉

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P.D. – Si pueden, lean a Manuel Jabois hablando del fenómeno “Podemos”.

Una de cine: La belleza de Sorrentino

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Hace unas semanas se entregaron los premios Oscar con triunfo absoluto de ‘Gravity’, ’12 años de esclavitud’ y sin prácticamente ninguna sorpresa. Es una pena que la mejor película del año, al menos para el que suscribe, no tuviese opción de participar en más categoría que la de Mejor Película Extranjera, donde obviamente ganó.

Sí, ‘La Gran Belleza’ es lo mejor del pasado 2013 y una de las mejores películas de los últimos años. No lo es porque rinda homenaje a ‘La Dolce Vita’, sino por su sentido estético, que es soberbio, por su premisa y su ejecución, por cómo lleva un tema manido a una dimensión nueva de forma ingeniosa y atractiva. Vayan a verla, dénse el gustazo de disfrutarla en un cine, a ser posible en versión original, en una pantalla grande que permita apreciar como se merece el preciosismo de su fotografía (ojo al hipnotismo que produce la primera escena de la película), un ejercicio tan perfecto que llega a abrumar.

Aviso: a partir de aquí hay destripe de la trama.

No vengo a hacer una crítica de la película de Paolo Sorrentino, tan sólo a hablar de la búsqueda de la belleza, de la eternidad en el instante banal, del cinismo como medio de protección ante el sinsentido de la vida, de la insoportable angustia que genera el saberse elegido para recibir un gran regalo pero incapaz de entenderlo.

Jep Gambardella es rico, goza de buena salud, tiene muchos amigos y atrae a bellas mujeres sin esfuerzo. Es un personaje conocido en la alta sociedad romana y disfruta de cierto estatus como escritor debido a una novela que tuvo cierto éxito hace años. Jep lo tiene todo pero vive angustiado en la más absoluta insustancialidad: necesita un ruido constante a su alrededor en forma de grandes fiestas, drogas y sexo para no escuchar el atronador silencio de su vida, para poder sobrellevar otro día en Roma, decadente y grotesca, llena de fieras y sin ángel que la guarde.

Jep es El Cínico, “el mayor vividor de Roma”. Tiene 65 años y ha fracasado en la vida. Es consciente de ello pero se ha rendido y nada persigue: se ha abandonado a la desesperación y a una existencia frívola y superficial rodeado de personajes que sufren el mismo mal que él y con los que comparte noches de alcohol y música jazz en las que sólo caben charletas y bromas insustanciales que no derrumben el delicado escenario en el que representan sus vidas. Es por ello que cuando Stefania, al borde de la desesperación, intenta imponerse como una mujer de ética superior a la de sus compañeros de farra, Jep destruye su ego demostrando que, en realidad, está tan vacía y es tan miserable como ellos: “Estas son tus mentiras, tu fragilidad“.

Una de los momentos que más me impactó, y que sigo recordando, es el del funeral. Anteriormente, Jep acompaña a Ramona a por un vestido apropiado para la ocasión (una de las escenas más bellas de la película que dio lugar al cartel de la misma) y, mientras ésta desfila con sus modelos, áquel le relata cómo va a comportarse durante la ceremonia. Ante la muerte, Jep actúa de manera impostada, bajo un guión que conoce al dedillo, pero su sensibilidad le traiciona y acaba deshaciéndose en lágrimas al darse cuenta de que tiene razón, al sentir, una vez más, la insustancialidad y el ridículo golpeándole sin piedad.

Y lo que le ocurre con la muerte, le ocurre de igual forma con el amor y la amistad. Cuando su amante muere y su mejor amigo le abandona, Jep intenta acudir a la religión, pero la más alta curia romana le rechaza de manera cruel y sin miramientos, más pendiente de cómo cocinar una pepitoria que de salvar un alma descarriada.

A Jep le queda únicamente el consuelo de su pasado, de ese mar que tanto añora, mar de su niñez y adolescencia, mar de su amor más intenso, del primero cuyo simple recuerdo le hace evadirse y ser feliz. Intenta huir de él, avergonzado de que sólo sea verdad todo aquello, para acabar dándose cuenta de que si fue en aquel primer contacto con el cuerpo de una mujer donde quedó anclada su felicidad nada tiene de malo volver a ello y así recuperar la inspiración para escribir y para vivir. La eternidad, la inmortalidad que busca Jep, está en el recuerdo de la belleza de una joven cincuenta años atrás, porque la nostalgia es la única distracción posible para quien no cree en el futuro.

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida. Escondida bajo el bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es sólo un truco” (Jep Gambardella).

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Una de cine: Mis diez películas de los 90

Una vez más, y ya van tres, otro listado de películas. Esta vez tocan los tiempos del blockbuster puro, los dulces noventa, los días de mi niñez, días de películas que todo el mundo conoce y que tantas críticas han generado. No arrasaron en los Oscar, salvo dos excepciones, pero es innegable la influencia que estas películas han tenido en el cine actual y en la cultura popular. Como siempre, ni hay ánimo de exhaustividad ni criterios estrictos más allá de los gustos personales del que suscribe. Ahí van.

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10. Matrix (1999)

Los hermanos Wachowski (hoy, hermano y hermana) eran unos completos desconocidos a finales de los 90, dos inadaptados cuyo único bagaje era la mediocre ‘Lazos ardientes‘ (1996). Un día se lanzaron a la conquista del cine de ciencia ficción y parieron el guión de Matrix, una historia de máquinas que utilizan al hombre como energía mediante un sistema que les mantiene sedados en una realidad paralela que resulta ser nuestra realidad. La premisa es interesante, pero lo que realmente ha perdurado han sido su estética cyberpunk moderna, sus tremendas escenas de acción aderezadas con una potente banda sonora con artistas como The Prodigy o Rage Against The Machine y el carisma arrollador de sus personajes. A pesar de las dos infumables entregas posteriores, que algunos han defendido contra el huracán de la crítica, sigue manteniéndose fresca quince años después y se confirma como una de las mejores películas de acción de siempre.

