El genio de Chéjov

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La primera vez que me acerqué a Chéjov fue hace relativamente poco, a comienzos del año 2009. Lo hice sin saber muy bien por qué, quizá por una recomendación de algún amigo, quizá por un artículo o tweet perdido, quizá por ese extraño magnetismo que tiene para mí cualquier tema que roce tangencialmente la esfera de Rusia.

Para un lector joven, que había vivido de novelas durante toda su adolescencia, empezar con cuentos supuso poco menos que un salto de fe. Los veía como algo infantil, prosaico, relegado al ámbito de la fantasía. Haciendo gala de mi ignorancia, entendía como algo menor el relato corto, pues “largo” solía significar “mejor”, “grandioso” o, pura y simplemente, “más elaborado”. No se puede hablar de algo trascendente, emotivo o épico si no se llenan, al menos, 250 páginas. Arte al peso. Así pensaba yo y eso es contra lo que se enfrentaba la obra de Chéjov.

Sin ánimo de ser exhaustivo, que para eso tienen Wikipedia, Antón Chéjov es una de las patas de la Santísima Trinidad del realismo ruso de segunda mitad del s. XIX, esa que se conforma con los mucho más conocidos, Fiódor Dostoyevski y Lev Tolstói. A estos dos novelistas nos los enseñaban, en voz alta, como exponentes máximos de las letras rusas, genios de la literatura universal  y, en voz baja, como autores de tochos infumables sobre la nobleza rusa, esa que vivía ajena al tiempo en su palacio de cristal, hasta que llegó octubre de 1917 y nada volvió a ser lo mismo. Nadie me mencionó nunca a Chéjov, que debía de aparecer en algún párrafo perdido del libro de Lengua de 1º de Bachillerato, enterrado por planes de estudio que de tan alto que vuelan sobre la historia de la literatura universal acaban por hacer pequeños a genios enormes.

A pesar de ser famoso en su tiempo por ser el autor de los dramas más celebrados del teatro ruso de principios del s. XX (El Tío Vania, El Jardín de los Cerezos y, especialmente, La Gaviota), obras que fueron el germen de la Compañía de Teatro de Arte de Moscú y que, a pesar de los recelos de no pocos soviets que las entendían elitistas y alejadas de los tiempos modernos, siguieron siendo las más representadas durante toda la vida del comunismo ruso, el tiempo acabó por atender al talento de Chéjov para el relato corto y le rehabilitó como una figura fundamental para entender el cuento, encumbrándole en la literatura universal junto a otros maestros como Poe, Cortázar, Bradbury, Quiroga o García-Márquez.

Mi admiración por Chéjov viene de su increíble capacidad para describir sentimientos a través de situaciones simples, cotidianas, que utiliza para criticar, en no pocos casos, la sociedad rusa que le tocó vivir, sus errores y sus prejuicios.  Sin dejar de lado su estilo, que es magistral en su sencillez, creo que la nota diferencial de Chéjov es la manera en que nos conduce por los recovecos de la mente y el alma humanas, mostrando cómo lo trascendental no está sólo en los dramas épicos de batallas y amores imposibles de Tolstoi y en las luchas interiores y el destino cruel de Dostoyevski, sino también en las pequeñas cosas, en lo cotidiano, en personajes anónimos y diálogos mundanos que tocan la traición, la envidia, el egoísmo, la pobreza, la angustia, la tristeza y, sobre todo, el amor. El hecho de que algunas situaciones no tengan cabida en la sociedad actual no le quita ni una pizca de vigencia a las motivaciones de los personajes de Chéjov, incompletos siempre por fuerza de la brevedad pero definidos de manera precisa, especialmente en lo moral, con apenas unas pocas, pero muy precisas, pinceladas.

Sin más, les dejo con los que, para mí, constituyen lo más granado y recomendable del extenso elenco de este curioso personaje y extraordinario autor. Cinco relatos que se pueden leer en lo que dura un trayecto de transporte público pero que no se olvidan por muchos “kilos” de novela que vengan detrás. Ah, y perdonen los títulos en castellano y la subjetividad implícita de cualquier lista.

1. Enemigos (1887): posiblemente, mi preferido. Un relato sobre el infortunio, el invariable egoísmo del ser humano, la total desconsideración hacia el dolor ajeno y cómo los sentimientos pueden transformarse en cuestión de segundos.

El doctor, en cambio, estaba de pie, apoyándose con una mano en el borde de la mesa, y miraba a Aboguin con el profundo desprecio, algo cínico y feo, con que sólo saben mirar el dolor y el infortunio cuando ven frente a sí el bienestar y la elegancia.

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2. La cigarra (1892): bastante más largo que el anterior. Con el egoísmo (de nuevo) y el amor como eje vertebrador, es una historia que habla sobre las apariencias, la abnegación, la imposibilidad de mantener una relación cuando hay otras prioridades en mente y de cómo el arrepentimiento casi siempre llega tarde.

Lo mismo que antes, Olga Ivanova buscaba grandes personajes, los encontraba y, al no sentirse satisfecha, seguía buscándolos. Lo mismo que antes, volvía a casa todas las noches muy tarde, pero Dimov no dormía, como el año anterior, sino que estaba trabajando en su despacho. Se acostaba a eso de las tres y se levantaba a las ocho“.

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3. El pabellón nº 6 (1892): próximo a la mini-novela, esta vez  el tema central es la locura y sus difusos límites con la razón. Un relato claustrofóbico, asfixiante, lleno de ira y de crítica hacia la sociedad rusa y  la incomprensión e intolerancia sobre las enfermedades mentales que existían en la Europa de los albores del siglo XX.

Después todo quedó en silencio. La difusa luz de la luna penetraba por la reja, proyectando en el suelo la sombra de una red. Daba miedo. Andrei Efímich, tendido en la cama y contenida la respiración, esperaba horrorizado nuevos golpes. Diríase que alguien le hubiera clavado una hoz, retorciéndosela varias veces en el pecho y en el vientre. El dolor le hizo morder la almohada y apretarlos dientes. Y de pronto, entre el caos reinante en su cabeza, se abrió paso una idea horrible, sobrecogedora: aquellos hombres, que ahora semejaban sombras negras a la luz de la luna, habían padecido el mismo dolor años enteros, día tras día“.

