Ecos de Fukushima

En medio del maremoto informativo del terremoto de Lorca, de la guerra de Libia y de la crisis económica, es difícil recordar que hay un país que está sufriendo la mayor crisis nuclear de su historia, y la segunda mayor catástrofe de este tipo que se ha registrado desde que existe la energía nuclear en el mundo. Sí, es Japón, y es Fukushima. Es curioso comprobar cómo en aquellas semanas de marzo, muchos seguíamos casi minuto a minuto las informaciones salidas de las agencias japonesas de noticias, del gobierno japonés y de TEPCO (Tokyo Electronic Power Company, una de las más grandes empresas energéticas de Japón), y ahora prácticamente nada se sabe de todo aquello, como si hubiera pasado a la historia cuando en realidad es actualidad pura y dura.

En los medios, rebuscando un poco, se pueden leer informaciones que siempre se deben contrastar con la web oficial de TEPCO y la de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA). Y es que ha habido y hay mucho sensacionalismo y muchas ganas de levantar polvareda: las tentaciones de periodistas y blogueros de magnificar los informes e inventarse noticias son muy peligrosas.

Al parecer, la fusión parcial del núcleo del reactor nº1 (ojo, fusión realmente importante, con daños de hasta un 70%), podría haber provocado fisuras en la vasija de contención. Y esto es peligroso, porque una exposición abierta de “lava” radiactiva libera enormes cantidades de cesio y yodo al aire, y porque las fisuras pueden dejar escapar agua altamente contaminada que llegaría al mar con el consiguiente agravamiento del problema ecológico. Estas fisuras ya podrían haberse producido en los reactores 2 y 3, por lo que no se puede descartar que grandes cantidades de agua radiactiva se haya filtrado al exterior.

Lo que está claro es que existe una desinformación tremenda al respecto, que tanto TEPCO como el gobierno japonés han ocultado y ocultan información, y que las cosas van para largo. También está claro que la zona de Fukushima ha quedado inutilizada para la vida humana por un periodo de tiempo considerable. Y también está claro que la energía atómica basada en uranio no es tan segura como muchos pensaban.

¿O es que acaso todavía hay alguien que crea que es segura una forma de producir energía que, en caso de fallo, necesita de 8 a 10 meses para poder detenerse (las estimaciones de TEPCO hablan de un plazo de 6 a 7 meses para proceder a la parada fría de los reactores dañados)? Una forma de energía que aumenta el riesgo de padecer cáncer o de morir envenenado si se traspasa un cerco de 20-30 km alrededor del lugar del accidente, ¿es la que queremos para el futuro? Muchos desde luego que no.

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