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9. Deconstructing Harry (1997)

‘Desmontando a Harry’ es todo lo que Woody Allen quiso expresar sobre la vida y nunca se atrevió a proponer en un drama. Diecisiete años y dieciséis películas han pasado desde el estreno de su mejor comedia, y durante ese tiempo su cine ha entrado en una decadencia a ratos agradable, a ratos insoportable. Mientras sus fans intentamos disfrutar de los contados momentos excepcionales que tienen sus últimas películas siempre quedará el consuelo de este conjunto de sketches demenciales, llenos de las obsesiones y fobias que salpican toda la filmografía de este director. Irrepetible.

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8. The Straight Story (1999)

¿Puede una historia sobre un anciano buscando terminar su vida con dignidad a bordo de una cortadora de césped ser emocionante y divertida? David Lynch lo consiguió y después se echó a sestear entre historias incomprensibles de lesbianismo y terror. Una de las películas más tiernas que he visto en mi vida, es inevitable pensar en ella cuando se acude a la reciente ‘Nebraska‘.

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7. Lock, Stock and The Two Smoking Barrels (1998)

Opera prima de Guy Ritchie, muestra evidente del auge del cine británico de mediados de los 90, junto con las archiconocidas ‘Trainspotting‘ (1996) de Danny Boyle y ‘Full Monty‘ (1997) de Peter Cattaneo, antes de hundirse en un batiburrillo de comedias románticas inverosímiles destinadas a chicas de veintitantos. ‘Lock, Stock’ es, para un servidor, la mejor película de Ritchie, superando holgadamente a ‘Snatch’ (2000) y ‘Rocknrolla’ (2008). También es una de las escasas evidencias de que Jason Statham puede ser un buen actor. Cine de acción y situaciones entrelazadas, personajes extravagantes, una fotografía y montaje muy peculiares, banda sonora espléndida y, por encima de todo, mucha diversión.

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6. Schindler’s List (1993)

Spielberg es el director de los cuñados y el-que-no-debe-de-ser-nombrado en reuniones de modernos y hipsters, uno de los grandes que aparece indefectiblemente unido a sus dos películas ambientadas en la II Guerra Mundial de los años 90: ‘La Lista’ y ‘Salvar al Soldado Ryan‘ (1998). La segunda se ha convertido, en mi opinión, en una película bélica bastante sobrevalorada sostenida por dos magníficas secuencias de acción que tapan un ejercicio de americanismo ingenuo y simplón. La primera sí que sobrevive al paso de los años con buen tino, quizá por el sentimiento de morbo y culpabilidad que despierta en los espectadores, quizá por el trabajo de los Liam Neeson (ya quisiera el auténtico Schindler haber sido tan magnánimo), Ben Kingsley y, über alles, Ralph Fiennes. Lo único que la priva de estar más arriba en la lista es, una vez más, la limitada versión de los hechos que ofrece, mostrando una realidad moral única que no se corresponde con lo que se puede leer o ver en ensayos sobre el Holocausto o en el excelente ‘Shoah‘ (1985).

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5. Eyes Wide Shut (1999)

Tras ‘Barry Lyndon’ y ‘El Resplandor’, Stanley Kubrick se pasó casi 20 años ocupado en su vida familiar, quizá aburrido del cine y dedicado a proyectos ejecutados con más pena que gloria (‘La Chaqueta Metálica‘, 1987) mientras las páginas de su ‘Napoleón’ languidecían en los cajones de algún productor. Cuando se aproximaba a los 70, decidió escribir junto a Frederic Raphael un guión acerca de la difícil relación que mantienen el amor y el deseo. Eso es, básicamente, ‘Eyes Wide Shut’: una historia aparentemente sencilla que se desarrolla en una atmósfera asfixiante y claustrofóbica, llena de símbolos y referencias, y con los mejores Nicole Kidman y Tom Cruise de siempre. También fue la última película de Kubrick (murió sin siquiera poder terminar el montaje), la decimotercera, aquella que le reconcilió con su cine de perfección exhaustiva y repleto de significado.

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4. Fargo (1996)

Aparte del mencionado Guy Ritchie, y con permiso de Quentin Tarantino, los 90 fueron la mejor época de los hermanos Coen, esos directores que se han movido siempre por la industria de Hollywood sin perder su esencia o, al menos, retrocediendo rápidamente cada vez que se aproximan a lo que el gran público espera de ellos. Su filmografía ha oscilado constantemente entre historias desagradables llenas de violencia explícita y comedias de humor negro. Así van ahora… a ‘Quemar después de leer‘ (2008) y ‘A serious man‘ (2009) les sigue ‘Valor de Ley‘ (2010) para acabar con una historia de cantantes de folk ‘outsiders’ (‘Inside Llewyn Davis‘, 2013).

… y así empezaron: tras la inquietante ‘Sangre fácil‘ (1985), la divertida ‘Raising Arizona‘ (1987); después la excelente historia de gángsters de ‘Muerte entre las flores‘ (1990) que se vio sucedida por las mediocres ‘Barton Fink‘ (1991) y ‘El gran salto‘ (1994). Tocaba una de tiros con suspense y drama y los Coen recurrieron a su actriz fetiche (Frances McDormand) para firmar la mejor película de su carrera: ‘Fargo’. Ambientada en la Minnesota natal de los hermanos, es un thriller lleno de mala uva, con una actriz principal colosal, la siempre reconfortante presencia de Steve Buscemi y un guión perfecto.

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3. Pulp Fiction (1994)

Tras la irrepetible ‘Reservoir Dogs’ (1992), Tarantino tenía muy complicado mantener el nivel, seguir convenciendo a la crítica y al público de que él era un talento de verdad y no un one hit wonder boy. Entonces estrenó ‘Pulp Fiction’ y nada volvió a ser lo mismo. Tres historias aparentemente inconexas: dos matones de poca monta a sueldo de un gángster, un boxeador venido a menos y una pareja de atracadores enamorados. Violencia explícita y una banda sonora con temas absolutamente desconocidos para el gran público de por entonces y que ahora todo el mundo identifica con la película.