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4. Una pequeñez (1886): uno de los grandes ejemplos de cómo Chéjov puede, partiendo de una situación aleatoria y un diálogo intrascendente entre dos personajes sin contexto, desvelar una reflexión profunda sobre la condición humana y su auténtica naturaleza: el engaño, la envidia y la traición.

-¡Nicolás Ilich! -gimió Alecha-, usted me había dado su palabra de honor…

-¡Déjame en paz! ¡Se trata de cosas más importantes que todas las palabras de honor! ¡Me indignan, me sacan de quicio tanta doblez, tanta mentira!

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5. El beso (1887): una vez más, el azar de una situación provoca sentimientos desbordados en una persona cualquiera (un soldado ruso) debido a la ingenuidad apasionada de la juventud y la ilusión. Una de las historias más tiernas (e inevitablemente devastadoras) que escribió Chéjov.

Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños “.

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Una de cine: La belleza de Sorrentino

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Hace unas semanas se entregaron los premios Oscar con triunfo absoluto de ‘Gravity’, ’12 años de esclavitud’ y sin prácticamente ninguna sorpresa. Es una pena que la mejor película del año, al menos para el que suscribe, no tuviese opción de participar en más categoría que la de Mejor Película Extranjera, donde obviamente ganó.

Sí, ‘La Gran Belleza’ es lo mejor del pasado 2013 y una de las mejores películas de los últimos años. No lo es porque rinda homenaje a ‘La Dolce Vita’, sino por su sentido estético, que es soberbio, por su premisa y su ejecución, por cómo lleva un tema manido a una dimensión nueva de forma ingeniosa y atractiva. Vayan a verla, dénse el gustazo de disfrutarla en un cine, a ser posible en versión original, en una pantalla grande que permita apreciar como se merece el preciosismo de su fotografía (ojo al hipnotismo que produce la primera escena de la película), un ejercicio tan perfecto que llega a abrumar.

Aviso: a partir de aquí hay destripe de la trama.

No vengo a hacer una crítica de la película de Paolo Sorrentino, tan sólo a hablar de la búsqueda de la belleza, de la eternidad en el instante banal, del cinismo como medio de protección ante el sinsentido de la vida, de la insoportable angustia que genera el saberse elegido para recibir un gran regalo pero incapaz de entenderlo.

Jep Gambardella es rico, goza de buena salud, tiene muchos amigos y atrae a bellas mujeres sin esfuerzo. Es un personaje conocido en la alta sociedad romana y disfruta de cierto estatus como escritor debido a una novela que tuvo cierto éxito hace años. Jep lo tiene todo pero vive angustiado en la más absoluta insustancialidad: necesita un ruido constante a su alrededor en forma de grandes fiestas, drogas y sexo para no escuchar el atronador silencio de su vida, para poder sobrellevar otro día en Roma, decadente y grotesca, llena de fieras y sin ángel que la guarde.

Jep es El Cínico, “el mayor vividor de Roma”. Tiene 65 años y ha fracasado en la vida. Es consciente de ello pero se ha rendido y nada persigue: se ha abandonado a la desesperación y a una existencia frívola y superficial rodeado de personajes que sufren el mismo mal que él y con los que comparte noches de alcohol y música jazz en las que sólo caben charletas y bromas insustanciales que no derrumben el delicado escenario en el que representan sus vidas. Es por ello que cuando Stefania, al borde de la desesperación, intenta imponerse como una mujer de ética superior a la de sus compañeros de farra, Jep destruye su ego demostrando que, en realidad, está tan vacía y es tan miserable como ellos: “Estas son tus mentiras, tu fragilidad“.

Una de los momentos que más me impactó, y que sigo recordando, es el del funeral. Anteriormente, Jep acompaña a Ramona a por un vestido apropiado para la ocasión (una de las escenas más bellas de la película que dio lugar al cartel de la misma) y, mientras ésta desfila con sus modelos, áquel le relata cómo va a comportarse durante la ceremonia. Ante la muerte, Jep actúa de manera impostada, bajo un guión que conoce al dedillo, pero su sensibilidad le traiciona y acaba deshaciéndose en lágrimas al darse cuenta de que tiene razón, al sentir, una vez más, la insustancialidad y el ridículo golpeándole sin piedad.

Y lo que le ocurre con la muerte, le ocurre de igual forma con el amor y la amistad. Cuando su amante muere y su mejor amigo le abandona, Jep intenta acudir a la religión, pero la más alta curia romana le rechaza de manera cruel y sin miramientos, más pendiente de cómo cocinar una pepitoria que de salvar un alma descarriada.

A Jep le queda únicamente el consuelo de su pasado, de ese mar que tanto añora, mar de su niñez y adolescencia, mar de su amor más intenso, del primero cuyo simple recuerdo le hace evadirse y ser feliz. Intenta huir de él, avergonzado de que sólo sea verdad todo aquello, para acabar dándose cuenta de que si fue en aquel primer contacto con el cuerpo de una mujer donde quedó anclada su felicidad nada tiene de malo volver a ello y así recuperar la inspiración para escribir y para vivir. La eternidad, la inmortalidad que busca Jep, está en el recuerdo de la belleza de una joven cincuenta años atrás, porque la nostalgia es la única distracción posible para quien no cree en el futuro.

“Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida. Escondida bajo el bla, bla, bla, bla. Y todo sedimentado bajo los murmullos y el ruido. El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza. Y luego la desgraciada miseria y el hombre miserable. Todo sepultado bajo la cubierta de la vergüenza de estar en el mundo. Bla, bla, bla, bla. Más allá, está el más allá. Yo no me ocupo del más allá. Por tanto, que esta novela dé comienzo. En el fondo, es sólo un truco. Sí, es sólo un truco” (Jep Gambardella).

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Una de cine: Mis diez películas de los 90

Una vez más, y ya van tres, otro listado de películas. Esta vez tocan los tiempos del blockbuster puro, los dulces noventa, los días de mi niñez, días de películas que todo el mundo conoce y que tantas críticas han generado. No arrasaron en los Oscar, salvo dos excepciones, pero es innegable la influencia que estas películas han tenido en el cine actual y en la cultura popular. Como siempre, ni hay ánimo de exhaustividad ni criterios estrictos más allá de los gustos personales del que suscribe. Ahí van.

