El genio de Chéjov

Chekhov_at_Melikhovo.

La primera vez que me acerqué a Chéjov fue hace relativamente poco, a comienzos del año 2009. Lo hice sin saber muy bien por qué, quizá por una recomendación de algún amigo, quizá por un artículo o tweet perdido, quizá por ese extraño magnetismo que tiene para mí cualquier tema que roce tangencialmente la esfera de Rusia.

Para un lector joven, que había vivido de novelas durante toda su adolescencia, empezar con cuentos supuso poco menos que un salto de fe. Los veía como algo infantil, prosaico, relegado al ámbito de la fantasía. Haciendo gala de mi ignorancia, entendía como algo menor el relato corto, pues “largo” solía significar “mejor”, “grandioso” o, pura y simplemente, “más elaborado”. No se puede hablar de algo trascendente, emotivo o épico si no se llenan, al menos, 250 páginas. Arte al peso. Así pensaba yo y eso es contra lo que se enfrentaba la obra de Chéjov.

Sin ánimo de ser exhaustivo, que para eso tienen Wikipedia, Antón Chéjov es una de las patas de la Santísima Trinidad del realismo ruso de segunda mitad del s. XIX, esa que se conforma con los mucho más conocidos, Fiódor Dostoyevski y Lev Tolstói. A estos dos novelistas nos los enseñaban, en voz alta, como exponentes máximos de las letras rusas, genios de la literatura universal  y, en voz baja, como autores de tochos infumables sobre la nobleza rusa, esa que vivía ajena al tiempo en su palacio de cristal, hasta que llegó octubre de 1917 y nada volvió a ser lo mismo. Nadie me mencionó nunca a Chéjov, que debía de aparecer en algún párrafo perdido del libro de Lengua de 1º de Bachillerato, enterrado por planes de estudio que de tan alto que vuelan sobre la historia de la literatura universal acaban por hacer pequeños a genios enormes.

A pesar de ser famoso en su tiempo por ser el autor de los dramas más celebrados del teatro ruso de principios del s. XX (El Tío Vania, El Jardín de los Cerezos y, especialmente, La Gaviota), obras que fueron el germen de la Compañía de Teatro de Arte de Moscú y que, a pesar de los recelos de no pocos soviets que las entendían elitistas y alejadas de los tiempos modernos, siguieron siendo las más representadas durante toda la vida del comunismo ruso, el tiempo acabó por atender al talento de Chéjov para el relato corto y le rehabilitó como una figura fundamental para entender el cuento, encumbrándole en la literatura universal junto a otros maestros como Poe, Cortázar, Bradbury, Quiroga o García-Márquez.

Mi admiración por Chéjov viene de su increíble capacidad para describir sentimientos a través de situaciones simples, cotidianas, que utiliza para criticar, en no pocos casos, la sociedad rusa que le tocó vivir, sus errores y sus prejuicios.  Sin dejar de lado su estilo, que es magistral en su sencillez, creo que la nota diferencial de Chéjov es la manera en que nos conduce por los recovecos de la mente y el alma humanas, mostrando cómo lo trascendental no está sólo en los dramas épicos de batallas y amores imposibles de Tolstoi y en las luchas interiores y el destino cruel de Dostoyevski, sino también en las pequeñas cosas, en lo cotidiano, en personajes anónimos y diálogos mundanos que tocan la traición, la envidia, el egoísmo, la pobreza, la angustia, la tristeza y, sobre todo, el amor. El hecho de que algunas situaciones no tengan cabida en la sociedad actual no le quita ni una pizca de vigencia a las motivaciones de los personajes de Chéjov, incompletos siempre por fuerza de la brevedad pero definidos de manera precisa, especialmente en lo moral, con apenas unas pocas, pero muy precisas, pinceladas.

Sin más, les dejo con los que, para mí, constituyen lo más granado y recomendable del extenso elenco de este curioso personaje y extraordinario autor. Cinco relatos que se pueden leer en lo que dura un trayecto de transporte público pero que no se olvidan por muchos “kilos” de novela que vengan detrás. Ah, y perdonen los títulos en castellano y la subjetividad implícita de cualquier lista.

1. Enemigos (1887): posiblemente, mi preferido. Un relato sobre el infortunio, el invariable egoísmo del ser humano, la total desconsideración hacia el dolor ajeno y cómo los sentimientos pueden transformarse en cuestión de segundos.

El doctor, en cambio, estaba de pie, apoyándose con una mano en el borde de la mesa, y miraba a Aboguin con el profundo desprecio, algo cínico y feo, con que sólo saben mirar el dolor y el infortunio cuando ven frente a sí el bienestar y la elegancia.

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2. La cigarra (1892): bastante más largo que el anterior. Con el egoísmo (de nuevo) y el amor como eje vertebrador, es una historia que habla sobre las apariencias, la abnegación, la imposibilidad de mantener una relación cuando hay otras prioridades en mente y de cómo el arrepentimiento casi siempre llega tarde.

Lo mismo que antes, Olga Ivanova buscaba grandes personajes, los encontraba y, al no sentirse satisfecha, seguía buscándolos. Lo mismo que antes, volvía a casa todas las noches muy tarde, pero Dimov no dormía, como el año anterior, sino que estaba trabajando en su despacho. Se acostaba a eso de las tres y se levantaba a las ocho“.

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3. El pabellón nº 6 (1892): próximo a la mini-novela, esta vez  el tema central es la locura y sus difusos límites con la razón. Un relato claustrofóbico, asfixiante, lleno de ira y de crítica hacia la sociedad rusa y  la incomprensión e intolerancia sobre las enfermedades mentales que existían en la Europa de los albores del siglo XX.

Después todo quedó en silencio. La difusa luz de la luna penetraba por la reja, proyectando en el suelo la sombra de una red. Daba miedo. Andrei Efímich, tendido en la cama y contenida la respiración, esperaba horrorizado nuevos golpes. Diríase que alguien le hubiera clavado una hoz, retorciéndosela varias veces en el pecho y en el vientre. El dolor le hizo morder la almohada y apretarlos dientes. Y de pronto, entre el caos reinante en su cabeza, se abrió paso una idea horrible, sobrecogedora: aquellos hombres, que ahora semejaban sombras negras a la luz de la luna, habían padecido el mismo dolor años enteros, día tras día“.

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4. Una pequeñez (1886): uno de los grandes ejemplos de cómo Chéjov puede, partiendo de una situación aleatoria y un diálogo intrascendente entre dos personajes sin contexto, desvelar una reflexión profunda sobre la condición humana y su auténtica naturaleza: el engaño, la envidia y la traición.

-¡Nicolás Ilich! -gimió Alecha-, usted me había dado su palabra de honor…

-¡Déjame en paz! ¡Se trata de cosas más importantes que todas las palabras de honor! ¡Me indignan, me sacan de quicio tanta doblez, tanta mentira!

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5. El beso (1887): una vez más, el azar de una situación provoca sentimientos desbordados en una persona cualquiera (un soldado ruso) debido a la ingenuidad apasionada de la juventud y la ilusión. Una de las historias más tiernas (e inevitablemente devastadoras) que escribió Chéjov.

Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños “.

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