Y es que se pueden decir todo tipo de bondades de ‘Pulp Fiction’ pero la más evidente es que hay muy pocas películas en la historia del cine que hayan tenido su impacto en la cultura ‘pop’. El baile de Travolta y Uma Thurman, Samuel L. Jackson recitando versos de la Biblia antes de liarse a tiros, el “Zed’s dead, baby” de Bruce Willis, o la llegada de Mr. Wolf forman parte de la memoria colectiva tanto como los trajes y sombreros de ‘El Padrino’ o el “Luke, yo soy tu padre” de Star Wars. Hablamos de un hito en el cine moderno, una película que ha influenciado a infinidad de directores de los 90 y posteriores y que catapultó a Tarantino a la cima de Hollywood, cima de la que nunca ha bajado a pesar de lo irregular que ha sido su carrera desde entonces.

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2. American Beauty (1999)

Otra opera prima, esta vez de Sam Mendes. Kevin Spacey se encontraba en la cima de su carrera (‘Glengarry Glen Ross’, ‘L.A. Confidential’, ‘Sospechosos Habituales’, que le valió un Oscar, o ‘Se7en‘) y se coronó con un segundo Oscar en su mejor interpretación hasta la fecha. Le acompañaba una brutal Annette Bening, que estuvo nominada aunque no logró el éxito de su compañero. La película arrasó y llevó a la fama a Mendes, que después hizo ‘Camino a la Perdición‘, se casó con Kate Winslet y se echó (merecidamente) a sestear.

Siempre emocionante incluso aunque se sepa lo que va a pasar, me sigue pareciendo la última vez que la Academia premió merecidamente una película. Si no lo creen, analicen los ganadores de los últimos quince años, se sorprenderán de la morralla que está instalada en el particular Monte Olimpo de Hollywood.

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1. Reservoir Dogs (1992)

No creo que sea una herejía decir que, junto a ‘12 hombres sin piedad‘ (Sidney Lumet, 1957) es la mejor opera prima realizada por un director en toda la historia del cine. Atrevida, irreverente, rompedora, dotada de una estructura y un guión magistrales… Cuesta creer que un director que no llegaba a los 28 años consiguiera algo tan perfecto partiendo de la más absoluta nada. Aguanta visionado tras visionado y sigue tan fresca e innovadora como la primera vez: una película de acción sin prácticamente acción, un thriller con personajes de los que no sabemos absolutamente nada, una especie de obra de teatro que cuenta mucho menos de lo que está pasando. Sí, se podrían escribir tratados sobre la película pero es mejor simplificar, así que dentro intro.

Mientras se cocía esta entrada han sido fusilados exitazos de la década como El Club de la Lucha, Seven, Sin Perdón, Cadena Perpetua, Eduardo Manostijeras, El Gran Lebowski, Casino o Uno de los Nuestros. Mil perdones a todas ellas.

Una de cine: Mis diez películas de los 80

Hace un par de meses aproveché la coyuntura de cierto post para elaborar una lista que intentaba recoger lo que, en mi modesta opinión, era el mejor cine de los años 70. Aquella década fue una de las mejores de la historia del cine americano (aunque en mi lista incluí dos películas de nacionalidad no estadounidense), posiblemente a la altura de las décadas doradas de los años 40 y 50. Hoy vuelvo a las andadas para reivindicar la que posiblemente fue la última gran década del cine antes de la llegada definitiva del “blockbuster” comercial de enormes presupuestos, donde en ocasiones se dedica más dinero a la publicidad que a la película en sí misma.

El nuevo modelo trajo pingües beneficios para las productoras de Hollywood, que podían rentabilizar sus proyectos no sólo en las salas de cine sino también en el mercado del vídeo doméstico, pero también supuso la aparición de la brecha entre el cine comercial y el cine independiente, brecha que hoy se mantiene más que nunca y que ha provocado un sustancial descenso en la calidad de las películas y un cambio, creo que a peor, en las preferencias del espectador. Esto no quiere decir que en los últimos 24 años no se hayan hecho buenas películas, pero el modelo muestra una evidente fatiga y ha pervertido al cine como arte (al respecto es interesante esta reflexión de Steven Soderbergh del pasado mes de abril). Sin más, les dejo con mi top-10.

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10. The Thing (1982)

Hablando de blockbusters. John Carpenter es, con casi total seguridad, el director de serie B más conocido y reputado de la historia y ha tenido una notable influencia en directores tan ‘mainstream’ como el señor Tarantino (excelente monográfico en tres partes el que se marcó Diego Cuevas en JotDown). Despuntó e hizo fortuna a finales de los 70 con ‘Assault on Precinct 13‘ y, especialmente, ‘Halloween‘ (película que lanzó a la fama a Jamie Lee Curtis), pero fue durante los 80 cuando sacó todo su talento a relucir. Tras ‘The Fog’ (donde repitió Lee Curtis) y ‘Escape From New York’, dos horteradas de difícil calificación, Carpenter se sacó de la manga una película de alienígenas donde un reparto capitaneado por Kurt Russell se pegaba de lo lindo con una misteriosa presencia del espacio exterior en una remota estación de la Antártida. La película es un ejercicio de entretenimiento magistral que aúna un guión deliciosamente intrascendente con secuencias de acción llenas de efectos especiales baratos pero efectivos. Tras ‘The Thing’, Carpenter tiró de surrealismo con ‘Christine’ (la historia de un coche asesino que posee a su propietario) y ‘Big Trouble in Little China’ (una de las cutreces más entrañables de su filmografía) pero nunca llegó (ni llegará) al nivel que mostró en la que, para mí, es la mejor producción de serie B de siempre.