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10. Matrix (1999)

Los hermanos Wachowski (hoy, hermano y hermana) eran unos completos desconocidos a finales de los 90, dos inadaptados cuyo único bagaje era la mediocre ‘Lazos ardientes‘ (1996). Un día se lanzaron a la conquista del cine de ciencia ficción y parieron el guión de Matrix, una historia de máquinas que utilizan al hombre como energía mediante un sistema que les mantiene sedados en una realidad paralela que resulta ser nuestra realidad. La premisa es interesante, pero lo que realmente ha perdurado han sido su estética cyberpunk moderna, sus tremendas escenas de acción aderezadas con una potente banda sonora con artistas como The Prodigy o Rage Against The Machine y el carisma arrollador de sus personajes. A pesar de las dos infumables entregas posteriores, que algunos han defendido contra el huracán de la crítica, sigue manteniéndose fresca quince años después y se confirma como una de las mejores películas de acción de siempre.

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9. Deconstructing Harry (1997)

‘Desmontando a Harry’ es todo lo que Woody Allen quiso expresar sobre la vida y nunca se atrevió a proponer en un drama. Diecisiete años y dieciséis películas han pasado desde el estreno de su mejor comedia, y durante ese tiempo su cine ha entrado en una decadencia a ratos agradable, a ratos insoportable. Mientras sus fans intentamos disfrutar de los contados momentos excepcionales que tienen sus últimas películas siempre quedará el consuelo de este conjunto de sketches demenciales, llenos de las obsesiones y fobias que salpican toda la filmografía de este director. Irrepetible.

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8. The Straight Story (1999)

¿Puede una historia sobre un anciano buscando terminar su vida con dignidad a bordo de una cortadora de césped ser emocionante y divertida? David Lynch lo consiguió y después se echó a sestear entre historias incomprensibles de lesbianismo y terror. Una de las películas más tiernas que he visto en mi vida, es inevitable pensar en ella cuando se acude a la reciente ‘Nebraska‘.

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7. Lock, Stock and The Two Smoking Barrels (1998)

Opera prima de Guy Ritchie, muestra evidente del auge del cine británico de mediados de los 90, junto con las archiconocidas ‘Trainspotting‘ (1996) de Danny Boyle y ‘Full Monty‘ (1997) de Peter Cattaneo, antes de hundirse en un batiburrillo de comedias románticas inverosímiles destinadas a chicas de veintitantos. ‘Lock, Stock’ es, para un servidor, la mejor película de Ritchie, superando holgadamente a ‘Snatch’ (2000) y ‘Rocknrolla’ (2008). También es una de las escasas evidencias de que Jason Statham puede ser un buen actor. Cine de acción y situaciones entrelazadas, personajes extravagantes, una fotografía y montaje muy peculiares, banda sonora espléndida y, por encima de todo, mucha diversión.

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6. Schindler’s List (1993)

Spielberg es el director de los cuñados y el-que-no-debe-de-ser-nombrado en reuniones de modernos y hipsters, uno de los grandes que aparece indefectiblemente unido a sus dos películas ambientadas en la II Guerra Mundial de los años 90: ‘La Lista’ y ‘Salvar al Soldado Ryan‘ (1998). La segunda se ha convertido, en mi opinión, en una película bélica bastante sobrevalorada sostenida por dos magníficas secuencias de acción que tapan un ejercicio de americanismo ingenuo y simplón. La primera sí que sobrevive al paso de los años con buen tino, quizá por el sentimiento de morbo y culpabilidad que despierta en los espectadores, quizá por el trabajo de los Liam Neeson (ya quisiera el auténtico Schindler haber sido tan magnánimo), Ben Kingsley y, über alles, Ralph Fiennes. Lo único que la priva de estar más arriba en la lista es, una vez más, la limitada versión de los hechos que ofrece, mostrando una realidad moral única que no se corresponde con lo que se puede leer o ver en ensayos sobre el Holocausto o en el excelente ‘Shoah‘ (1985).

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5. Eyes Wide Shut (1999)

Tras ‘Barry Lyndon’ y ‘El Resplandor’, Stanley Kubrick se pasó casi 20 años ocupado en su vida familiar, quizá aburrido del cine y dedicado a proyectos ejecutados con más pena que gloria (‘La Chaqueta Metálica‘, 1987) mientras las páginas de su ‘Napoleón’ languidecían en los cajones de algún productor. Cuando se aproximaba a los 70, decidió escribir junto a Frederic Raphael un guión acerca de la difícil relación que mantienen el amor y el deseo. Eso es, básicamente, ‘Eyes Wide Shut’: una historia aparentemente sencilla que se desarrolla en una atmósfera asfixiante y claustrofóbica, llena de símbolos y referencias, y con los mejores Nicole Kidman y Tom Cruise de siempre. También fue la última película de Kubrick (murió sin siquiera poder terminar el montaje), la decimotercera, aquella que le reconcilió con su cine de perfección exhaustiva y repleto de significado.

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4. Fargo (1996)

Aparte del mencionado Guy Ritchie, y con permiso de Quentin Tarantino, los 90 fueron la mejor época de los hermanos Coen, esos directores que se han movido siempre por la industria de Hollywood sin perder su esencia o, al menos, retrocediendo rápidamente cada vez que se aproximan a lo que el gran público espera de ellos. Su filmografía ha oscilado constantemente entre historias desagradables llenas de violencia explícita y comedias de humor negro. Así van ahora… a ‘Quemar después de leer‘ (2008) y ‘A serious man‘ (2009) les sigue ‘Valor de Ley‘ (2010) para acabar con una historia de cantantes de folk ‘outsiders’ (‘Inside Llewyn Davis‘, 2013).

… y así empezaron: tras la inquietante ‘Sangre fácil‘ (1985), la divertida ‘Raising Arizona‘ (1987); después la excelente historia de gángsters de ‘Muerte entre las flores‘ (1990) que se vio sucedida por las mediocres ‘Barton Fink‘ (1991) y ‘El gran salto‘ (1994). Tocaba una de tiros con suspense y drama y los Coen recurrieron a su actriz fetiche (Frances McDormand) para firmar la mejor película de su carrera: ‘Fargo’. Ambientada en la Minnesota natal de los hermanos, es un thriller lleno de mala uva, con una actriz principal colosal, la siempre reconfortante presencia de Steve Buscemi y un guión perfecto.

