Ni contigo ni sin ti

rajoy-mas08012013

Hablaba el señor Pedro J. Ramírez este domingo de las vicisitudes del proceso independentista catalán y pensaba yo, según leía su columna, en que el director de El Mundo encarna como pocos la forma de pensar del español medio en lo relativo al “desafío soberanista”: que todo es una locura con base en décadas de conductismo social, que los gobernantes catalanes engañan a sus votantes y que la “deriva nacionalista” es un movimiento egoísta y descabellado equiparable al nacimiento del nacionalsocialismo en la Alemania de los años 30.

Hace algo menos de un año, el nacionalismo catalán daba un puñetazo encima de la mesa en las elecciones del 25 de noviembre y conseguía barrer a las opciones no partidarias de la consulta popular, del llamado derecho a decidir. Muchos hablamos entonces de que el clamor de la sociedad catalana (o al menos de la que se acercó a votar aquel día) no debía enturbiar la verdad: que Artur Mas es un líder tibio y ambiguo cuyo único objetivo no es liberar al pueblo cual Nelson Mandela, sino más bien agarrarse a la poltrona y sostener la pancarta con la mano derecha mientras con la izquierda pone el cazo para que los contribuyentes españoles sigamos pagando sus desmanes.

En contra de lo que piensa Vargas Llosa, yo sí que creo en el derecho de autodeterminación. Creo que, con los instrumentos adecuados (¿obtención de mayorías cualificadas sostenidas en el tiempo?), cualquier comunidad debería poder decidir sobre su destino, al igual que los individuos decidimos sobre nuestras vidas. Negar este derecho, basándose en un supuesto “imperio de la ley”, en esa “España constitucional” del aznarismo, es una aberración en tanto que asigna a la Constitución la función de cárcel. Me dan risa aquellos que dicen que el respeto a la Constitución impide que una parte de la sociedad española opine sobre su futuro, y aún más risa me dan los que dicen que “plantear una consulta popular viola las reglas del juego que aceptó la sociedad catalana cuando ratificó por mayoría la Constitución en 1978”. Los marcos jurídicos responden a la realidad social de cada momento, por eso cambian, para adaptarse. La Carta Magna no es una verdad inmutable, inviolable y omnisciente: es un conjunto de reglas de hace 35 años que se pueden cambiar. Y así ha sido cuando nos lo han mandado desde fuera. Y si no cambia ahora, la consulta habrá de hacerse igualmente a espaldas del Gobierno central. ¿Qué importancia tiene para un proceso secesionista el respeto a unas leyes que no se van a respetar si ese proceso triunfa? Ni importan, ni tiene ningún sentido que se tengan en cuenta. Y lo mismo que acabo de señalar para las leyes internas del Estado español sirve para el Derecho Internacional Público. No me vengan con las normas de Naciones Unidas sobre nuevos Estados: en Europa tenemos un puñado de pueblos que las han usado para limpiarse ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre. No, Cataluña no es Kosovo, ni el Tíbet; tampoco lo eran croatas, andorranos, montenegrinos o eslovacos.

Así pues, sí, a favor de la consulta al pueblo catalán, a la sociedad catalana o a los ciudadanos catalanes, que en la variedad está el gusto. Eso sí, una consulta donde se diga lo que va a haber de menú para que nadie se llame después a engaño. Especialmente sangrante es el tema Unión Europea. Que viene un comisario de competencia y dice que Catalonia is not EU, que luego vienen los escoceses y dicen que seguirían siendo UE en caso de secesión, que luego viene otro funcionario de la Unión y dice que nanai, que Mas dice que Europa les necesita, etc. Que se aclaren, que emitan el informe pertinente y que digan la verdad. Yo no he encontrado en los tratados fundacionales ninguna disposición que se pueda aplicar al caso de Escocia/Cataluña (aunque hay un supuesto de hecho parecido en la Argelia de 1962), pero supongo que lo lógico es que el espacio Schengen no se viese alterado; otro gallo cantaría con la cuestión monetaria y fiscal (que no es asunto baladí, ni mucho menos).

Que se hable de argumentos fiscales, económicos, políticos, incluso culturales si se quiere. Que se diga la verdad por ambas partes, que cada cual apueste por lo que crea conveniente, pero que se abandone de una puñetera vez el “porque lo digo yo”. Miren a Escocia, miren las relaciones entre Londres y Edimburgo. Dejénse de desvaríos y derivas y de clamar al cielo porque la Constitución es sagrada. Dejénse de 1714 y de siglos de sometimiento y tortura españolista. Y, sobre todo, dejénse de lanzar dardos envenenados buscando convencer a los catalanes, quién sabe cómo, de que España es la mejor.