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9. Die Hard (1988)

Poca presentación necesita este clasicazo del cine de acción. A John McTiernan ya se le conocía por ‘Predator’, otra de las grandes del cine de acción de siempre, pero nadie sabía nada de Bruce Willis y mírenle ahora. ‘Die Hard’ lo tenía todo para triunfar: un protagonista carismático, un malo interesante, hostias y explosiones a mansalva y una frase para recordar. La cosa salió tan bien que John McLane ha seguido repartiendo cera hasta el año pasado en cuatro secuelas (mención especial a la tercera, también dirigida por McTiernan y que contó con Samuel L. Jackson y Jeremy Irons)  y mucho nos tememos algunos que lo seguirá haciendo hasta que al bueno de Willis le aguante el cuerpo serrano.

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8. The Fly (1986)

Más cine de serie B, esta vez de la mano de David Cronenberg, otro realizador con unas formas un tanto extrañas. Muchos le conocerán por sus últimas películas con Viggo Mortensen (‘A History of Violence’, ‘Eastern Promises’, ‘A Dangerous Method’) o por ‘eXistenZ’, pero este señor ya había hecho cosas muy interesantes como ‘Dead Ringers’, ‘Naked Lunch’ o esta ‘The Fly’. Partiendo de un relato de George Langelaan evidentemente inspirado en ‘La Metamorfosis’ de Kafka, Cronenberg da rienda suelta a un mundo angustioso y claustrofóbico, lleno de escenas turbadoras y desagradables. La interpretación de Jeff Goldblum es cojonuda y Geena Davis (nunca más se supo) aporta el resto con su físico.

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7. The Shining (1980)

Obra maestra del cine de terror, algo esperable cuando se junta a un maestro como Kubrick con un talento inmortal como Jack Nicholson. Kubrick cogió lo que le pareció de la novela de Stephen King, se inventó cosas y se saltó otras, exprimió las capacidades de Nicholson al máximo, quemó a Shelley Duvall hasta deprimirla y acabó tan aburrido que tardó siete años en sacar su siguiente película (la irregular ‘Full Metal Jacket’). Imperdible película, con una fotografía que da para escribir un tratado y tantas interpretaciones conspiranoicas que hasta se ha hecho un documental sobre ellas, el prescindible ‘Room 237‘ (2012). Eso sí, huyan como nunca del doblaje al castellano.

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6. Ran (1985)

Larguísima, lenta y moralista película ambientada en el Japón feudal de los siglos XV y XVI, cuando los shogun dominaban el país y los samurais comenzaban a ser más mercenarios que caballeros andantes. Épica, llena de color y secuencias que parecen no tener fin, no merecería quizá su sitio en esta lista de no ser la última gran película del gran Akira Kurosawa.

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5. Platoon (1986)

La II Guerra Mundial es el conflicto bélico que ha servido de base para una mayor cantidad de películas pero, a excepción de ‘The Thin Red Line’ (Malick, 1998), creo que todas las grandes producciones caen en el mismo error al plantear una dicotomía “buenos vs malos” demasiado simplista en la que los soldados americanos son presentados como bellas personas llenas de principios y fuerza, auténticos paladines de la libertad, héroes en suma. Sin desmerecer la calidad de películas tan famosas como ‘Saving Private Ryan’ (Spielberg, 1998), creo que las mejores películas bélicas han tomado como referencia la Guerra de Vietnam, y como muestra tenemos a ‘Platoon’. Posiblemente la mejor película de la irregular carrera de Oliver Stone, es también la mejor interpretación nunca vista de Charlie Sheen y una interesante visión acerca de la deshumanización de los marines americanos en territorio enemigo y de su alejamiento de la realidad producto del inmenso estrés al que se veían sometidos. Años después, Stone continuó (sin tanto acierto) con ‘Born on the Fourth of July’ (1989), en donde intentaba ilustrar la situación de los veteranos de Vietnam a su vuelta en EEUU. El monólogo final de Sheen con el ‘Adagio for Strings’ de Samuel Barber sigue siendo un momento cumbre en la historia del cine bélico.

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4. Hotaru no haka (La tumba de las luciérnagas) (1988)

Otra película con la guerra como trasfondo aunque esta vez estemos ante un drama con tintes de tragedia. Esta historia de dos hermanos perdidos en medio del infierno de los bombardeos sobre Japón en la II Guerra Mundial es el mayor alegato antibelicista nunca visto en el cine, comparable en su dimensión a la novela ‘Johnny Got His Gun’ de Dalton Trumbo. Tras la animación inconfundible marca de la casa del Estudio Ghibli se esconde una película desgarradora, difícil de digerir y cuyo recuerdo acongoja aún a un servidor. Debería ser de obligado visionado en escuelas e institutos.

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3. Star Wars Episode V: The Empire Strikes Back (1980)

Secuela de la película de ciencia ficción más famosa de la historia del cine, es de largo la mejor de la saga de, hasta ahora, seis filmes. George Lucas le dejó la dirección a Irvine Keshner para que filmase la historia que tenía en mente: un arranque trepidante, Mark Hamill en pequeñas dosis y separado del grupo, más minutos para Darth Vader, impagables discusiones entre Leia y Han Solo y, por supuesto, la mítica secuencia final. Soberbia.

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2. Blade Runner (1982)

Ridley Scott había rodado cuatro años antes ‘Alien’, obra maestra de la ciencia ficción, pero se quedó con ganas de más. Cogió una novela de Philip K. Dick (‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’), pidió a una estrella como Harrison Ford (Indiana Jones, Star Wars) y se marcó una película acerca de la decadencia de la raza humana y el sentido de la vida, de estética cyberpunk y con banda sonora de Vangelis. La ambientación es magistral, el trabajo de Harrison Ford como Rick Deckard es sobresaliente y el monólogo de Rutger Hauer es uno de los momentos más famosos y emocionantes de la historia del cine. La mejor película de ciencia ficción nunca hecha.

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1. The Elephant Man (1980)

Tras ‘Eraserhead’ (1977), David Lynch cogió a un cuasi-desconocido Anthony Hopkins, a un secundario como John Hurt (palmaba en ‘Alien’ en la famosa escena de la comida) y les dio un guión hecho con retazos de la historia real de Joseph Merrick, un hombre que sufrió terribles malformaciones a principios del siglo XX. La historia que cuenta Lynch, centrada en lo repugnante y a la vez maravillosa que puede resultar la naturaleza humana, está narrada de una forma tan realista y cruda que resulta tierna de un modo inolvidable. El trabajo de Hopkins y Hurt no tiene parangón y la música de John Morris actúa como un catalizador perfecto. Una obra maestra atemporal.