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3. Pulp Fiction (1994)

Tras la irrepetible ‘Reservoir Dogs’ (1992), Tarantino tenía muy complicado mantener el nivel, seguir convenciendo a la crítica y al público de que él era un talento de verdad y no un one hit wonder boy. Entonces estrenó ‘Pulp Fiction’ y nada volvió a ser lo mismo. Tres historias aparentemente inconexas: dos matones de poca monta a sueldo de un gángster, un boxeador venido a menos y una pareja de atracadores enamorados. Violencia explícita y una banda sonora con temas absolutamente desconocidos para el gran público de por entonces y que ahora todo el mundo identifica con la película.

Y es que se pueden decir todo tipo de bondades de ‘Pulp Fiction’ pero la más evidente es que hay muy pocas películas en la historia del cine que hayan tenido su impacto en la cultura ‘pop’. El baile de Travolta y Uma Thurman, Samuel L. Jackson recitando versos de la Biblia antes de liarse a tiros, el “Zed’s dead, baby” de Bruce Willis, o la llegada de Mr. Wolf forman parte de la memoria colectiva tanto como los trajes y sombreros de ‘El Padrino’ o el “Luke, yo soy tu padre” de Star Wars. Hablamos de un hito en el cine moderno, una película que ha influenciado a infinidad de directores de los 90 y posteriores y que catapultó a Tarantino a la cima de Hollywood, cima de la que nunca ha bajado a pesar de lo irregular que ha sido su carrera desde entonces.

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2. American Beauty (1999)

Otra opera prima, esta vez de Sam Mendes. Kevin Spacey se encontraba en la cima de su carrera (‘Glengarry Glen Ross’, ‘L.A. Confidential’, ‘Sospechosos Habituales’, que le valió un Oscar, o ‘Se7en‘) y se coronó con un segundo Oscar en su mejor interpretación hasta la fecha. Le acompañaba una brutal Annette Bening, que estuvo nominada aunque no logró el éxito de su compañero. La película arrasó y llevó a la fama a Mendes, que después hizo ‘Camino a la Perdición‘, se casó con Kate Winslet y se echó (merecidamente) a sestear.

Siempre emocionante incluso aunque se sepa lo que va a pasar, me sigue pareciendo la última vez que la Academia premió merecidamente una película. Si no lo creen, analicen los ganadores de los últimos quince años, se sorprenderán de la morralla que está instalada en el particular Monte Olimpo de Hollywood.

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1. Reservoir Dogs (1992)

No creo que sea una herejía decir que, junto a ‘12 hombres sin piedad‘ (Sidney Lumet, 1957) es la mejor opera prima realizada por un director en toda la historia del cine. Atrevida, irreverente, rompedora, dotada de una estructura y un guión magistrales… Cuesta creer que un director que no llegaba a los 28 años consiguiera algo tan perfecto partiendo de la más absoluta nada. Aguanta visionado tras visionado y sigue tan fresca e innovadora como la primera vez: una película de acción sin prácticamente acción, un thriller con personajes de los que no sabemos absolutamente nada, una especie de obra de teatro que cuenta mucho menos de lo que está pasando. Sí, se podrían escribir tratados sobre la película pero es mejor simplificar, así que dentro intro.

Mientras se cocía esta entrada han sido fusilados exitazos de la década como El Club de la Lucha, Seven, Sin Perdón, Cadena Perpetua, Eduardo Manostijeras, El Gran Lebowski, Casino o Uno de los Nuestros. Mil perdones a todas ellas.

Una de cine: Mis diez películas de los 80

Hace un par de meses aproveché la coyuntura de cierto post para elaborar una lista que intentaba recoger lo que, en mi modesta opinión, era el mejor cine de los años 70. Aquella década fue una de las mejores de la historia del cine americano (aunque en mi lista incluí dos películas de nacionalidad no estadounidense), posiblemente a la altura de las décadas doradas de los años 40 y 50. Hoy vuelvo a las andadas para reivindicar la que posiblemente fue la última gran década del cine antes de la llegada definitiva del “blockbuster” comercial de enormes presupuestos, donde en ocasiones se dedica más dinero a la publicidad que a la película en sí misma.

El nuevo modelo trajo pingües beneficios para las productoras de Hollywood, que podían rentabilizar sus proyectos no sólo en las salas de cine sino también en el mercado del vídeo doméstico, pero también supuso la aparición de la brecha entre el cine comercial y el cine independiente, brecha que hoy se mantiene más que nunca y que ha provocado un sustancial descenso en la calidad de las películas y un cambio, creo que a peor, en las preferencias del espectador. Esto no quiere decir que en los últimos 24 años no se hayan hecho buenas películas, pero el modelo muestra una evidente fatiga y ha pervertido al cine como arte (al respecto es interesante esta reflexión de Steven Soderbergh del pasado mes de abril). Sin más, les dejo con mi top-10.

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10. The Thing (1982)

Hablando de blockbusters. John Carpenter es, con casi total seguridad, el director de serie B más conocido y reputado de la historia y ha tenido una notable influencia en directores tan ‘mainstream’ como el señor Tarantino (excelente monográfico en tres partes el que se marcó Diego Cuevas en JotDown). Despuntó e hizo fortuna a finales de los 70 con ‘Assault on Precinct 13‘ y, especialmente, ‘Halloween‘ (película que lanzó a la fama a Jamie Lee Curtis), pero fue durante los 80 cuando sacó todo su talento a relucir. Tras ‘The Fog’ (donde repitió Lee Curtis) y ‘Escape From New York’, dos horteradas de difícil calificación, Carpenter se sacó de la manga una película de alienígenas donde un reparto capitaneado por Kurt Russell se pegaba de lo lindo con una misteriosa presencia del espacio exterior en una remota estación de la Antártida. La película es un ejercicio de entretenimiento magistral que aúna un guión deliciosamente intrascendente con secuencias de acción llenas de efectos especiales baratos pero efectivos. Tras ‘The Thing’, Carpenter tiró de surrealismo con ‘Christine’ (la historia de un coche asesino que posee a su propietario) y ‘Big Trouble in Little China’ (una de las cutreces más entrañables de su filmografía) pero nunca llegó (ni llegará) al nivel que mostró en la que, para mí, es la mejor producción de serie B de siempre.

