Un Rey para la eternidad

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El año 2015 acababa para el Real Madrid con una prematura eliminación en Copa del Rey tras un error incomprensible, lamiendo las heridas tras aquel 0-4 en el Clásico de noviembre y viendo al Barça completar su repóker tras ganar en el Mundial de Clubes por 0-3 a River Plate pocos días antes de Navidad.

Rafa Benítez no sabía si iba o si venía, se dejó dos puntos más contra el Valencia y fue destituido antes de la noche de Reyes. Florentino Pérez, completamente desbordado sin saber cómo capitalizar el triunfo de su equipo en la Champions League de Lisboa 2014, optó por un compañero de sus años galácticos, un amigo. Zinedine Zidane llegó sonriendo al vestuario blanco, como si ya supiese todo lo que iba a conseguir, como si en el fútbol todo fuese tan fácil como marcar un penalti “a lo Panenka” en una final de un Mundial. Algunos, pocos, nos echamos a temblar porque vimos en este señor una sombra de aquel entrenador sin experiencia que aterrizó en el Camp Nou en mayo de 2008. Se rieron de nosotros.

El Madrid marchaba tercero en Liga, a dos y cuatro puntos de Barcelona y Atlético, pero la sensación era de equipo en ruinas, de fábrica de sueños rotos, la de una Décima ganada “en el descuento” y “gracias al bajón físico de su rival”, como si así se restase mérito a lo logrado por Ancelotti tras los años de tierra quemada de Mourinho. Quedaban 20 partidos de Liga por delante.

A partir de ahí, el Madrid sumó en Liga 17 victorias (incluida una en el Camp Nou, poniendo fin a 39 partidos seguidos sin perder de un Barça que parecía invencible), 2 empates y una sola derrota, ante el Atlético de Madrid, la única que el Bernabeu presenciaría hasta una tarde-noche de abril de 2017 en la que Messi decidió ponerle algo de sal a una Liga más blanca que la Cibeles. 53 puntos de 60 posibles, 63 goles a favor por 16 en contra. Nadie estuvo a la altura de Zidane desde que llegó, pero esos dos puntos de desventaja que Benítez dejó con el Barça fueron suficientes para que Luis Enrique sumase su segunda (y última) liga.

A esas 17 victorias, deben añadirse las 29 conseguidas en esta Liga 2016/2017, brillantemente ganada por el Real Madrid. Los registros del vigente campeón desde que Zidane cogió el mando en la llamada “competición de la regularidad”, aquella que muchos culés defendían como “la más difícil de ganar” cuando Sergio Ramos levantaba al cielo de Milán la Undécima, son de 46 victorias, 8 empates y 4 derrotas. 146 de 174 puntos posibles, el 83,91%. Con 169 goles a favor y 57 en contra. Hablamos de 58 partidos en los que ningún equipo (ni Barcelona, ni Bayern, ni Chelsea, ni PSG) ni entrenador de Europa (ni Mourinho, ni Conte, ni Ancelotti, ni Guardiola), ha sumado tanto. No lo busquen: no lo encontrarán.

Además de dichos registros, que no hacen sino hablar de la excelencia de un entrenador que denostaban por su “perfil bajo“, tenemos un récord de 40 partidos seguidos sin conocer la derrota y de 65 partidos (y sumando) marcando. Se ha hablado mucho de la mano gestora de Zidane, de su normalidad, de su educación y de su ascendencia sobre las estrellas del Madrid (especialmente, sobre Cristiano Ronaldo). Es muy difícil explicar resultados durante 58 partidos apelando únicamente a esos factores y seguir despreciando las variantes tácticas y el trabajo del, hoy por hoy, mejor entrenador del mundo.

Zidane lo ha hecho todo de una forma tan sencilla que la Liga 2016/2017 ha parecido rutinaria, tan rutinaria como la Champions League ganada ante la Juventus de Turín el pasado sábado. La ganaron arrollando al campeón alemán, al vigente subcampeón europeo y al equipo que ha mandado en Italia sin sombra alguna durante los últimos seis años, un equipo que llevaba un año sin encajar más de tres goles en un partido y al que le habían metido tres goles durante toda la Champions League. Un equipo que, tan sólo dos meses antes, había reducido al Barça de Messi a cenizas con la facilidad con la que se espanta a una mosca. El Real Madrid le metió cuatro a la Juve, la empequeñeció a un nivel absurdo durante la segunda parte de Cardiff y ganó por 12ª vez el título más grande que existe a nivel de clubes. Zidane, sonriente, trajo de vuelta el doblete a Madrid, terreno vedado durante casi 60 años, y se fumó la maldición del campeón de Champions (ya saben, aquella que dice que el campeón nunca revalida título) con la misma naturalidad con la que después cantaba y reía con sus muchachos en la celebración posterior.