Una vez más, y como ya me ocurrió con la lista de los 70, se han quedado fuera películas que alguno considerará imperdibles como ‘Raging Bull‘ (Scorsese, 1980), la saga de Indiana Jones (Spielberg), la irrupción de Schwarzenegger en ‘Terminator‘ (Cameron, 1984) o la de Rambo en ‘First Blood’ (Kotcheff, 1982), las taquilleras ‘E.T.’ (Spielberg, 1982) o ‘When Harry Met Sally’ (Reiner, 1989), o películas de culto como ‘Scarface‘ (De Palma, 1983), ‘Akira’ (Ohtomo, 1988), ‘Back to the Future’ (Zemeckis, 1985) y ‘Do the Right Thing’ (Spike Lee, 1989). A mí me ha costado particularmente deshacerme de ‘Blood Simple’ (Joel y Ethan Coen, 1984), ‘Cinema Paradiso’ (Tornatore, 1988), ‘My Left Foot’ (Sheridan, 1989) y ‘Hannah and Her Sisters’ (Woody Allen, 1986), pero sólo hay sitio para las 10 de arriba.

TEDH y doctrina Parot: algunas respuestas

El pasado lunes día 21 se hacía pública la Sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) en la que dicho Tribunal se pronunciaba negativamente acerca de la aplicación retroactiva de la doctrina Parot, doctrina que instituyó (por decirlo de alguna forma) el Tribunal Constitucional español en febrero del año 2006. No voy a extenderme en hacer comentarios sobre la STC de aquel año, hay documentación de sobra por la red para el que tenga interés. Baste decir que el TC, al igual que los Gobiernos de España desde el año 1977 hasta 1995 (Gobiernos de UCD y, fundamentalmente, PSOE), hizo una auténtica chapuza convalidando al Tribunal Supremo, chapuza que ha traído estos lodos y las vestiduras rasgadas que vemos por toda la geografía nacional.

(Sentencia traducida por la Abogacía del Estado)

¿Por qué sale a la calle Inés del Río?

Imaginen que un día, por un despiste, atropellan a una madre con su bebé. Los dos resultan muertos. Ustedes son condenados a 6 años de prisión por un doble homicidio imprudente. Tras dos años en la cárcel, ustedes solicitan el tercer grado para poder ir a su casa a ver a su familia. El juez les comunica que una reciente reforma penal no les reconoce tal beneficio y que deben cumplir los 6 años íntegramente. Ustedes protestan, porque cuando les condenaron sí que tenían ese beneficio. Les han aplicado una ley nueva a un caso ocurrido hace dos años. Esto es lo que se conoce como aplicación retroactiva la cual, para disposiciones desfavorables o restrictivas de derechos fundamentales (como la libertad), está prohibida por los arts. 9.3 y 25.1 de la Constitución española, el art. 2 del Código Penal y el art. 7 del Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales (CEDH).

Inés del Río, como otros tantos etarras de los años 80, fue juzgada con arreglo al Código Penal de 1973. Este Código reconocía la redención de penas mediante trabajo, lo que hacía posible que periodos de prisión de 30 años (el máximo de aquel entonces) quedasen reducidos a poco más de 20. El Código Penal de 1995 (el vigente) cambió esta situación eliminando la posibilidad de dicha redención. En 2003 se aprobaba además la Ley Orgánica para garantizar el cumplimiento íntegro y efectivo de las penas. Con esta modificación del CP de 1995 se introducía lo que más tarde se dio en llamar “doctrina Parot”: en determinados casos, los beneficios penitenciarios se aplican sobre el total de pena impuesta y no sobre la pena efectiva, lo que en la práctica provoca que aquellos criminales con delitos especialmente graves deberán cumplir el total de sus penas efectivas. Recientes condenas de este tipo han seguido esta normativa, por ejemplo, la de Jamal Zougam, autor intelectual de los crímenes del 11-M en Madrid.

Lamentablemente, estas reformas llegaron muy tarde. Todos los condenados en los años 80 lo fueron siguiendo las directrices del CP de 1973. Y ahí, como ya hemos visto, las reglas del juego eran otras.

Inés del Río fue condenada en el año 1987 a 30 años de prisión. Con la redención de penas (9 años), debería haber salido a la calle hace cinco años. Puede doler, puede molestar, puede ser considerado una injusticia, pero la ley no permitía que siguiera en prisión.

Pero no es un cambio normativo, es un cambio jurisprudencial, ¿no deberían permitirse esos cambios cuando las circunstancias se modifican?

En primer lugar, es bastante sospechoso que en más de 20 años de aplicación del antiguo Código penal nunca se negase la redención por trabajo sobre la pena efectiva. Nunca es NUNCA. En ningún caso.

En segundo lugar, es también bastante sospechoso que la doctrina cambiase justo cuando se produjo una reforma penal en 2003 que precisamente permitió ese cambio jurisprudencial. Si el cambio es puramente circunstancial, ¿por qué era necesario un cambio en las normas sustantivas?

En tercer lugar, el margen de modificación de los criterios jurisprudenciales en materia penal es limitado. No se puede modificar una jurisprudencia estable en el tiempo, hacerlo para aplicar normas penales de forma retroactiva (saltándose a la torera varias normas y desviándose completamente de lo que hacen los países de nuestro entorno político y socioeconómico) y encima provocar con ello una restricción del derecho a la libertad.

¿Qué es esto del TEDH y por qué decide sobre nuestros asuntos internos?

El TEDH es la máxima autoridad entre los países miembros del Consejo de Europa (no confundir con UE) para decidir sobre materias que atañen a los derechos humanos recogidos en el CEDH. Sus sentencias son vinculantes: se han de acatar y ejecutar. La ejecución de las sentencias del TEDH es vigilada por el Comité de Ministros y el no cumplimiento da lugar a sanciones económicas (en forma de incremento de las indemnizaciones pertinentes).