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9. Die Hard (1988)

Poca presentación necesita este clasicazo del cine de acción. A John McTiernan ya se le conocía por ‘Predator’, otra de las grandes del cine de acción de siempre, pero nadie sabía nada de Bruce Willis y mírenle ahora. ‘Die Hard’ lo tenía todo para triunfar: un protagonista carismático, un malo interesante, hostias y explosiones a mansalva y una frase para recordar. La cosa salió tan bien que John McLane ha seguido repartiendo cera hasta el año pasado en cuatro secuelas (mención especial a la tercera, también dirigida por McTiernan y que contó con Samuel L. Jackson y Jeremy Irons)  y mucho nos tememos algunos que lo seguirá haciendo hasta que al bueno de Willis le aguante el cuerpo serrano.

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8. The Fly (1986)

Más cine de serie B, esta vez de la mano de David Cronenberg, otro realizador con unas formas un tanto extrañas. Muchos le conocerán por sus últimas películas con Viggo Mortensen (‘A History of Violence’, ‘Eastern Promises’, ‘A Dangerous Method’) o por ‘eXistenZ’, pero este señor ya había hecho cosas muy interesantes como ‘Dead Ringers’, ‘Naked Lunch’ o esta ‘The Fly’. Partiendo de un relato de George Langelaan evidentemente inspirado en ‘La Metamorfosis’ de Kafka, Cronenberg da rienda suelta a un mundo angustioso y claustrofóbico, lleno de escenas turbadoras y desagradables. La interpretación de Jeff Goldblum es cojonuda y Geena Davis (nunca más se supo) aporta el resto con su físico.

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7. The Shining (1980)

Obra maestra del cine de terror, algo esperable cuando se junta a un maestro como Kubrick con un talento inmortal como Jack Nicholson. Kubrick cogió lo que le pareció de la novela de Stephen King, se inventó cosas y se saltó otras, exprimió las capacidades de Nicholson al máximo, quemó a Shelley Duvall hasta deprimirla y acabó tan aburrido que tardó siete años en sacar su siguiente película (la irregular ‘Full Metal Jacket’). Imperdible película, con una fotografía que da para escribir un tratado y tantas interpretaciones conspiranoicas que hasta se ha hecho un documental sobre ellas, el prescindible ‘Room 237‘ (2012). Eso sí, huyan como nunca del doblaje al castellano.

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6. Ran (1985)

Larguísima, lenta y moralista película ambientada en el Japón feudal de los siglos XV y XVI, cuando los shogun dominaban el país y los samurais comenzaban a ser más mercenarios que caballeros andantes. Épica, llena de color y secuencias que parecen no tener fin, no merecería quizá su sitio en esta lista de no ser la última gran película del gran Akira Kurosawa.

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5. Platoon (1986)

La II Guerra Mundial es el conflicto bélico que ha servido de base para una mayor cantidad de películas pero, a excepción de ‘The Thin Red Line’ (Malick, 1998), creo que todas las grandes producciones caen en el mismo error al plantear una dicotomía “buenos vs malos” demasiado simplista en la que los soldados americanos son presentados como bellas personas llenas de principios y fuerza, auténticos paladines de la libertad, héroes en suma. Sin desmerecer la calidad de películas tan famosas como ‘Saving Private Ryan’ (Spielberg, 1998), creo que las mejores películas bélicas han tomado como referencia la Guerra de Vietnam, y como muestra tenemos a ‘Platoon’. Posiblemente la mejor película de la irregular carrera de Oliver Stone, es también la mejor interpretación nunca vista de Charlie Sheen y una interesante visión acerca de la deshumanización de los marines americanos en territorio enemigo y de su alejamiento de la realidad producto del inmenso estrés al que se veían sometidos. Años después, Stone continuó (sin tanto acierto) con ‘Born on the Fourth of July’ (1989), en donde intentaba ilustrar la situación de los veteranos de Vietnam a su vuelta en EEUU. El monólogo final de Sheen con el ‘Adagio for Strings’ de Samuel Barber sigue siendo un momento cumbre en la historia del cine bélico.

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4. Hotaru no haka (La tumba de las luciérnagas) (1988)

Otra película con la guerra como trasfondo aunque esta vez estemos ante un drama con tintes de tragedia. Esta historia de dos hermanos perdidos en medio del infierno de los bombardeos sobre Japón en la II Guerra Mundial es el mayor alegato antibelicista nunca visto en el cine, comparable en su dimensión a la novela ‘Johnny Got His Gun’ de Dalton Trumbo. Tras la animación inconfundible marca de la casa del Estudio Ghibli se esconde una película desgarradora, difícil de digerir y cuyo recuerdo acongoja aún a un servidor. Debería ser de obligado visionado en escuelas e institutos.

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3. Star Wars Episode V: The Empire Strikes Back (1980)

Secuela de la película de ciencia ficción más famosa de la historia del cine, es de largo la mejor de la saga de, hasta ahora, seis filmes. George Lucas le dejó la dirección a Irvine Keshner para que filmase la historia que tenía en mente: un arranque trepidante, Mark Hamill en pequeñas dosis y separado del grupo, más minutos para Darth Vader, impagables discusiones entre Leia y Han Solo y, por supuesto, la mítica secuencia final. Soberbia.

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2. Blade Runner (1982)

Ridley Scott había rodado cuatro años antes ‘Alien’, obra maestra de la ciencia ficción, pero se quedó con ganas de más. Cogió una novela de Philip K. Dick (‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’), pidió a una estrella como Harrison Ford (Indiana Jones, Star Wars) y se marcó una película acerca de la decadencia de la raza humana y el sentido de la vida, de estética cyberpunk y con banda sonora de Vangelis. La ambientación es magistral, el trabajo de Harrison Ford como Rick Deckard es sobresaliente y el monólogo de Rutger Hauer es uno de los momentos más famosos y emocionantes de la historia del cine. La mejor película de ciencia ficción nunca hecha.

