El fantasma que recorre Europa (otra vez) (II)

Decía ayer que España fue el único país de entre los seis con más población de la Unión Europea que no dio un solo diputado a opciones de ultraderecha o manifiestamente antieuropeístas. Algún papista me dirá que sí que se lo dio a opciones de extrema izquierda, como Podemos, opciones que apoyan la dictadura cubana, los embargos venezolanos, etc. Un servidor, que aún cree en las bondades del discurso socialista por encima del populismo xenófobo de la extrema derecha, le da el beneficio de la duda a Iglesias y los suyos, qué menos.

Los problemas más graves del proyecto europeo se encuentran en dos frentes: la desidia absoluta de los ciudadanos de los nuevos Estados miembros y el ascenso de la ultraderecha y de partidos de carácter marcadamente antieuropeístas.

Respecto al primer punto, aquí tienen una estimación bastante certera de las tasas de abstención en la UE-28. Nótese que entre los 10 Estados con más abstención, 8 de ellos entraron en las ampliaciones de 2004 y 2007 (más Croacia, en 2013). Es bastante obvio que a nuestros nuevos socios les da igual el Parlamento Europeo, al menos en lo que respecta a sus mayorías. ¿Desencanto? ¿Falta de confianza? ¿Escasa representatividad? Sea lo que sea, es muy difícil avanzar de manera sólida con 14 países donde más de un 60% del electorado decide no votar.

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Hace falta un esfuerzo pedagógico mucho mayor por parte de los líderes de la UE, un esfuerzo que incida en los beneficios de permanecer unidos frente a una Europa dividida. Claro, que estos esfuerzos son complicados cuando uno de los dos grandes motores de la Unión se ha gripado y ha decidido meterse un disparo entre sien y sien.

Porque lo de Francia, pese a ser crónica de una muerte anunciada, no es normal. No es normal que Le Pen quede primera sobradamente, obteniendo un 25% de los votos emitidos; no es normal que el 43% de los trabajadores y el 37% de los parados franceses votasen al Frente Nacional. Ah, Francia. Nunca el conservadurismo se disimuló tan bien de puertas afuera. Cierto es que el resto de partidos franceses con representación son proeuropeos y alejados de la postura abiertamente xenófoba de Le Pen, pero la señal de alarma es evidente y suena con fuerza.

En Alemania la participación subió de manera considerable y Merkel se dejó siete eurodiputados. No es un buen augurio para la referencia de Europa, que ve como sus compatriotas, que siempre la han respaldado, empiezan a desconfiar de los compromisos adquiridos con la “Europa de la segunda velocidad”.

En Reino Unido, el partido antieuropeo de Nigel Farage, el UKIP, quedó en primer lugar, por encima de laboristas y tories. Farage, un político famoso por sus encendidos discursos en el Parlamento Europeo, a medio camino entre el monólogo y la sátira incendiaria, es un firme defensor de los controles fronterizos y del fin de la Unión Europea. El euroesceptismo, al igual que en Francia, no ha ganado las elecciones, pero es indudable que los británicos prefieren mantener su estatus dentro de la UE antes que avanzar hacia una mayor integración.

Si estos resultados no son nada halagüeños, máxime teniendo en cuenta que hablamos de los tres países más poderosos de la Unión, la cosa se pone todavía más fea cuando se analizan los resultados del resto de los países del norte de Europa. En Dinamarca, el Dansk Folkeparti (el Partido Popular Danés), una formación islamófoba cuya líder ha sido relacionada con grupos neonazis, volvió a ser la fuerza más votada con una ventaja más que sensible sobre el Partido Socialdemócrata. En Austria, la extrema derecha (el Partido de la Libertad de Austria) fue la tercera fuerza más votada, un partido que nació al calor del nazismo. El mismo resultado obtuvieron los Verdaderos Finlandeses, con otros dos escaños que sumar a la causa.

El racismo y la aversión al inmigrante avanzan con mucha fuerza en el norte de Europa, pero también en Hungría, donde el Jobbik (Movimiento por la Nueva Hungría) sacaba tres escaños como segunda fuerza más votada y en Grecia, con los archiconocidos calvitos de Amanecer Dorado sacando también tres eurodiputados. Incluso en Alemania, el NPD (el Partido Nacional Alemán, de ideología fuertemente antisemita y xenófoba) rascó un escaño.

El ascenso de las opciones radicales y antieuropeas es evidente. Cierto es, repito, que el 93,5% del Parlamento es afín al proyecto europeo y que PP y PSOE aglutinan 405 de los 751 escaños disponibles. Pero si comparamos con 2009, han perdido 44 escaños en un marco de participación mayor (a pesar del pasotismo de la Nueva Europa), escaños que han ido a parar a las manos de euroescépticos y de la ultraderecha.

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El único oasis de esperanza lo ha constituido, miren por dónde, Italia. La corrupta centroderecha italiana se desplomó ante el Partido Democrático de Matteo Renzi, que se convirtió en el partido socialista más votado de Europa (casi un 41% de votos emitidos) y sólo quedó superada como fuerza más votada por el centroderecha alemán.

Subestimar los resultados de estos comicios de 2014 es un error que populares y socialistas no pueden permitirse. Una gran coalición para lograr la mayoría absoluta sería un símbolo de debilidad inadmisible que enconaría aún más el enfado de la población europea y haría más atractivo el discurso fácil, paternalista y populista de los partidos ya citados. Los partidos dominantes, los proeuropeos, deben asumir sus responsabilidades y recabar nuevas soluciones, acercarse a su electorado nacional y advertirle de lo que pasaría si las promesas de la ultraderecha se hacen realidad.

Deben convertir sus eurogrupos parlamentarios en partidos de verdad, no en un retiro dorado para sus hombres más sacrificados en los partidos nacionales, personajes más pendientes de viajar en clase Business y tener su iPad último modelo que en contribuir al bienestar de la ciudadanía. Prolongar la casta nacional en el Parlamento Europeo no trae nada bueno a la Unión, una Unión que se debilita en medio de un contexto en el que se ve a los políticos europeos como burócratas privilegiados con más cara que espalda, tíos que vuelan de Bruselas a Berlín, de Berlín a Madrid y de Madrid a Estrasburgo apretándose las manos y haciéndose fotos mientras se ponen morados de marisco en los mejores restaurantes de las capitales europeas.

¿Por qué no listas abiertas? No se entiende por qué tenemos que votar a políticos de nuestros países, de los cuales estamos hartos, cuando estamos eligiendo a representantes del pueblo europeo. ¿Por qué no más cesiones de soberanía? Más poder para el Parlamento, menos para el Consejo de la UE. Poder real, no palabras mojadas en los Tratados. Que los señores eurodiputados se manchen más las manos. Está claro que los mecanismos actuales son ineficaces y las decisiones tardan siglos en tomarse.

La Comunidad Europea nació sobre ruinas y sigue siendo, sin discusión, el ejemplo de integración internacional más avanzado del mundo. El fantasma que desterró ha renacido y crece en el rencor de la gente, en su miedo al futuro, en su odio al elemento externo, al otro. El fantasma vuelve a cruzar Europa. Por favor, parémosle los pies.

 

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