Los límites del ser humano

Para muchos habrá pasado desapercibido por completo pero el pasado 29 de mayo se cumplieron 60 años de la primera ascensión al Monte Everest, una aventura sencillamente increíble que tuve el privilegio de conocer hace ya muchos años de la mano de National Geographic. Recuerdo ser bien pequeñito cuando leí aquel reportaje que recordaba las andanzas de Edmund Hillary, un neozeolandés de 2 metros de alto, y el (como no podía ser de otra forma) sherpa Tenzing Norgay. Ellos dos lograron lo impensable: coronar la cima más alta del mundo (8.848 metros).

Edmund Hillary (delante) y Tenzing Norgay (detrás) en su ascenso al Everest.

Tomando un té tras su hazaña.

No lo hicieron solos, pero el último tramo sí que fue un mano a mano luchando contra la llamada “Zona de la Muerte“, esa región por encima de los 8.000 metros donde el oxígeno escasea y una persona normal muere en cuestión de horas. No es posible aclimatarse a ese lugar, el oxígeno se consume más rápido de lo que se repone y los tejidos se deterioran hasta un punto de no retorno en donde se es un cadáver andante. Para un escalador experto, dar un solo paso a esa altitud supone un esfuerzo titánico, de dos a tres respiraciones. El corazón late a 180-200 pulsaciones incluso en reposo y es frecuente tener mareos y alucinaciones. Es habitual sufrir euforia desmedida debido a la hipoxia, algo que en situaciones críticas es fatal. Según Peter Habeler, uno de los dos primeros seres humanos que en 1978 subieron al Everest sin oxígeno suplementario (el otro fue Reinhold Messner) “en un entorno tan solitario y hostil para la vida, tu propia imaginación conjura contra ti toda clase de extraños deseos y horribles espejismos“. Hillary y Norgay sí que llevaban bombonas de oxígeno (de las de 1953), pero piénsese en el resto del equipamiento: abrigos de lana, piolets de madera, crampones de 8 kilogramos el par, etc. Es decir, nada de aluminio ni tejidos sintéticos (aparte del nylon) en un entorno con poco oxígeno y  con temperaturas de 20 a 30 grados bajo cero. Seguro que la cosa era complicada.

La cosa se va de madre por completo si atendemos al equipo que llevaban los señores británicos que iniciaron las expediciones patrocinadas por la Royal Geographical Society en los años 20. Fueron tres intentos en 1921, 1922 y 1924: el último de ellos terminó con la muerte de Andrew Irvine (un ingeniero químico con talento para el remo) y George Mallory (esta vez sí, un buen alpinista). Estos señores se plantaron a 500 metros de la cima con ropa que ahora se usa para ir a por setas al bosque. El equipo de oxígeno que llevaron en el tramo final (desde los 8.200 metros) pesaba 15 kg. Un tercer alpinista les fue siguiendo en su ascensión con un telescopio, pero acabó perdiéndoles de vista. Hubo que esperar 75 años para descubrir el cuerpo de Mallory, que se encontraba en un más que decente estado de conservación (si exceptuamos que tenía una pierna fracturada por dos partes). Nunca se encontró la cámara de fotos que llevaban consigo, ni tampoco el cuerpo de Irvine, por lo que no hay ninguna evidencia de que alcanzasen la cima. Varios escaladores de prestigio han señalado que el peso del equipo, la fatiga, la falta de protección contra el frío y la escasa autonomía de las bombonas son suficiente evidencia de que jamás llegaron a acercarse a los últimos metros. En cualquier caso, alcanzar 8.600 u 8.700 metros de altura en 1924 fue toda una proeza.

Expedición de 1924. Fue la tercera expedición británica. Irvine y Mallory (los dos primeros empezando por la izquierda, en la fila de atrás) murieron intentando alcanzar la cima.

Última foto de Irvine y Mallory con vida. El cuerpo de Mallory fue encontrado en 1999, no así el de Irvine. Aun hoy se desconoce si fueron capaces de alcanzar la cima, aunque varios escaladores han señalado que en sus condiciones era imposible que lo hubiesen logrado.