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1. The Elephant Man (1980)

Tras ‘Eraserhead’ (1977), David Lynch cogió a un cuasi-desconocido Anthony Hopkins, a un secundario como John Hurt (palmaba en ‘Alien’ en la famosa escena de la comida) y les dio un guión hecho con retazos de la historia real de Joseph Merrick, un hombre que sufrió terribles malformaciones a principios del siglo XX. La historia que cuenta Lynch, centrada en lo repugnante y a la vez maravillosa que puede resultar la naturaleza humana, está narrada de una forma tan realista y cruda que resulta tierna de un modo inolvidable. El trabajo de Hopkins y Hurt no tiene parangón y la música de John Morris actúa como un catalizador perfecto. Una obra maestra atemporal.

Una vez más, y como ya me ocurrió con la lista de los 70, se han quedado fuera películas que alguno considerará imperdibles como ‘Raging Bull‘ (Scorsese, 1980), la saga de Indiana Jones (Spielberg), la irrupción de Schwarzenegger en ‘Terminator‘ (Cameron, 1984) o la de Rambo en ‘First Blood’ (Kotcheff, 1982), las taquilleras ‘E.T.’ (Spielberg, 1982) o ‘When Harry Met Sally’ (Reiner, 1989), o películas de culto como ‘Scarface‘ (De Palma, 1983), ‘Akira’ (Ohtomo, 1988), ‘Back to the Future’ (Zemeckis, 1985) y ‘Do the Right Thing’ (Spike Lee, 1989). A mí me ha costado particularmente deshacerme de ‘Blood Simple’ (Joel y Ethan Coen, 1984), ‘Cinema Paradiso’ (Tornatore, 1988), ‘My Left Foot’ (Sheridan, 1989) y ‘Hannah and Her Sisters’ (Woody Allen, 1986), pero sólo hay sitio para las 10 de arriba.

Una de cine: Mis diez películas de los 70

Navegando hace unas horas por la red me he encontrado con este post de Movie Mezzanine donde los miembros del staff de la web elegían sus diez mejores películas de la década de los 70, posiblemente una de las más brillantes de la historia del cine. En el encabezamiento del post señalan que es un auténtico reto escoger entre una gama tan amplia de grandes filmes y yo no he podido resistir la tentación de querer hacer mi lista. Del 10 al 1, ahí van.

10. Duel (1971)

Thriller dirigido por Spielberg para la ABC americana, uno de sus primeros trabajos y una de sus mejores películas. Con un presupuesto mínimo, Spielberg se saca de la manga una brillante historia de suspense llena de tensión basada únicamente en una persecución a través de carreteras solitarias y polvorientas.

 

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9. Dersu Uzala (1975)

En 1975, Kurosawa ya había dirigido grandes películas (Los Siete Samurais, Rashomon, Vivir o Yojimbo) en Japón, así que se decidió a dar el salto al extranjero y en la antigua URSS (en medio de la taiga siberiana) desarrolló esta preciosa historia sobre amistad y el valor de la vida en armonía con la naturaleza. El trabajo de los dos actores Maxim Munzuk y Yuri Solomin es extraordinario y la fuerza de las imágenes sigue impresionando casi 40 años después.

 

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8. Apocalypse Now (1979)

Se han escrito ríos de tinta sobre las dificultades de rodaje de esta película y cómo casi llevó a perder la cabeza a Francis Ford Coppola. Pese a que condicionase notablemente el resultado final (creo que para bien), la película es suficientemente buena como para ser considerada aparte de su polémica circundante: aunque es un filme lento y lleno de simbolismos (más si se ve el montaje de 2001 de más de 3 horas de duración), nos traslada de una forma diferente al horror del conflicto bélico de Vietnam y plantea interrogantes muy interesantes sobre la condición humana, la moral y los límites de la cordura. Las interpretaciones de Robert Duvall, Martin Sheen, Dennis Hopper y Marlon Brando hacen el resto.

 

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7. Network (1976)

Sydney Lumet suele ser un olvidado cuando se cita a los grandes directores de la historia del cine y estamos hablando de un señor que se presentó en sociedad con 12 Angry Men (1957). Además de esa obra maestra, Lumet dirigió en los 70 películas como Serpico, Dog Day Afternoon y Network: una historia sobre medios de comunicación, la manipulación que sufren y cómo influyen en la gente de tal forma que los dirigentes de los grandes consorcios pueden llegar a hacer creer a la sociedad lo que ellos decidan. Faye Dunaway se sale aquí y el momento de ira de Peter Finch instando a la rebelión de las masas sigue siendo un inquietante ejemplo de cómo un discurso anti-establishment puede ayudar al propio establishment.

 

6. Barry Lyndon (1975)

Otra película que no es fácil de ver pese a ser uno de los ejercicios más perfectos de escenografía y fotografía de toda la historia del cine. La historia que plantea aquí Kubrick no tiene mucha miga, y el moralismo que desprende y la lentitud casi exasperante pueden echar para atrás a más de uno. Aparte de estas minucias, ver Barry Lyndon es asistir a un museo de cuadros del s. XVIII en movimiento, un retrato cuya precisión roza lo enfermizo. Si la belleza de las imágenes y de la banda sonora no cautiva al espectador es posible que éste no tenga alma.

 

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5. Manhattan (1979)

Woody Allen es un genio y quien diga lo contrario falta a la verdad. Sí, ha hecho mucha morralla, casi tanta como buen cine, pero es el responsable de Annie Hall, Hannah y sus hermanas, Broadway Danny Rose, Desmontando a Harry y de la mayor declaración de amor que nunca se ha hecho a la ciudad de Nueva York. Rodada en blanco y negro para ira de sus detractores, sigue siendo uno de las mejores comedias de todos los tiempos y máximo exponente de la dicotomía del personaje alleniano, esa que habla de por qué complicarse la vida buscando satisfacer un anhelo cuando tenemos la felicidad ya con nosotros.

 

4. Stalker (1979)

Tarkovsky es uno de los directores más densos que existen, en toda la amplitud del término denso: Cine lento, lleno de referencias y simbolismos, donde cada escena se cuida hasta el más mínimo detalle. Esta película es exactamente todo eso: larga y llena de silencios y de secuencias donde no parece pasar nada. También es uno de los mejores filmes de ciencia ficción de la historia. Puede aburrirte extremadamente o puede convertirse en una de tus películas preferidas. Y no suele haber término medio.