Y es que no son solo los brotes de violencia puntual. Desafío, deriva, capricho, desvarío, obsesión, falaciaa las palabras las carga el diablo. Declaraciones de ministros, de la Jefatura del Estado, de personalidades, de multitud de firmas de mayor o menor calado, todas con un mismo fin: declarar ilegítimo, ilegal e irresponsable el sueño secesionista. Hacerles saber a los catalanes que por ahí no, que de este barco que se hunde no se va ni Dios, que nos deben una pasta, que no les va a querer nadie, que el Barça se queda fuera de la Liga y que si se ponen farrucos les bombardeamos y listo. Tal cual. O sea, que les odiamos pero que no se marchan. Ni contigo ni sin ti.

Y cuando estas críticas arrecian, cuando los señores del PP se ponen el mono de trabajo a la hora de defender la patria y excluir a los que no la entienden de igual manera, es entonces cuando el nacionalismo catalán sube como la espuma. Ya se sabe: los extremos se atraen, se retroalimentan. Lo explica muy bien aquí Guillermo López García cuando habla de los resultados electorales de ERC:

En cuanto a Elecciones Generales, este partido pasó de obtener un escaño en 1996 (las elecciones que dieron paso al primer Gobierno de Aznar) a 8 en 2004, para después bajar hasta tres en 2008 y 2011. En el plano autonómico pasó más o menos lo mismo: ERC sacó 13 escaños en 1995 y 1999, subió a 23 en 2003, y después, una vez instaurado el tripartito y con Zapatero en La Moncloa, bajó a 21 escaños en 2006 y 10 en 2010. Dos años después, en 2012, como celebración del primer año de Rajoy al frente del Gobierno español, ERC volvió a subir hasta los 21 escaños“.

Curioso, ¿verdad?

Otra cosa que me hace mucha gracia es la crítica feroz a la presencia de niños en las manifestaciones de la Diada y el uso de sus testimonios por parte de TV3, lo que lleva siempre a denunciar el modelo educativo catalán (y, por extensión, el vasco) y su “deformación de la Historia”. “Son nacionalistas porque es lo que les han enseñado”. A mí me han educado en la religión católica desde mi más tierna infancia hasta los 17 años y no soy ni practicante ni creyente. Y mis compañeros que sí que lo son no creo que hayan llegado ahí por una cuestión de lavado de cerebro, les considero suficientemente inteligentes como para haber decidido por su cuenta el camino que eligen en cuestiones religiosas.

¿Ven? Al final todas estas denuncias van encaminadas al insulto, a la provocación, a considerar ingenuos o falsos los movimientos ajenos a la patria española. Y es un insulto porque para el nacionalista español radical “el nacionalismo existe y medra porque se enseña en las escuelas”, es decir, que todos los nacionalistas son un burdo producto de la propaganda política y que no hay posibilidad de que nadie haya llegado a creer en la independencia por obra del propio intelecto, que es como decir que un católico será creyente y practicante si, y solo si, es enseñado en la religión católica para la religión católica. A mí esto me parece una falacia, aquí y en Girona. Y Escocia, otra vez, es una buena muestra de ello.

Por razones sentimentales y pragmáticas espero que Cataluña siga formando parte del Estado español por muchos años más. España necesita a Cataluña, necesita sus recursos, necesita a sus gentes, necesita su cultura. No nos podemos permitir convertirnos en un país más pequeño, más pobre (porque seríamos más pobres), menos plural y más cerrado en el nacionalismo castellano, tan excluyente o más que el catalán. Creo que tan importante como darle voz al electorado de Cataluña es hacerle saber que España le necesita en todos los sentidos y que juntos se hace más fuerza que yendo por separado. Ofrecer un proyecto integrador que deje espacio a las realidades culturales y poner de una puñetera vez encima de la mesa la cuestión de la financiación. Después de todo, y mal que les pese a muchos, hay muchas más cosas iguales o parecidas entre castellanos, andaluces y catalanes (incluyendo a los políticos) que diferentes. Pero entiendo que a estas alturas estos deseos míos sean poco más que una quimera, aunque haya alguna voz del PP que ya haya empezado a hacer de liebre (con mejores o peores intenciones).

Imprescindibles: Referéndum (de Enric González), Uno más y La inteligencia (de Sostres), Jordi Évole, motivos para la independencia de un no nacionalista, Cataluña y las promesas creíbles (por Senserrich), La España troglodita (por Ramón Lobo), Cataluña no es Escocia (por Juan Carlos Girauta), Kitsch nacional (por Antonio Muñoz Molina).

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