Pero volvamos a Hillary y Norgay. Su llegada estuvo a punto de ser intrascendente: apenas unos días antes un primer intento por parte de otros dos alpinistas estuvo a punto de tener éxito pero se quedaron sin oxígeno suplementario y el agotamiento les hizo desistir a menos de 120 metros para coronar. Nadie recuerda sus nombres ya a pesar de ser los mejores alpinistas de aquella expedición. El asalto de Hillary y Norgay resultó relativamente sencillo: la determinación de hierro de Hillary unida a la experiencia de Norgay (llevaba muchos intentos por encima de los 8.000 metros a sus entonces 38 años) fue suficiente para alcanzar la cima. Allí arriba, 15 minutos de euforia, hasta que Norgay se dio cuenta de que su compañero empezaba a delirar y no era consciente del paso del tiempo. Más tarde, el propio Hillary declaró que Norgay le salvó la vida aquella mañana.

Así se duerme en la cara este (la más difícil) del Everest. La primera ascensión a través de esa cara fue en 1984.

Sesenta años después muchas cosas han cambiado en las ascensiones al Everest. A primera vista, el macizo sigue indemne ante el paso del tiempo, pero en las dos rutas más utilizadas para subir (sudeste y noroeste, desde la India y Nepal respectivamente) el paso de los años y las miles de expediciones han generado un impacto sensible: multitud de bombonas de oxígeno usadas, banderas, tiendas de campaña, cuerdas… todo empieza a apilarse en uno de los lugares más remotos de la Tierra, lo que no deja de ser algo sumamente triste e inquietante. Y no solo restos inorgánicos: también hay cadáveres. Los fuertes vientos que soplan de manera constante no dejan que se cubran de nieve y las bajas temperaturas los mantienen en un estado excelente, casi momificados. No son dos o tres desperdigados: son decenas de muertos que se deben esquivar para ir subiendo, auténticos puntos de referencia en la subida que traumatizan a los alpinistas. Si alguien se viene abajo por el mal de altura, por congelaciones o por una rotura, y no puede valerse por sí mismo en la Zona de la Muerte… la probabilidad de rescate es casi nula. Los fuertes vientos impiden que un helicóptero pueda acercarse sin riesgo de estrellarse y el rescate a pie es muy peligroso: si un grupo de escaladores intentasen ayudar a alguien para hacerle bajar por debajo de los 8.000 se estarían arriesgando a morir todos juntos (no olvidemos el inmenso esfuerzo que supone mantenerse en pie con equipo encima a esa altitud).

Foto de los primeros montañeros norteamericanos en su ascenso al Everest en 1963. Uno de ellos murió en la expedición que finalmente coronaron Jim Whitakker, Lute Jerstad y Barry Bishop. La expedición necesitó 900 porteadores para llevar casi 3 toneladas de material hasta el primer campamento base de Nepal.

Son contadas las personas que han sufrido lesiones graves en los últimos metros de ascensión y han salido con vida. Particularmente increíbles son los casos de Beck Weaters, un norteamericano que en 1996 quedó atrapado bajo la nieve durante 36 horas debido a una tormenta y al que su cerebro salvó la vida misteriosamente; Lincoln Hall, uno de los primeros australianos en llegar a la cima y que en 2006 logró sobrevivir inexplicablemente a una noche a 8.700 metros sin resguardo ni apoyo de ningún tipo (ojo a la foto que le sacaron cuando se lo encontraron); Bruce Herrod, uno de los dramáticos casos de euforia debida al mal de altura que le llevó a intentar el ascenso a pocas horas de que anocheciera; y el tristemente famoso David Sharp, otro de los que en 1996 fue sorprendido por una repentina tormenta de nieve que causó un desastre sin precedentes llevándose la vida de 15 escaladores. Sharp se propuso ascender a la cumbre en solitario, sin oxígeno ni radio y cuando la fatiga le sobrevino de repente decidió sentarse a descansar. Consciente de que estaba condenado, pidió ayuda a varias expediciones pero estas pasaron de largo. Esta muerte, unida a las de los otros alpinistas en aquel mayo de 1996, enfureció a muchos escaladores de élite que se quejaron del circo en el que se estaba convirtiendo el Everest.

Más de 200 escaladores se animan a intentar llegar a la cima del Everest desde las faldas del Lhotse.

El ascenso se ha masificado. Por 24.000 euros uno puede conseguir que le organicen una expedición hacia la cima, sin más reto que poner el pie allí. La gente se agolpa en el Escalón de Hillary (el último paso técnico del Everest), tiritando y sufriendo las consecuencias del mal de altura, mientras esperan durante dos horas su turno para llegar a la cima y hacerse la foto de rigor. En palabras de Mark Jenkins, alpinista de National Geographic que completó un ascenso en mayo de 2012, “cuando llegué a la cima había tanta gente que no encontré un sitio donde descansar”. Un 90% de los que quieren ascender al techo del mundo (500 personas lo hicieron en la primavera de 2012) no tienen más que experiencia básica en alpinismo. Un mínimo error de medición meteorológica, un traspiés en una cordada, y el desastre del 96 podría repetirse sin problemas.