Decide sobre nuestros asuntos internos porque así lo hemos reconocido al firmar el Convenio y sus Protocolos adicionales. Además y para más inri, España reconoce la autoridad de tribunales internacionales en el art. 10.2 de la Constitución.

Teniendo en cuenta todo esto hay que tenerlas muy grandes para decir que la Sentencia no tiene por qué cumplirse. Pero muy grandes.

¿Es cierto lo que han dicho miembros del Gobierno sobre que la Sentencia sólo afecta al caso Inés del Río?

La alarma social está al máximo, así que este tipo de declaraciones van a seguir escuchándose y leyéndose hasta que pase el maremoto. Cuando todo pase solo quedará la verdad: que esta Sentencia se va a aplicar a todos los casos en los que un preso debió salir a la calle por redención de penas y ha sido mantenido en prisión mediante aplicación retroactiva del CP de 1995 reformado en 2003. Ni más ni menos.

Creo que ya hemos hecho suficientemente el ridículo actuando como un país del s. XVIII, demostrando una incapacidad flagrante para gestionar nuestros asuntos y prever lo que iba a pasar si no se reformaban las leyes en su momento. Ya es suficiente. Espero que no hagamos el paripé de exigir que el TEDH se tenga que reafirmar en sus argumentos cada vez que uno de los presos exija su excarcelación, lo espero sinceramente.

Pero esto es una injusticia, no se debería tolerar…

La justicia es un término más moral que propiamente normativo. Si no seguimos las leyes, que son iguales para todos, la frontera que nos separa del caos se disipa con una facilidad pasmosa. El odio y el resentimiento sólo pueden tener cabida en la sociedad, en las víctimas que tienen todo el derecho del mundo a quejarse y a cagarse en la madre del político de turno. A lo que no tienen derecho es a exigir que una persona continúe en prisión porque sí.

Las portadas de los diarios españoles de ayer y las opiniones vertidas por muchos periodistas y tertulianos son aberrantes y no tienen cabida en un Estado de Derecho. Justificar lo injustificable basándonos en conceptos extrajudiciales es más propio de lo que fuimos que de lo que somos. Y es que son ya más de 30 años de democracia, algo se nos debería haber quedado en la cabecita, ¿no?

Una de cine: Mis diez películas de los 70

Navegando hace unas horas por la red me he encontrado con este post de Movie Mezzanine donde los miembros del staff de la web elegían sus diez mejores películas de la década de los 70, posiblemente una de las más brillantes de la historia del cine. En el encabezamiento del post señalan que es un auténtico reto escoger entre una gama tan amplia de grandes filmes y yo no he podido resistir la tentación de querer hacer mi lista. Del 10 al 1, ahí van.

10. Duel (1971)

Thriller dirigido por Spielberg para la ABC americana, uno de sus primeros trabajos y una de sus mejores películas. Con un presupuesto mínimo, Spielberg se saca de la manga una brillante historia de suspense llena de tensión basada únicamente en una persecución a través de carreteras solitarias y polvorientas.

 

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9. Dersu Uzala (1975)

En 1975, Kurosawa ya había dirigido grandes películas (Los Siete Samurais, Rashomon, Vivir o Yojimbo) en Japón, así que se decidió a dar el salto al extranjero y en la antigua URSS (en medio de la taiga siberiana) desarrolló esta preciosa historia sobre amistad y el valor de la vida en armonía con la naturaleza. El trabajo de los dos actores Maxim Munzuk y Yuri Solomin es extraordinario y la fuerza de las imágenes sigue impresionando casi 40 años después.

 

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8. Apocalypse Now (1979)

Se han escrito ríos de tinta sobre las dificultades de rodaje de esta película y cómo casi llevó a perder la cabeza a Francis Ford Coppola. Pese a que condicionase notablemente el resultado final (creo que para bien), la película es suficientemente buena como para ser considerada aparte de su polémica circundante: aunque es un filme lento y lleno de simbolismos (más si se ve el montaje de 2001 de más de 3 horas de duración), nos traslada de una forma diferente al horror del conflicto bélico de Vietnam y plantea interrogantes muy interesantes sobre la condición humana, la moral y los límites de la cordura. Las interpretaciones de Robert Duvall, Martin Sheen, Dennis Hopper y Marlon Brando hacen el resto.

 

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7. Network (1976)

Sydney Lumet suele ser un olvidado cuando se cita a los grandes directores de la historia del cine y estamos hablando de un señor que se presentó en sociedad con 12 Angry Men (1957). Además de esa obra maestra, Lumet dirigió en los 70 películas como Serpico, Dog Day Afternoon y Network: una historia sobre medios de comunicación, la manipulación que sufren y cómo influyen en la gente de tal forma que los dirigentes de los grandes consorcios pueden llegar a hacer creer a la sociedad lo que ellos decidan. Faye Dunaway se sale aquí y el momento de ira de Peter Finch instando a la rebelión de las masas sigue siendo un inquietante ejemplo de cómo un discurso anti-establishment puede ayudar al propio establishment.

 

6. Barry Lyndon (1975)

Otra película que no es fácil de ver pese a ser uno de los ejercicios más perfectos de escenografía y fotografía de toda la historia del cine. La historia que plantea aquí Kubrick no tiene mucha miga, y el moralismo que desprende y la lentitud casi exasperante pueden echar para atrás a más de uno. Aparte de estas minucias, ver Barry Lyndon es asistir a un museo de cuadros del s. XVIII en movimiento, un retrato cuya precisión roza lo enfermizo. Si la belleza de las imágenes y de la banda sonora no cautiva al espectador es posible que éste no tenga alma.