 

3. One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975)

Si solo atendiésemos a los premios que cosechó esta película se debería concluir necesariamente que es una de las mejores de la historia. Curiosamente, muchos cinéfilos la desprecian precisamente por haber ganado los cinco Oscar y Globos de Oro más importantes (Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Guión): ya saben, hay que huir del mainstream, aunque para hacerlo haya que decir que está mal dirigida, mal interpretada y que es excesivamente moralista. Yo diré que es una obra maestra, y punto.

 

2. Alien (1979)

Olvídense de todo lo que ya sabemos del universo Alien: las secuelas infumables, los crossovers con Depredador y todo el marketing. En 1979, Ridley Scott hizo una película de terror en el espacio que hoy sigue resultando tan inquietante como entonces. Alien rompió el molde: protagonista femenina que sobrevive a un grupo de hombres y que liquida al malo de la película. Sería la mejor película de ciencia ficción de la historia de forma indiscutible si tres años después el propio Scott no hubiese hecho Blade Runner, lo que es mucho decir.

 

1. The Godfather II (1974)

Elegir entre las dos primeras partes de la saga de mafiosos de Francis Ford Coppola es como elegir entre papá y mamá o entre la gallina y el huevo. Si la primera tenía a Marlon Brando, la segunda tenía a Robert De Niro.  Si la primera tenía la escena de la gasolinera, la segunda tenía la escena de la barca. Ambas con arranques y finales magistrales. Es imposible entender una sin la otra y creo que esa es la mayor grandeza de estas dos películas. Yo, por una cuestión de respetar las reglas de cualquier lista que se precie de serlo, elijo la segunda.

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Se han quedado fuera de la lista películas como Chinatown, Star Wars A New Hope, Taxi Driver, A Clockwork Orange, The Sting, Kramer vs Kramer, All The President’s Men, Deliverance o las ya citadas Dog Day Afternoon o Annie Hall. Y tampoco podemos olvidar películas de culto como Rocky, Jaws o The Exorcist, de menor calidad pero que dieron una barbaridad de secuelas y forman parte indiscutible de la cultura pop. Un brindis por ellas.

Una de cine: Moonrise Kingdom

Todo director de cine tiene un sello inconfundible, algo que hace que al estar delante de una película sepamos que es suya. Pareciera que de no conseguir ese distintivo su labor sería instrascendente, como si lo que hace ese individuo lo pudiera hacer cualquiera. El sello puede estar en cualquier parte: los títulos de crédito y las situaciones de Woody Allen, la violencia de Tarantino, la espectacularidad de Spielberg, la enfermiza escenografía de Kubrick, los personajes atormentados de Polanski o la introspección en el protagonista que desarrolla Nolan, por citar a algunos. Quizá porque el cine es fundamentalmente un arte visual siempre he sentido particular respeto por la identidad tan poderosa que desarrollan algunos directores con la fotografía de sus películas. Al ya citado Kubrick, habría que añadir a Kurosawa (maestro de maestros) y a Tarkovski (el que más ha entendido el cine como arte visual en sí mismo, alejado de la narrativa a la que tan acostumbrados estamos). Más lejos de la excelencia de este trío están los hermanos Coen y el director de ‘Moonrise Kingdom‘, Wes Anderson.

A Wes Anderson se llega de forma casual pero es ver una de sus películas y sentir curiosidad por ver todas las demás. Amén de que en sus repartos siempre elige a los mismos actores (Bill Murray, Anjelica Huston, Owen Wilson, Jason Schwartzmann, entre otros), uno de los pilares básicos de cualquier película de Anderson son las imágenes: los encuadres, los filtros, los colores, los movimientos de cámara. Y esa forma de hacer cine, tan característica y tan atractiva, alcanza su cumbre con Moonrise Kingdom. Se trata, ante todo, de una película estéticamente perfecta. Desde ‘Drive‘ (Nicolas Winding Refn, 2011) no se veía un ejercicio de cine tan bueno.

Más allá de la calidad estética de la película, ‘Moonrise Kingdom’ refleja perfectamente la forma que tiene Wes Anderson de contar historias: estamos ante un guión extraño (algunos dirán que forzado y sin gracia), lleno de personajes aún más extraños, cada uno de los cuales con un carácter muy marcado, deformado, casi surrealista o marginal. Desde un hombre que se cree niño (Edward Norton) hasta un niño que se cree hombre (Jared Gilman) y se enamora perdidamente de una chica muy particular (Kara Hayward), pasando por un matrimonio que habla a sus hijos por megáfono (Bill Murray y Francis McDormand) y un policía solitario y triste (excelente Bruce Willis). Además de ellos, queda sitio para el cameo de Harvey Keitel y la presencia testimonial de Jason Schwartzmann y Tilda Swinton. Del choque de todos estos personajes resulta una historia de lo más tierna, con situaciones divertidas y salidas de tono inesperadas; una historia donde los adultos se comportan como niños y los niños se comportan como adultos y donde una lógica incomprensible parece mandar sobre todos los obstáculos del mundo real para acabar en un final feliz.

Si ‘Rushmore’ era demasiado pesada, ‘The Royal Tenenbaums’ demasiado histriónica, ‘Life Aquatic’ demasiado incomprensible y ‘Fantastic Mr Fox’ demasiado (valga la redundancia) fantástica, ‘Moonrise Kingdom’ supera todos esos defectos, aunando estética y narrativa para acabar resultando en la mejor película de Wes Anderson y, para un servidor, en la mejor película del pasado 2012. No se la pierdan.

Repasando a Woody Allen

Es difícil empezar a hablar de la figura de Woody Allen, uno de los grandes directores y guionistas del cine de los últimos 40 años, un señor capaz de regalar al mundo varias obras maestras que no se deberían olvidar por mucho que su carrera haya llegado a un punto en el que solo podemos ver, como muy acertadamente apunta Iker Zabala en esta imprescindible serie de artículos para Jot Down (1, 2, 3 y 4), sucesivas (y merecidas) vueltas de honor.