El Real Madrid 2016/2017 culmina así un año soberbio, saca brillo a un palmarés que ya lucía con la fuerza de mil soles y sigue aumentando su leyenda. Si Mourinho trajo el cambio y la competitividad (Copa 2011, Liga 2012) y Ancelotti la calma y el saber estar (Copa 2014, Champions 2014), Zidane ha traído la excelencia y la normalidad (Liga 2017, Champions 2016 y 2017). El ciclo, que es glorioso, tiene todos los mimbres para prolongarse durante muchos años más, con una plantilla sin parangón plagada de jugadores jóvenes y con ADN 100% madridista y unos rivales abúlicos, condenados, llenos de urgencias.

Se habla y se escribe sobre Cristiano Ronaldo (que en este 2017 igualará a Messi en Champions y Balones de Oro), pero este Real Madrid, coral y maravilloso, cristaliza en su entrenador. En tiempos de jugadores extraterrestres, periodistas desquiciados y entrenadores excesivos, la normalidad de Zidane y la excelencia de su Real Madrid es la única certeza del fútbol mundial. Un señor sonriente que, a base de trabajo y talento, se ha traído a su lado a jugadores y aficionados, dejando al otro lado sólo a aquellos que le seguirán exigiendo que el Madrid gane más títulos, goleando más, pulverizando más récords. A Zidane, por suerte, todo eso le da igual: nunca se preocupó por lo que dijeran de él. Fue el regalo de reyes que le trajeron al Real Madrid hace ya un año y medio y él, como único Rey de Europa, trajo al Real Madrid la eternidad.