 

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5. Manhattan (1979)

Woody Allen es un genio y quien diga lo contrario falta a la verdad. Sí, ha hecho mucha morralla, casi tanta como buen cine, pero es el responsable de Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Broadway Danny Rose, Desmontando a Harry y de la mayor declaración de amor que nunca se ha hecho a la ciudad de Nueva York. Rodada en blanco y negro para ira de sus detractores, sigue siendo uno de las mejores comedias de todos los tiempos y máximo exponente de la dicotomía del personaje alleniano, esa que habla de por qué complicarse la vida buscando satisfacer un anhelo cuando tenemos la felicidad ya con nosotros.

 

4. Stalker (1979)

Tarkovsky es uno de los directores más densos que existen, en toda la amplitud del término denso: Cine lento, lleno de referencias y simbolismos, donde cada escena se cuida hasta el más mínimo detalle. Esta película es exactamente todo eso: larga y llena de silencios y de secuencias donde no parece pasar nada. También es uno de los mejores filmes de ciencia ficción de la historia. Puede aburrirte extremadamente o puede convertirse en una de tus películas preferidas. Y no suele haber término medio.

 

3. One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975)

Si solo atendiésemos a los premios que cosechó esta película se debería concluir necesariamente que es una de las mejores de la historia. Curiosamente, muchos cinéfilos la desprecian precisamente por haber ganado los cinco Oscar y Globos de Oro más importantes (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Guión): ya saben, hay que huir del mainstream, aunque para hacerlo haya que decir que está mal dirigida, mal interpretada y que es excesivamente moralista. Yo diré que es una obra maestra, y punto.

 

2. Alien (1979)

Olvídense de todo lo que ya sabemos del universo Alien: las secuelas infumables, los crossovers con Depredador y todo el marketing. En 1979, Ridley Scott hizo una película de terror en el espacio que hoy sigue resultando tan inquietante como entonces. Alien rompió el molde: protagonista femenina que sobrevive a un grupo de hombres y que liquida al malo de la película. Sería la mejor película de ciencia ficción de la historia de forma indiscutible si tres años después el propio Scott no hubiese hecho Blade Runner, lo que es mucho decir.

 

1. The Godfather II (1974)

Elegir entre las dos primeras partes de la saga de mafiosos de Francis Ford Coppola es como elegir entre papá y mamá o entre la gallina y el huevo. Si la primera tenía a Marlon Brando, la segunda tenía a Robert De Niro.  Si la primera tenía la escena de la gasolinera, la segunda tenía la escena de la barca. Ambas con arranques y finales magistrales. Es imposible entender una sin la otra y creo que esa es la mayor grandeza de estas dos películas. Yo, por una cuestión de respetar las reglas de cualquier lista que se precie de serlo, elijo la segunda.

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Se han quedado fuera de la lista películas como Chinatown, Star Wars A New Hope, Taxi Driver, A Clockwork Orange, The Sting, Kramer vs Kramer, All The President’s Men, Deliverance o las ya citadas Dog Day Afternoon o Annie Hall. Y tampoco podemos olvidar películas de culto como Rocky, Jaws o The Exorcist, de menor calidad pero que dieron una barbaridad de secuelas y forman parte indiscutible de la cultura pop. Un brindis por ellas.

Ni contigo ni sin ti

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Hablaba el señor Pedro J. Ramírez este domingo de las vicisitudes del proceso independentista catalán y pensaba yo, según leía su columna, en que el director de El Mundo encarna como pocos la forma de pensar del español medio en lo relativo al “desafío soberanista”: que todo es una locura con base en décadas de conductismo social, que los gobernantes catalanes engañan a sus votantes y que la “deriva nacionalista” es un movimiento egoísta y descabellado equiparable al nacimiento del nacionalsocialismo en la Alemania de los años 30.

Hace algo menos de un año, el nacionalismo catalán daba un puñetazo encima de la mesa en las elecciones del 25 de noviembre y conseguía barrer a las opciones no partidarias de la consulta popular, del llamado derecho a decidir. Muchos hablamos entonces de que el clamor de la sociedad catalana (o al menos de la que se acercó a votar aquel día) no debía enturbiar la verdad: que Artur Mas es un líder tibio y ambiguo cuyo único objetivo no es liberar al pueblo cual Nelson Mandela, sino más bien agarrarse a la poltrona y sostener la pancarta con la mano derecha mientras con la izquierda pone el cazo para que los contribuyentes españoles sigamos pagando sus desmanes.

En contra de lo que piensa Vargas Llosa, yo sí que creo en el derecho de autodeterminación. Creo que, con los instrumentos adecuados (¿obtención de mayorías cualificadas sostenidas en el tiempo?), cualquier comunidad debería poder decidir sobre su destino, al igual que los individuos decidimos sobre nuestras vidas. Negar este derecho, basándose en un supuesto “imperio de la ley”, en esa “España constitucional” del aznarismo, es una aberración en tanto que asigna a la Constitución la función de cárcel. Me dan risa aquellos que dicen que el respeto a la Constitución impide que una parte de la sociedad española opine sobre su futuro, y aún más risa me dan los que dicen que “plantear una consulta popular viola las reglas del juego que aceptó la sociedad catalana cuando ratificó por mayoría la Constitución en 1978”. Los marcos jurídicos responden a la realidad social de cada momento, por eso cambian, para adaptarse. La Carta Magna no es una verdad inmutable, inviolable y omnisciente: es un conjunto de reglas de hace 35 años que se pueden cambiar. Y así ha sido cuando nos lo han mandado desde fuera. Y si no cambia ahora, la consulta habrá de hacerse igualmente a espaldas del Gobierno central. ¿Qué importancia tiene para un proceso secesionista el respeto a unas leyes que no se van a respetar si ese proceso triunfa? Ni importan, ni tiene ningún sentido que se tengan en cuenta. Y lo mismo que acabo de señalar para las leyes internas del Estado español sirve para el Derecho Internacional Público. No me vengan con las normas de Naciones Unidas sobre nuevos Estados: en Europa tenemos un puñado de pueblos que las han usado para limpiarse ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre. No, Cataluña no es Kosovo, ni el Tíbet; tampoco lo eran croatas, andorranos, montenegrinos o eslovacos.