A Woody Allen se le conoce por ser el gran paisajista de Nueva York, por el personaje desquiciado y neurótico obsesionado con el sexo, la muerte y el matrimonio, o por Joan Pera, la inconfundible voz que le dobla en las pantallas españolas. Allen empezó como humorista en shows de la televisión norteamericana, como monologuista. Sobre si era bueno o era malo no voy a pronunciarme, dejo este vídeo para que pueda opinar el que quiera. Es en esta época cuando empieza a rodar. De esta primera etapa siempre he tenido debilidad por El dormilón (1973), pero lo cierto es que tanto Bananas (1971) como Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (Pero nunca se atrevió a preguntar) (1972) siguen haciendo reír con momentos estelares como este o este:

 

Aunque ya se dejaban ver algunas de las obsesiones de Woody Allen entre tanto gag y carcajada, estas primeras películas adolecen de guiones sólidos y lo cierto es que han envejecido con más pena que gloria, lo que no quita para que sigan siendo más que recomendables con excepción (personal) de La última noche de Boris Grushenko (1975), una parodia de ‘Guerra y Paz’ bastante insufrible, más bien una gamberrada de Allen y su amiga Diane Keaton.

Es con Annie Hall (1977) cuando llega la primera película ‘alleniana’. Considerada por muchos como “la mejor comedia de la historia del cine”, Annie Hall es un retrato genial de la sociedad neoyorquina que daba la bienvenida a los 80 imbuida en exposiciones de arte moderno y el boom del psicoanálisis freudiano. Es difícil recordar un solo momento de esta obra maestra: el monólogo inicial, las caras de Allen en el primer paseo en coche con Annie, la conversación subtitulada en la azotea, la confesión de Christopher Walken, la experimentación con cocaína o el magnífico final. Es una de esas películas que se pueden ver una y otra vez y siguen siendo tan increíbles como la primera.

Al cabo de dos años, con la muy satisfactoria Interiores (1978) de por medio, sale Manhattan (1979), la otra gran obra maestra de Woody Allen, la película que todo el mundo recuerda de él y la mejor foto de familia que se la he hecho nunca a Nueva York, y al primer plano secuencia me remito. Quizá sea el blanco y negro, quizá sean los diálogos o quizá sea el romanticismo, pero Manhattan me sigue pareciendo la mejor película de Allen. Es en esta película donde mejor se puede apreciar la dicotomía que siempre ha inquietado a los personajes masculinos del director: ¿por qué complicarse la vida buscando algo perfecto cuando tenemos algo que ya nos hace felices? En Manhattan, Woody se enamora de una mujer complicada, llena de contradicciones e inseguridades que la hacen irresistible, tanto como para dejar a una chica joven y más atractiva. Como todos sabemos, Woody acaba escogiendo a la menos complicada, porque simple y llanamente, le hace feliz. Irrepetible.

Durante los 80’s, Allen regaló otros dos peliculones en Hannah y sus hermanas (1986) y Delitos y faltas (1989). La primera se recuerda por el trío interpretativo en el que destaca una impecable Dianne Wiest, la segunda por ser la primera vez que Allen mezcla comedia y drama de forma plenamente satisfactoria (posteriormente lo volvería a intentar sin acierto, como en Melinda y Melinda, 2004) y por ser su más grande película como actor. Son los años de relación entre el director y Mia Farrow, actriz con más lagunas que el Guadiana pero que aun así tuvo su momento de gloria en la tierna Rosa Púrpura del Cairo (1985). Allen intentó volverla a dar un papel protagonista en las ‘bergmanianas’ Septiembre (1987) y Otra Mujer (1988), ambas más que prescindibles, pero a la Farrow se le pasó el arroz mucho más rápido de lo que tardó en darse cuenta nuestro director.

Antes de adentrarse en los oscuros 90, donde definitivamente a Allen se le fue la pelota y cayó en un autobombo de lo más cansino (con honrosas excepciones), hay que hablar de dos películas que siempre se olvidan pero que son dos exponentes evidentes de su cine: Broadway Danny Rose (1984), una enorme comedia sobre un representante de artistas de lo más peculiar en medio de Manhattan, y Días de Radio (1987), una bonita historia acerca del Brooklyn judío de los años 40.

Los años 90 comienzan con varias películas mediocres en las que Mia Farrow sigue teniendo un papel preponderante. Especialmente pesada resulta Maridos y Mujeres (1992), que de tanto drama que pretende ser se acaba pareciendo más a una comedia. Para saltar este pequeño bache, Allen recurre a una comedia con él como protagonista, algo que parecía haber olvidado, salvo por su participación en Historias de Nueva York (1989) junto con Scorsese y Coppola, con una olvidable historia acerca del complejo de Edipo. Para ello recupera a Diane Keaton y protagoniza una suerte de Annie Hall II en Misterioso Asesinato en Manhattan (1993), una hilarante historia de crímenes y relación de pareja en la que brillan con luz propia los diálogos entre Keaton y Allen, monstruos de esto de la comedia cuando tienen el día.

Woody Allen continúa haciendo comedia con Balas sobre Broadway (1994), una divertida historia con gángsteres poetas y poetas sin talento; Poderosa Afrodita (1995), la eterna obsesión del director por el sexo en un guión que recuperó hace tres años con Whatever Works (2009); y su última obra maestra: Desmontando a Harry (1997), posiblemente la comedia más pura de Allen, donde más suelta su imaginación, donde más concretizados aparecen sus miedos y obsesiones y en la que más gags puramente ‘allenianos’ podemos encontrar. Por poner tres ejemplos:

 

 

 

De los últimos tiempos poco se puede salvar, a excepción de Match Point (2005), película algo sobrevalorada pero que solo por ver a la Johansson coqueteando merece la pena. Ni Whatever Works (2009), ni Midnight in Paris (2011, su película más taquillera), ni Scoop (2006), a pesar de ser comedias agradables, llegan a esa genialidad, a ese virtuosismo del antiguo Woody Allen. Del resto, mejor ni hablar. Con 76 años, Allen ha perdido capacidad para sorprender a sus seguidores y se ha convertido en un director despreocupado y plano, más pendiente de rodar la siguiente película para estar en una nueva ciudad que de escribir un buen guión. A pesar de todo, un servidor sigue sintiendo un nosequé cada vez que suena un clarinete y aparecen las inconfundibles letras blancas sobre fondo negro. Puede que al director de comedias de 90 minutos, al eterno admirador de Fellini, al flacucho gafapasta inseguro y maltrecho, le quede poco que dar al cine, pero teniendo en cuenta cómo está el patio de Hollywood quizá sea mucho más de lo que pueda darnos cualquier otro. Y si no, siempre nos quedará Nueva York.