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Apuntes del #AlbertvsPablo

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Fuente: La Sexta

  1. Modelo territorial: me sigue sorprendiendo la tozudez de Ciudadanos con la cuestión catalana. Creo que su discurso no está calando precisamente por ser el discurso “unionista y defensor de la legalidad” que defienden, sino por todo lo demás (lo que prometen en cuanto a gestión estatal, sus medidas).  Iglesias gana ese ‘round’ defendiendo la democracia y machacando la gestión del actual Gobierno, que ha aupado a Mas a la categoría de mártir.
  2. Tibio, tirando a frío, el tratamiento de la sanidad. ¿A Jordi Évole sólo se le ocurre preguntar por el asunto de los “sin papeles”, en serio? ¿Dónde queda el asunto de la gestión privada de ciertos hospitales? ¿Van a apretarle las tuercas a las Comunidades Autónomas que se inclinan por estos modelos ineficientes y caros?
  3. Y si la sanidad ha tenido poco protagonismo, qué decir de la educación. Y no será por falta de temas que hay que poner encima de la mesa: ¿defensa de un gran pacto? ¿qué se puede mejorar? ¿Reforma de la universidad pública? ¿Fin de la religión como asignatura con peso en expediente? ¿Seguir relegando a las humanidades a un ámbito cada vez más reducido? ¿Regular de una vez la figura del becario? La única pregunta que recuerdo fue la de seguir financiando a concertadas con segregación por sexo: muy fácil para ambos candidatos.
  4. Algo puede empezar a cambiar en lo relativo a la corrupción y al fraude fiscal. El acuerdo en cuanto a financiación de partidos supone un choque total con el bipartidismo heredero del 78. Perseguir el fraude de grandes fortunas parece otro punto de acuerdo y aquí quiero destacar a Rivera desmintiendo el mito de “los ricos se irán”, algo que tiene especial valor dado que es el candidato más conectado al “IBEX-35”. Y quieren perseguir el fraude de la única forma posible: con más control (es decir, más inspectores). Muy rápido Iglesias a la hora de reconocer que ha pagado en negro alguna vez y bastante mal ambos contendientes a la hora de valorar la gestión del fraude dentro de sus partidos (Cañas y Monedero).
  5. Trabajo: el contrato único versus la nada. El inicio del debate deja en fuera de juego a Iglesias, incapaz de articular una sola medida concreta para evitar la precariedad laboral y la disparidad en cuanto a protección de los trabajadores. Demoledor aquí, Rivera: “primero crearemos la riqueza, luego viene distribuirla”.
  6. Bastante mal ambos en cuanto a solucionar el “capitalismo de amiguetes“. Rivera, porque su defensa de la competencia se deposita en “devolver la independencia” al antiguo Tribunal de la Competencia e imponer multas, lo que ya hace la CNMC. Iglesias, porque su defensa de las nacionalizaciones no viene acompañada de datos o ejemplos que puedan sustentarla. Sí que acierta en cuanto a la cuestión de la banca pública: las Cajas no siempre fueron las que hemos conocido y existen mecanismos que podrían garantizar su independencia.
  7. La victoria de Rivera no ofrece dudas: tranquilo, sólido, expresivo, con la lección aprendida y perfecto en el cuerpo a cuerpo “sucio”. Hay un momento en el que Évole saca una grabación del presidente del BBVA en la que éste último alaba a Rivera y amenaza con consecuencias desastrosas si Podemos gana las elecciones. Ante esta circunstancia, Iglesias intenta poner a Podemos en una posición moralmente superior a la de Ciudadanos por su defensa de las clases desfavorecidas y se atreve a advertirle a Rivera: “Albert, creo que estas palabras que te dirigen Esperanza Aguirre o el presidente del BBVA te hacen mucho mal”. Rivera desmonta el discurso con un simple “y a vosotros os hacen daño relacionándoos con Venezuela”. En la contrarréplica vemos a un Iglesias sin argumentos, completamente superado.
  8. Muy mal Pablo Iglesias, tanto en las formas como en el contenido. Atolondrado, derrotista, perdido sin su ceño fruncido, incapaz de articular un gesto amable que compita con la sonrisa y los ademanes de Rivera. Ni siquiera golpeando en dos ocasiones la mesa y soltando palabrotas consigue dar señales de vida. Acostumbrados a dos años de tertulias en directo viéndole partirse la cara con la caverna mediática del PP y dejar en evidencia a Inda y a Marhuenda, sorprende (o no) verle así, sin aguantar ni medio asalto en diferido contra un político de su tiempo.
  9. A Podemos el 2015 se le ha hecho larguísimo y llega al tiempo de descuento sin fuelle y sin respuestas. La recuperación económica sólo la notan, de momento, las capas superiores de la sociedad española, por lo que no creo que explique, siquiera de manera significativa, la caída del partido morado. El agotamiento de su discurso, que funcionaba perfectamente ante PP y PSOE, se ha producido por el cambio de adversario político. Ciudadanos no tiene puertas giratorias, no ha arruinado ayuntamientos ni comunidades autónomas y para colmo niegan que vayan a apoyar una segunda legislatura del PP. Sin la candidatura única con Izquierda Unida, el tercer puesto en las generales parece una quimera.
  10. Ciudadanos es el Podemos de la segunda mitad de 2014: un partido al que todo le sale bien con unos líderes que están de moda. Las elecciones catalanas les han catapultado a la primera plana de la política nacional y llegan con tanta fuerza a las generales del 20-D que pocos dudan ya de que igualarán al PSOE en el resultado final. Pero es que si a Rivera le dan más escenarios como el de hoy, está por ver si, como decía Inés Arrimadas, no será Ciudadanos el partido que será apoyado por PP o PSOE para gobernar.

A falta de un debate en directo entre estos dos candidatos (a nadie le importa lo que digan Rajoy o Sánchez, ni siquiera a sus fieles votantes), Jordi Évole nos ha ofrecido una pieza de periodismo sana y bien producida. Es cierto que el formato deja dudas (¿qué se habrá quedado fuera de la edición?) y que, en mi opinión, estuvo algo blando con Rivera, pero hay que agradecerle que nos enseñe que la política sigue siendo, pese a todo, muy interesante. “Hay partido”.

Elecciones 27-S: España no se rompe; Cataluña, sí.

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27 de septiembre de 2015. Elecciones al Parlament catalán. Las terceras en cinco años. Las segundas de “deriva independentista”. Las primeras “plebiscitarias”. El inicio de la hoja de ruta para proclamar un nuevo Estado. Una candidatura única liderada por CDC (la parte dura de la extinta CiU) y ERC (los eternos paladines de la Catalunya Lliure). El “más alto, más rápido y más fuerte” del desafío soberanista.