Khumbu Icefall

Mientras los alpinistas más reconocidos del Himalaya intentan proponer soluciones para limitar el impacto sobre la montaña e impedir en lo posible nuevas tragedias, las tareas de limpieza ya han comenzado. Ante la pasividad del Gobierno de Nepal (una burocracia sin poder real que prefiere asegurarse los 3 millones de euros en licencias por ascender al Everest antes que preocuparse por la seguridad de los alpinistas y el bienestar de la montaña), varias asociaciones de alpinistas y sherpas pusieron en marcha un proyecto para limpiar la montaña. Por debajo de los 8.000 metros, el Comité de Control de Contaminación del “Sagarmatha” (nombre nepalí del Everest) recogió casi 2 toneladas de residuos, limpió de heces y basura los campamentos base y consiguió restaurar parte de la belleza de la ascensión. Ahora queda limpiar la Zona de la Muerte de restos y cadáveres, una tarea de alto riesgo. Además de las condiciones ya mencionadas, la polución provoca que la nieve y los glaciares sean menos estables, lo que aumenta el riesgo de avalanchas. El proyecto está en marcha, tiene su página web y un trailer del documental que están rodando mientras se juegan la vida por devolverle al Everest lo que se le ha arrebatado debido a la mala cabeza de algunos.

Los problemas del Everest seguirán durante algún tiempo, hasta que las codiciosas empresas que organizan las expediciones se pongan de acuerdo con las asociaciones de alpinistas y sherpas y creen una autoregulación que permita explotar la ascensión de forma sostenible y sin riesgos innecesarios. No es trivial ni estúpido recuperar el respeto por el Techo del Mundo, devolverle su solemnidad y alejarlo del espectáculo en que se ha convertido. La Zona de la Muerte sigue siendo un recordatorio de que no se ha de jugar con la Naturaleza. Y es que como dijo Reinhold Meissner mientras ascendía en solitario en 1980: “Aquí arriba no soy más que un solitario, pequeño y jadeante pulmón que flota entre niebla sobre las cumbres“.

Foto de Reinhold Messner, alpinista italiano que consiguió en 1980 ascender al Everest en solitario (primera vez) y sin oxígeno suplementario (conseguido por él mismo dos años antes junto a Peter Habeler)

Curiosidades:

Lhakpa Tenzing (también conocido como Apa Sherpa o Super Sherpa), este señor, tiene el récord de ascensiones exitosas al Everest con ¡21 veces! El récord de ascensión más rápida también lo tiene otro sherpa, Pemba Dorjee, con 8 horas y 10 minutos. Y otro sherpa, Babu Chiri, permaneció 20 horas en la cumbre (se permitió el lujo de hacer noche allí arriba, todo ello sin oxígeno suplementario).

– A pesar de su gran historia, el Everest está lejos de ser la cumbre más peligrosa del mundo. Ese dudoso honor lo tiene el Annapurna (40% de mortalidad). En cuanto al pico más difícil de escalar, numerosas fuentes le dan el galardón al K2 (25% mortalidad), el único ochomil que no ha sido escalado en invierno.

Jordan Romero es la persona más joven en coronar el Everest (13 años); Yuichiro Miura es el más viejo (80 años).

– el Everest es el punto más elevado de la corteza terrestre, pero no es el punto más cercano al espacio exterior. Ese honor lo tiene el volcán Chimborazo de Perú Ecuador. Debido a la forma geoidal de la Tierra (ensanchada en el Ecuador, achatada en los polos), los 6.268 metros del Chimborazo son suficientes para batir al gigante del Himalaya.

el Everest no fue el primer ochomil en ser coronado, sino el Annapurna. En 1950 los alpinistas franceses Herzog y Lachenal completaron una hazaña increíble en una dramática expedición que casi acaba con sus vidas. Para el que tenga interés, el señor David Navarro escribió una serie de tres artículos en JotDown contando de una forma magistral toda la historia. Merece mucho la pena.

La increíble primera foto tomada en la cima del Everest. Se la hizo Edmund Hillary a Tenzing Norgay.

