Una reflexión de domingo

Retomo el blog tras un largo periodo de abandono. Pido disculpas a los lectores que tengo, que son muy valiosos para mí, pero he tenido otras prioridades en los últimos meses y cuando el tiempo escasea uno siempre prescinde de aquello que le supone un esfuerzo mayor.

Hoy no quiero comentar ningún asunto de actualidad, simplemente quería compartir una reflexión, un pensamiento que ha venido a mí hace unos minutos cuando contemplaba un vídeo en YouTube. Se trata, en concreto, de una narración sobre la catástrofe del dirigible Hindenburg. Muchos ya sabrán de lo que les estoy hablando, el nombre evoca rápidamente esa imagen de un enorme dirigible con la parte posterior estallando en llamas mientras todo el globo se viene abajo como un castillo de naipes. El vídeo, al que llegué gracias a esta entrada en ALT1040, recoge las palabras de Herbert Morrison, un reportero estadounidense que se había dirigido a Nueva Jersey para cubrir la llegada del gigantesco dirigible tras tres días de viaje desde Frankfurt. Sin más, el vídeo:

Esto es más o menos lo que dice Morrison desde que el dirigible explota en llamas (perdonen la traducción):

¡Explota en llamas! Explota en llamas, está cayendo, se está estrellando. ¡Mirénlo! ¡Mirénlo! ¡Quiténse del medio, quiténse del medio! (¡Graba esto, Charlie, graba esto!) ¡Hay fuego, se está estrellando! ¡Se está estrellando de una forma espantosa! ¡Quiténse del medio, por favor! […] Esto es terrible, es el peor de los peores desastres en el mundo. 400 o 500 pies desde el cielo, es un choque terrible, damas y caballeros. Hay humo, y hay llamas […] Oh, la humanidad, y todos los pasajeros gritando alrededor de aquí. Casi no puedo hablarles, sus amigos están ahí… Oh, no puedo hablar, damas y caballeros. En serio, simplemente está ahí, una masa de restos humeantes. Y todo el mundo apenas puede respirar y hablar y gritan… En serio, apenas puedo respirar, voy a hacerme a un lado donde no pueda verlo… Charlie, esto es terrible. No puedo, voy a tener que parar un minuto porque he perdido la voz, esto es lo peor que he presenciado.

Resulta impactante la emoción con la que Morrison describe los hechos: apenas puede hablar, llora, se siente completamente desbordado por el desastre que está contemplando. Quizá todo se deba a que es un reportero joven (unos 30 años cuando narra esto) o especialmente sensible, no acostumbrado a una violencia tan explícita como ver a todo un pasaje morir delante de sus ojos mientras una muchedumbre se acumula alrededor de las ruinas del gran dirigible intentando entender qué ha pasado. Pero yo creo que cualquier reportero de 1937 habría sufrido la misma reacción. Eran otros tiempos y aquel mundo, aquella humanidad concebía las cosas de un modo distinto al de ahora.

Cuando uno piensa en un telediario cualquiera con el presentador o presentadora de turno hablando con total serenidad acerca de masacres infinitamente más duras que la de aquel dirigible, no puede dejar de hacerse preguntas sobre qué ha pasado en estos 70 años para que nos parezca normal que 1.200 personas pierdan la vida en un accidente de trabajo o que otras 1.000 sean asesinadas durante el pasado mes de mayo. Haciendo memoria y tirando de Internet, es asombrosa la tranquilidad (casi frialdad) con la que Ana Blanco y Matías Prats narraban el 11S.

Los medios han mostrado tantas imágenes de dolor, violencia y muerte en todos estos años que estamos prácticamente insensibilizados. Detrás de la supuesta profesionalidad de muchos periodistas, se esconde una peligrosa desvinculación del sufrimiento humano cuando éste no toca directamente al narrador. Y la desafectación llega al espectador, al consumidor de noticias, a todos y cada uno de nosotros. Creo que es por eso que resulta tan increíble, tan emotivo y tan triste escuchar hoy las palabras de Morrison, un reportero cualquiera de finales de los años 30, cuando, en un mundo amenazado por el fascismo y al borde de la II Guerra Mundial, se echaba a llorar viendo cómo el sueño de muchos congéneres se acababa en los segundos que tardaba el Hindenburg en estrellarse contra el suelo.

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