En el centro del día histórico para Cataluña, un hombre: Artur Mas. O Ártur, como le llaman algunos. El hombre de la eterna sonrisa y el pulgar hacia arriba. El político que hoy pretendía llegar a lo más alto y ser el Nelson Mandela del pueblo catalán. Lograr la mayoría absoluta, seguir gobernando y proclamar en unos meses la independencia de manera unilateral. Pues bien, vísperas de mucho, días de nada: 62 escaños, y gracias. Y es así como, en una jornada histórica (77,44% de participación), pasas de ser President con mayoría absoluta gracias a ERC (71 escaños en 2012), a obtener el peor resultado de la historia de las formaciones CiU+ERC y depender para gobernar en mayoría de un socio anticapitalista, CUP, cuyo líder, en su primera rueda de prensa tras el anuncio de los resultados dice que “contigo no, bicho”. Todo ello tras haber desintegrado CiU por el divorcio con Duran i Lleida de este verano. Artur, como diría Rita Barberá, “qué hostia”.

El fracaso de Mas, unido al impresionante ascenso de Ciutadans (más de 720.000 votos, el 80% procedentes de la provincia de Barcelona), ha llevado a muchos al paroxismo y a gritar con rabia “Cataluña es España”. Craso error. El independentismo no pierde fuerza sino que ha ganado las elecciones. Echen un vistazo a las portadas de medios internacionales. “No, mire, es que las ha ganado porque la ley electoral es injusta”. Ya, y Rajoy es Presidente del Gobierno con el 45% de los votos. Las quejas, al legislador. Vamos con los fríos números (al 99,88% escrutado):

Partido Independencia Consulta Votos Escaños Porcentaje
JxS 1.619.735 62 39,55%
Cs NO NO 734.048 25 17,92%
PSC NO 521.483 16 12,73%
CSQP NO 366.019 11 8,94%
PP NO NO 348.100 11 8,5%
CUP 336.121 10 8,21%
Unió NO 102.781 0 2,51%

Es decir, 1.955.856 personas, 72 escaños, 47,76% de los votos, quieren la independencia.

Es decir, 2.424.656 personas, 99 escaños, 71,94% de los votos, quieren un referéndum.

Y quien tenga oídos, que oiga.

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Muchos de los que pretenden seguir debatiendo el asunto de la independencia en términos legales referidos al marco constitucional de 1978 se congratulaban ayer de que la independencia no hubiese logrado el 50% de los votos cuando llevaban meses advirtiéndonos de que “Mas y secuaces no tienen legitimidad para nada”. Es decir, las elecciones no eran plebiscitarias, siquiera en clave política, hasta la noche del domingo. Entonces sí, faltaría más, estas elecciones se transforman por arte de birlibirloque en un auténtico referéndum soberanista y Cataluña quiere ser parte de España.

Y lo mismo se puede decir de los señores de Junts Pel Sí: ayer su resultado fue meramente electoral, sin hacer referencia a las consecuencias del batacazo. Sólo Antonio Baños, de la CUP, destacaba la derrota en términos de apoyo mayoritario. Porque con estos datos de participación la victoria del “procés” es clara, pero no rotunda. Y sin rotundidad, el Gobierno en La Moncloa respira tranquilo sabiendo que tiene otros cuatro años (o los que consideren los políticos catalanes) para seguir mirando hacia otro lado mientras la llama de Catalunya sigue luciendo, trémula, pero luciendo.

Hablando de Gobierno. Si un político compartía anoche la incertidumbre de Artur Mas, ése es Mariano Rajoy. El PP no se llevó ni una sola plaza, se dejó 8 escaños y 125.000 votos. O lo que es lo mismo, la penúltima fuerza del Parlament, tan sólo 11.000 votos por encima de CUP. La campaña del miedo orquestrada en Génova fue un chute de energía para Ciudadanos, baluarte del centro-derecha y el partido que más reforzado sale del envite soberanista. Inés Arrimadas lucía brillante tras su espectacular resultado mientras Albert Rivera declaraba que la política antigua había muerto, señalando a las elecciones generales de final de año y retando a quien se le ponga por delante. Si Ciudadanos dejó dudas en las municipales de mayo, las ha disipado todas con contundencia. Ya no es que sean la llave para Rajoy o Pedro Sánchez, es que Rivera está en pleno esprint para gobernar España.