Casi todas las imágenes son propiedad de National Geographic Society.

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Una reflexión de domingo

Retomo el blog tras un largo periodo de abandono. Pido disculpas a los lectores que tengo, que son muy valiosos para mí, pero he tenido otras prioridades en los últimos meses y cuando el tiempo escasea uno siempre prescinde de aquello que le supone un esfuerzo mayor.

Hoy no quiero comentar ningún asunto de actualidad, simplemente quería compartir una reflexión, un pensamiento que ha venido a mí hace unos minutos cuando contemplaba un vídeo en YouTube. Se trata, en concreto, de una narración sobre la catástrofe del dirigible Hindenburg. Muchos ya sabrán de lo que les estoy hablando, el nombre evoca rápidamente esa imagen de un enorme dirigible con la parte posterior estallando en llamas mientras todo el globo se viene abajo como un castillo de naipes. El vídeo, al que llegué gracias a esta entrada en ALT1040, recoge las palabras de Herbert Morrison, un reportero estadounidense que se había dirigido a Nueva Jersey para cubrir la llegada del gigantesco dirigible tras tres días de viaje desde Frankfurt. Sin más, el vídeo:

Esto es más o menos lo que dice Morrison desde que el dirigible explota en llamas (perdonen la traducción):

¡Explota en llamas! Explota en llamas, está cayendo, se está estrellando. ¡Mirénlo! ¡Mirénlo! ¡Quiténse del medio, quiténse del medio! (¡Graba esto, Charlie, graba esto!) ¡Hay fuego, se está estrellando! ¡Se está estrellando de una forma espantosa! ¡Quiténse del medio, por favor! […] Esto es terrible, es el peor de los peores desastres en el mundo. 400 o 500 pies desde el cielo, es un choque terrible, damas y caballeros. Hay humo, y hay llamas […] Oh, la humanidad, y todos los pasajeros gritando alrededor de aquí. Casi no puedo hablarles, sus amigos están ahí… Oh, no puedo hablar, damas y caballeros. En serio, simplemente está ahí, una masa de restos humeantes. Y todo el mundo apenas puede respirar y hablar y gritan… En serio, apenas puedo respirar, voy a hacerme a un lado donde no pueda verlo… Charlie, esto es terrible. No puedo, voy a tener que parar un minuto porque he perdido la voz, esto es lo peor que he presenciado.

Resulta impactante la emoción con la que Morrison describe los hechos: apenas puede hablar, llora, se siente completamente desbordado por el desastre que está contemplando. Quizá todo se deba a que es un reportero joven (unos 30 años cuando narra esto) o especialmente sensible, no acostumbrado a una violencia tan explícita como ver a todo un pasaje morir delante de sus ojos mientras una muchedumbre se acumula alrededor de las ruinas del gran dirigible intentando entender qué ha pasado. Pero yo creo que cualquier reportero de 1937 habría sufrido la misma reacción. Eran otros tiempos y aquel mundo, aquella humanidad concebía las cosas de un modo distinto al de ahora.

Cuando uno piensa en un telediario cualquiera con el presentador o presentadora de turno hablando con total serenidad acerca de masacres infinitamente más duras que la de aquel dirigible, no puede dejar de hacerse preguntas sobre qué ha pasado en estos 70 años para que nos parezca normal que 1.200 personas pierdan la vida en un accidente de trabajo o que otras 1.000 sean asesinadas durante el pasado mes de mayo. Haciendo memoria y tirando de Internet, es asombrosa la tranquilidad (casi frialdad) con la que Ana Blanco y Matías Prats narraban el 11S.

Los medios han mostrado tantas imágenes de dolor, violencia y muerte en todos estos años que estamos prácticamente insensibilizados. Detrás de la supuesta profesionalidad de muchos periodistas, se esconde una peligrosa desvinculación del sufrimiento humano cuando éste no toca directamente al narrador. Y la desafectación llega al espectador, al consumidor de noticias, a todos y cada uno de nosotros. Creo que es por eso que resulta tan increíble, tan emotivo y tan triste escuchar hoy las palabras de Morrison, un reportero cualquiera de finales de los años 30, cuando, en un mundo amenazado por el fascismo y al borde de la II Guerra Mundial, se echaba a llorar viendo cómo el sueño de muchos congéneres se acababa en los segundos que tardaba el Hindenburg en estrellarse contra el suelo.