Así pues, sí, a favor de la consulta al pueblo catalán, a la sociedad catalana o a los ciudadanos catalanes, que en la variedad está el gusto. Eso sí, una consulta donde se diga lo que va a haber de menú para que nadie se llame después a engaño. Especialmente sangrante es el tema Unión Europea. Que viene un comisario de competencia y dice que Catalonia is not EU, que luego vienen los escoceses y dicen que seguirían siendo UE en caso de secesión, que luego viene otro funcionario de la Unión y dice que nanai, que Mas dice que Europa les necesita, etc. Que se aclaren, que emitan el informe pertinente y que digan la verdad. Yo no he encontrado en los tratados fundacionales ninguna disposición que se pueda aplicar al caso de Escocia/Cataluña (aunque hay un supuesto de hecho parecido en la Argelia de 1962), pero supongo que lo lógico es que el espacio Schengen no se viese alterado; otro gallo cantaría con la cuestión monetaria y fiscal (que no es asunto baladí, ni mucho menos).

Que se hable de argumentos fiscales, económicos, políticos, incluso culturales si se quiere. Que se diga la verdad por ambas partes, que cada cual apueste por lo que crea conveniente, pero que se abandone de una puñetera vez el “porque lo digo yo”. Miren a Escocia, miren las relaciones entre Londres y Edimburgo. Dejénse de desvaríos y derivas y de clamar al cielo porque la Constitución es sagrada. Dejénse de 1714 y de siglos de sometimiento y tortura españolista. Y, sobre todo, dejénse de lanzar dardos envenenados buscando convencer a los catalanes, quién sabe cómo, de que España es la mejor.

Y es que no son solo los brotes de violencia puntual. Desafío, deriva, capricho, desvarío, obsesión, falaciaa las palabras las carga el diablo. Declaraciones de ministros, de la Jefatura del Estado, de personalidades, de multitud de firmas de mayor o menor calado, todas con un mismo fin: declarar ilegítimo, ilegal e irresponsable el sueño secesionista. Hacerles saber a los catalanes que por ahí no, que de este barco que se hunde no se va ni Dios, que nos deben una pasta, que no les va a querer nadie, que el Barça se queda fuera de la Liga y que si se ponen farrucos les bombardeamos y listo. Tal cual. O sea, que les odiamos pero que no se marchan. Ni contigo ni sin ti.

Y cuando estas críticas arrecian, cuando los señores del PP se ponen el mono de trabajo a la hora de defender la patria y excluir a los que no la entienden de igual manera, es entonces cuando el nacionalismo catalán sube como la espuma. Ya se sabe: los extremos se atraen, se retroalimentan. Lo explica muy bien aquí Guillermo López García cuando habla de los resultados electorales de ERC:

En cuanto a Elecciones Generales, este partido pasó de obtener un escaño en 1996 (las elecciones que dieron paso al primer Gobierno de Aznar) a 8 en 2004, para después bajar hasta tres en 2008 y 2011. En el plano autonómico pasó más o menos lo mismo: ERC sacó 13 escaños en 1995 y 1999, subió a 23 en 2003, y después, una vez instaurado el tripartito y con Zapatero en La Moncloa, bajó a 21 escaños en 2006 y 10 en 2010. Dos años después, en 2012, como celebración del primer año de Rajoy al frente del Gobierno español, ERC volvió a subir hasta los 21 escaños“.

Curioso, ¿verdad?

Otra cosa que me hace mucha gracia es la crítica feroz a la presencia de niños en las manifestaciones de la Diada y el uso de sus testimonios por parte de TV3, lo que lleva siempre a denunciar el modelo educativo catalán (y, por extensión, el vasco) y su “deformación de la Historia”. “Son nacionalistas porque es lo que les han enseñado”. A mí me han educado en la religión católica desde mi más tierna infancia hasta los 17 años y no soy ni practicante ni creyente. Y mis compañeros que sí que lo son no creo que hayan llegado ahí por una cuestión de lavado de cerebro, les considero suficientemente inteligentes como para haber decidido por su cuenta el camino que eligen en cuestiones religiosas.

¿Ven? Al final todas estas denuncias van encaminadas al insulto, a la provocación, a considerar ingenuos o falsos los movimientos ajenos a la patria española. Y es un insulto porque para el nacionalista español radical “el nacionalismo existe y medra porque se enseña en las escuelas”, es decir, que todos los nacionalistas son un burdo producto de la propaganda política y que no hay posibilidad de que nadie haya llegado a creer en la independencia por obra del propio intelecto, que es como decir que un católico será creyente y practicante si, y solo si, es enseñado en la religión católica para la religión católica. A mí esto me parece una falacia, aquí y en Girona. Y Escocia, otra vez, es una buena muestra de ello.

Por razones sentimentales y pragmáticas espero que Cataluña siga formando parte del Estado español por muchos años más. España necesita a Cataluña, necesita sus recursos, necesita a sus gentes, necesita su cultura. No nos podemos permitir convertirnos en un país más pequeño, más pobre (porque seríamos más pobres), menos plural y más cerrado en el nacionalismo castellano, tan excluyente o más que el catalán. Creo que tan importante como darle voz al electorado de Cataluña es hacerle saber que España le necesita en todos los sentidos y que juntos se hace más fuerza que yendo por separado. Ofrecer un proyecto integrador que deje espacio a las realidades culturales y poner de una puñetera vez encima de la mesa la cuestión de la financiación. Después de todo, y mal que les pese a muchos, hay muchas más cosas iguales o parecidas entre castellanos, andaluces y catalanes (incluyendo a los políticos) que diferentes. Pero entiendo que a estas alturas estos deseos míos sean poco más que una quimera, aunque haya alguna voz del PP que ya haya empezado a hacer de liebre (con mejores o peores intenciones).

Imprescindibles: Referéndum (de Enric González), Uno más y La inteligencia (de Sostres), Jordi Évole, motivos para la independencia de un no nacionalista, Cataluña y las promesas creíbles (por Senserrich), La España troglodita (por Ramón Lobo), Cataluña no es Escocia (por Juan Carlos Girauta), Kitsch nacional (por Antonio Muñoz Molina).