El reverso del gran momento de Rivera lo supone Pablo Iglesias. Una campaña basada en la falta de acuerdos y en la indefinición liderada por el inclasificable Lluis Rabell ha dejado a Podemos a la altura del PP en Cataluña, un resultado paupérrimo. Como algunos ya vaticinamos, el peor enemigo de Pablo Iglesias es el tiempo, que sigue pasando y quitándole energía al movimiento ciudadano. Todo apunta a que no podrá fagocitar al PSOE en diciembre y a que quedarán reducidos a una nueva Izquierda Unida (sobre todo si Alberto Garzón persiste en una candidatura conjunta). Tres meses por delante para replantear el discurso anticonfluencia y evitar el estancamiento.

En el lado surrealista de la campaña, la CUP llamaba a la desobediencia civil frente a las leyes de España y el PSC celebraba como una victoria el peor resultado electoral de su historia en Cataluña.  Cuatro escaños menos que hace tres años, doce menos que hace cinco. Tan cierto es que Miquel Iceta puede mirar orgulloso a los que pensaban que no conseguiría quedar por delante de Podemos como que la caída del PSOE en toda España es imparable. Diciembre dictará sentencia. Y qué decir de Unió, la rama que comanda Durán i Lleida. Fuera del Parlament, en la más absoluta irrelevancia. Otra prueba más de que la tibieza no les gusta a los catalanes.

¿Conclusiones? El independentismo está muy lejos de ser un “problema minoritario” o de haber sido vencido. Mas queda herido de muerte y muchos pensamos que Junqueras será el nuevo President con el apoyo de la CUP. Un Gobierno profundamente antiespañolista y con un partido marxista dominando el cotarro con 330.000 votos. Enfrente, Ciutadans más fuerte que nunca, con el PSC y el PP agarrándose a ellos para no caer, capaces de boicotear los intentos independentistas pero incapaces de gobernar ante la mayoría soberanista. 2016 traerá un nuevo Gobierno estatal que tendrá la papeleta de negociar con Cataluña las condiciones de una consulta soberanista donde rija el principio de claridad y con todas las garantías formales. Si este referéndum no se produce, seguiremos estancados durante cuatro años más. Ni España ni Cataluña pueden permitirse seguir con esta división absoluta, con este mirar hacia otro lado y patada hacia delante.

Pues sí, alguno dirá que para este viaje no hacían falta alforjas y no le faltaría razón. Quizá la única verdadera reflexión que deja esta jornada electoral es que frente a un debate jurídico-político estéril (porque sólo una de las partes está dispuesta a valorarlo) lo único que ha movido a la sociedad catalana son los sentimientos y la huida del extremismo: el único campo de batalla donde el unionismo, con Ciutadans al frente, aún tiene mucho que decir frente a un independentismo que ni avanza ni retrocede. Seguiremos informando.

Inés Arrimadas celebra el resultado de Cs con Rivera al fondo (EFE)

Y el Barça qué, ¿otra vez campeón de Europa?

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Piqué salta, la bola se queda flotando en el aire de Berlín, y el central culé vuelve a cargar para volver a despejar. Es su enésimo cabezazo, su enésima porfía con los Tévez, Morata, Llorente, Pogba, Marchisio… y vuelve a ganarla. La bola queda para Messi, que se gira y prolonga sobre Neymar. Es un cuatro para dos. Neymar, que ha hecho un partido mediocre, se traba y parece otra contra más fallada, pero la saca para Pedro, que fija a los centrales y le da una pelota para que se cierre el círculo, para que la final muera en la portería de Buffon.

Seis meses atrás, en Anoeta, dos días antes de la noche de Reyes, Claudio Bravo mira a sus compañeros. Jordi Alba se lamenta por el balón que acaba de meter en su portería. En el banquillo, Luis Enrique no mueve una ceja. Detrás de él, Neymar y Messi observan. La derrota en Anoeta deja al Barcelona a 5 puntos de la apisonadora blanca, del Real Madrid prodigioso, el de los 20 partidos seguidos ganados, el que amenaza con destrozar todos y cada uno de los récords. Muchos pensamos que todo se ha acabado, que el ciclo murió en Munich en aquella noche de abril de 2013, y que nada volverá a ser lo mismo. Que se fue Pep y en Barcelona ya no queda nada.

A partir de aquella tarde en Anoeta pasaron muchas cosas. Zubizarreta dimitió, nombrado responsable en primer lugar de los malos resultados (tres derrotas en Liga contra Real Madrid, Celta y Real Sociedad y una en Champions contra el PSG). Bartomeu puso su cargo a disposición de la Junta Directiva y se anunciaron elecciones. El escándalo de Neymar seguía (y sigue) en los Juzgados. Luis Enrique estaba a dos partidos de su cese.

