Repasando a Woody Allen

Es difícil empezar a hablar de la figura de Woody Allen, uno de los grandes directores y guionistas del cine de los últimos 40 años, un señor capaz de regalar al mundo varias obras maestras que no se deberían olvidar por mucho que su carrera haya llegado a un punto en el que solo podemos ver, como muy acertadamente apunta Iker Zabala en esta imprescindible serie de artículos para Jot Down (1, 2, 3 y 4), sucesivas (y merecidas) vueltas de honor.

A Woody Allen se le conoce por ser el gran paisajista de Nueva York, por el personaje desquiciado y neurótico obsesionado con el sexo, la muerte y el matrimonio, o por Joan Pera, la inconfundible voz que le dobla en las pantallas españolas. Allen empezó como humorista en shows de la televisión norteamericana, como monologuista. Sobre si era bueno o era malo no voy a pronunciarme, dejo este vídeo para que pueda opinar el que quiera. Es en esta época cuando empieza a rodar. De esta primera etapa siempre he tenido debilidad por El dormilón (1973), pero lo cierto es que tanto Bananas (1971) como Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (Pero nunca se atrevió a preguntar) (1972) siguen haciendo reír con momentos estelares como este o este:

 

Aunque ya se dejaban ver algunas de las obsesiones de Woody Allen entre tanto gag y carcajada, estas primeras películas adolecen de guiones sólidos y lo cierto es que han envejecido con más pena que gloria, lo que no quita para que sigan siendo más que recomendables con excepción (personal) de La última noche de Boris Grushenko (1975), una parodia de ‘Guerra y Paz’ bastante insufrible, más bien una gamberrada de Allen y su amiga Diane Keaton.

Es con Annie Hall (1977) cuando llega la primera película ‘alleniana’. Considerada por muchos como “la mejor comedia de la historia del cine”, Annie Hall es un retrato genial de la sociedad neoyorquina que daba la bienvenida a los 80 imbuida en exposiciones de arte moderno y el boom del psicoanálisis freudiano. Es difícil recordar un solo momento de esta obra maestra: el monólogo inicial, las caras de Allen en el primer paseo en coche con Annie, la conversación subtitulada en la azotea, la confesión de Christopher Walken, la experimentación con cocaína o el magnífico final. Es una de esas películas que se pueden ver una y otra vez y siguen siendo tan increíbles como la primera.

Al cabo de dos años, con la muy satisfactoria Interiores (1978) de por medio, sale Manhattan (1979), la otra gran obra maestra de Woody Allen, la película que todo el mundo recuerda de él y la mejor foto de familia que se la he hecho nunca a Nueva York, y al primer plano secuencia me remito. Quizá sea el blanco y negro, quizá sean los diálogos o quizá sea el romanticismo, pero Manhattan me sigue pareciendo la mejor película de Allen. Es en esta película donde mejor se puede apreciar la dicotomía que siempre ha inquietado a los personajes masculinos del director: ¿por qué complicarse la vida buscando algo perfecto cuando tenemos algo que ya nos hace felices? En Manhattan, Woody se enamora de una mujer complicada, llena de contradicciones e inseguridades que la hacen irresistible, tanto como para dejar a una chica joven y más atractiva. Como todos sabemos, Woody acaba escogiendo a la menos complicada, porque simple y llanamente, le hace feliz. Irrepetible.

Durante los 80’s, Allen regaló otros dos peliculones en Hannah y sus hermanas (1986) y Delitos y faltas (1989). La primera se recuerda por el trío interpretativo en el que destaca una impecable Dianne Wiest, la segunda por ser la primera vez que Allen mezcla comedia y drama de forma plenamente satisfactoria (posteriormente lo volvería a intentar sin acierto, como en Melinda y Melinda, 2004) y por ser su más grande película como actor. Son los años de relación entre el director y Mia Farrow, actriz con más lagunas que el Guadiana pero que aun así tuvo su momento de gloria en la tierna Rosa Púrpura del Cairo (1985). Allen intentó volverla a dar un papel protagonista en las ‘bergmanianas’ Septiembre (1987) y Otra Mujer (1988), ambas más que prescindibles, pero a la Farrow se le pasó el arroz mucho más rápido de lo que tardó en darse cuenta nuestro director.

Antes de adentrarse en los oscuros 90, donde definitivamente a Allen se le fue la pelota y cayó en un autobombo de lo más cansino (con honrosas excepciones), hay que hablar de dos películas que siempre se olvidan pero que son dos exponentes evidentes de su cine: Broadway Danny Rose (1984), una enorme comedia sobre un representante de artistas de lo más peculiar en medio de Manhattan, y Días de Radio (1987), una bonita historia acerca del Brooklyn judío de los años 40.

Los años 90 comienzan con varias películas mediocres en las que Mia Farrow sigue teniendo un papel preponderante. Especialmente pesada resulta Maridos y Mujeres (1992), que de tanto drama que pretende ser se acaba pareciendo más a una comedia. Para saltar este pequeño bache, Allen recurre a una comedia con él como protagonista, algo que parecía haber olvidado, salvo por su participación en Historias de Nueva York (1989) junto con Scorsese y Coppola, con una olvidable historia acerca del complejo de Edipo. Para ello recupera a Diane Keaton y protagoniza una suerte de Annie Hall II en Misterioso Asesinato en Manhattan (1993), una hilarante historia de crímenes y relación de pareja en la que brillan con luz propia los diálogos entre Keaton y Allen, monstruos de esto de la comedia cuando tienen el día.

Woody Allen continúa haciendo comedia con Balas sobre Broadway (1994), una divertida historia con gángsteres poetas y poetas sin talento; Poderosa Afrodita (1995), la eterna obsesión del director por el sexo en un guión que recuperó hace tres años con Whatever Works (2009); y su última obra maestra: Desmontando a Harry (1997), posiblemente la comedia más pura de Allen, donde más suelta su imaginación, donde más concretizados aparecen sus miedos y obsesiones y en la que más gags puramente ‘allenianos’ podemos encontrar. Por poner tres ejemplos:

 

 

 

De los últimos tiempos poco se puede salvar, a excepción de Match Point (2005), película algo sobrevalorada pero que solo por ver a la Johansson coqueteando merece la pena. Ni Whatever Works (2009), ni Midnight in Paris (2011, su película más taquillera), ni Scoop (2006), a pesar de ser comedias agradables, llegan a esa genialidad, a ese virtuosismo del antiguo Woody Allen. Del resto, mejor ni hablar. Con 76 años, Allen ha perdido capacidad para sorprender a sus seguidores y se ha convertido en un director despreocupado y plano, más pendiente de rodar la siguiente película para estar en una nueva ciudad que de escribir un buen guión. A pesar de todo, un servidor sigue sintiendo un nosequé cada vez que suena un clarinete y aparecen las inconfundibles letras blancas sobre fondo negro. Puede que al director de comedias de 90 minutos, al eterno admirador de Fellini, al flacucho gafapasta inseguro y maltrecho, le quede poco que dar al cine, pero teniendo en cuenta cómo está el patio de Hollywood quizá sea mucho más de lo que pueda darnos cualquier otro. Y si no, siempre nos quedará Nueva York.

Un comentario el “Repasando a Woody Allen

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