Paco el de la Caja

Esta es la historia de Paco. Paco trabajaba en una Caja de Ahorros. Era feliz: daba dinero a sus vecinos para que pudiesen afrontar sus pequeños proyectos, empezar una vida nueva, etc. No sangraba a los clientes con intereses altos, y todos le querían. Era Paco, el de la Caja, “habla con él, y llegaréis a un acuerdo, no te preocupes”. Paco llevaba una vida más que digna. Cobraba un sueldo apañado, tenía su casa, su coche, se iba de vacaciones tres o cuatro veces al año…

Un buen día apareció un señor vestido de traje en su oficina, con sonrisa resplandeciente y lleno de ideas. Hablaba de que la pequeña ciudad donde vivía Paco tenía una enorme cantidad de posibilidades que no se estaban explotando debidamente. El señor del traje hablaba de un gran proyecto a 20 kilómetros de la ciudad, una serie de urbanizaciones con un gran centro de ocio que sirviese de enlace para todas ellas. “Piénsalo Paco, la cantidad de personas que vendrían aquí, la cantidad de trabajo para nuestros hijos que nos daría ese centro comercial, todo iría a mejor”. “No estoy muy convencido”, contestó Paco, “esta es una ciudad pequeña, somos los que somos y estamos bien así”. El señor del traje se marchó.

Al cabo de unas semanas apareció el alcalde del pueblo por la oficina de Paco. Eran amigos de toda la vida, de los que juegan al mus todas las tardes de los domingos antes de ver el partido de fútbol con el resto de parroquianos. Se saludan con un abrazo y se encierran a hablar. “Mira Paco, esto está muy parao, los chavales se están yendo de aquí, las cosas no van ni para adelante ni para atrás, algo hay que hacer”. Paco no entiende a qué viene esto, él ve el día a día del pequeño municipio y la gente hace su vida y todo sigue un curso normal y tranquilo, no sabe de qué le están hablando. “He pensado que tenemos que crecer, expandirnos, ¿sabes lo que te digo, Paco? Tengo un proyecto de un buen amigo mío, 100% fiable y legal. Vendría mucha gente aquí, Paco, la gente joven se quedaría con nosotros, un montón de trabajo, lo tenemos que hacer por todos los que viven aquí”. Paco no está convencido, pero es el alcalde, es su amigo, y en cuanto ve la confianza ciega con la que éste le habla, se deja de zarandajas y con un apretón de manos sellan un pacto: “tú trae el proyecto por aquí, que yo le echo un vistazo y firmo,  y vamos para adelante”.

Pasan los días, y los meses. Cerca del municipio llega todo tipo de maquinaria y materiales, se levantan vallas y comienzan las obras. En el pueblo la gente está contenta: el alcalde les ha asegurado que es un proyecto a largo plazo que les dará tranquilidad y beneficios a todos. Algunos miran con recelo la astronómica cifra que financia el proyecto, pero la gran mayoría piensan “todo se está moviendo, qué bien nos va a venir esto en unos años”. La gente del pueblo se pasa a ver las obras, que avanzan a un ritmo vertiginoso: una gran cuadrilla de trabajadores se empeñan a destajo y parece que nunca duermen.

Nadie conoce demasiado al promotor, ni a la constructora pero el alcalde le ha asegurado a Paco que pagarán sin problema. “Las casas se van a vender solas, no sabes cómo está la demanda por esta zona, vamos a sacar unos buenos cuartos”, le comentó el alcalde. Y Paco no se preocupó más. Además, lee la prensa diariamente y la economía está perfecta, España crece y crece sin parar. “Si es que tienen razón, nos tenemos que subir al carro por el bien de todos”.  Y todo esto le da mucha tranquilidad.

Y orgullo: su Caja de Ahorros aparece en los grandes cartelones como financiadora principal del proyecto y todo el mundo le aprecia, si cabe, aún más. Por si fuera poco, se ha llevado un buen pellizco por todo el tinglado que se ha montado, en forma de comisión. Le pareció algo excesivo pero el alcalde le insistió, después de todo, él estaba financiando la operación y lo justo es que se llevase un dinero por tener esa visión de futuro, “nadie te lo va a echar en cara, esto va a hacer mucho bien”.

Pasa un año, y el complejo a las afueras crece y crece. El centro comercial está construido, saneado y cerrado, listo para su inauguración. Muchas casas tienen las cimentaciones hechas, y todo el alumbrado y alcantarillado de la zona está terminado. Los más ancianos del lugar se preguntan quién va a vivir allí, pero sus hijos les contestan que aquello es una cosa muy buena, que mira qué parcelas y qué centro han apañado. Paco va a la inauguración, se hace la foto con el alcalde, el Presidente de la Comunidad que también ha venido, y un responsable de la constructora. Incluso vienen algunos medios y la gente está encantada. Se abre el centro y todo el mundo disfruta de una tarde de lo más agradable.

Los meses transcurren. En el centro hay pocas tiendas abiertas, pero es lógico, las casas están sin vender, según vaya viniendo más gente, habrá más demanda. Se venden varias, pero muchas continúan con sus carteles colgados. Muchos jurarían que hay menos movimiento en las obras.

Un año pasa. Apenas se han vendido una quinta parte de todos los chalets. El centro comercial está prácticamente desértico y la Caja de Paco no ha visto un solo euro de todo el dinero que prestó.  El alcalde tranquiliza a Paco: “esta gente no sabe vender, tú no te agobies, que la Caja se queda con todo y ya pensaremos algo, estos chalets se van a vender solos, y por más dinero del que les prestamos al principio”. Pero Paco no lo ve nada claro. Los jóvenes se marchan del pueblo igual que antes, nadie visita el complejo y a Paco no le llega la camisa al cuello.

Los meses pasan y Paco se está ahogando. Quiere respuestas y va a ver a su amigo de toda la vida, el alcalde. Pero éste, de la noche a la mañana, se ha marchado.

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