En el plano deportivo, el ritmo del Real de Madrid era infernal y el Barcelona, cada día más parecido al del Tata Martino, no daba ninguna sensación de poder competir con él. En lo individual, Cristiano Ronaldo se relamía con 2-3 goles cada fin de semana, superaba a Messi en la clasificación de goleadores de la Champions y se permitía el lujo de retarle al ganar su tercer Balón de Oro, el segundo consecutivo tras el regalo de Blatter en 2013. “Quiero alcanzarle”, dijo el triatleta portugués, convencido de que Messi ya no era más que un mortal, un simple goleador con el que, ahora sí, podía medirse de igual a igual.

El 11 de enero, Luis Enrique se jugaba todo contra el Atlético de Madrid en el Camp Nou. Una derrota les dejaría a 8 puntos del líder y supondría, a buen seguro, su destitución. El Barcelona, aupado en un excelso Messi y en un enorme Luis Suárez, ganó 3-1. El propio Atleti sufrió en ese mes de enero otras dos derrotas contundentes en las que Suárez, Neymar y Messi empezaron a carburar. El Villarreal tampoco fue capaz de frenar al tridente culé y el Barcelona llegó a otra final de Copa, la quinta en siete temporadas. En la final del Camp Nou y la pitada al himno (oh, sorpresa), Messi destrozó a un débil Athletic y el Barcelona consiguió el doblete tras la 23ª Liga, ganada en el Camp Nou con un gran gol de Suárez al Real Madrid, en una segunda vuelta absolutamente primorosa en la que el equipo firmó 16 victorias, un empate (Sevilla) y una derrota (Málaga, el único equipo al que el Barcelona no ha ganado en este 2014-2015) consiguiendo 50 puntos de 57 posibles.

Pero si ha habido un territorio donde el Barcelona ha sido infinitamente superior a sus rivales, ése ha sido Europa. No recuerdo una Champions donde un equipo haya exhibido semejante autoridad, ganando todas las eliminatorias en el partido de ida con una facilidad pasmosa: 30 minutos duró el Manchester City (el campeón inglés). 79, el PSG (el campeón francés). 93, el Bayern de Munich (el campeón alemán). La propia final podría haber discurrido por los mismos senderos: tras el 0-1 en el minuto 4, el árbitro no pitó un penalti de Lichtsteiner en el minuto 8 y Buffon apareció con una parada antológica para frenar el 0-2 de Alves.

El partido de anoche no se quedará en ninguna videoteca, más allá de las de los culés. Fue feo, lento y aburrido. El Barcelona, extrañamente nervioso, prefirió guardar la ropa tras el gol tempranero de Rakitic, sorprendido quizá de la facilidad con la que creaba ocasiones a una Juventus revolucionadísima en el cuerpo a cuerpo pero plana en cuanto a ideas. Sólo Morata, compitiendo por sus dos aficiones, daba sensación de poder equilibrar la balanza.

Y así fue, tras el clásico error de Dani Alves (balón despejado de la banda hacia el centro en una jugada en la que toda la Juventus estaba metida en campo culé). El proscrito marcaba tras un rechace y, esta vez sí, lo celebraba por todo lo alto.

Los minutos de agobio posteriores los borró, quién si no, Messi, tras la polémica de Alves y Pogba (un lance que sólo ha destacado la portada del diario As). El ’10’ controló, desbordó y chutó para que el rechace llegase a Suárez (qué partido el del uruguayo) e hiciese el 1-2. A partir del gol, Alves y Alba hicieron línea de cuatro, la Juventus entregó las armas y el Barcelona se coronó como Rey de Europa.

La Quinta, cuarta Champions en diez temporadas. El Segundo Triplete, tras el logrado con excelencia total en el año inaugural de Pep Guardiola. 24 títulos desde que un argentino apareció en el Gamper del verano de 2005, precisamente ante esta Juventus. Durante estos últimos diez años, el FC Barcelona se ha hecho mayor, ha entrado directamente en la élite del fútbol europeo, tomando el lugar que la Historia, siempre la Historia, le había negado.Siempre girando en torno a la figura de un enano sin físico, sin gol, frágil, dopado, capaz gracias a Xavi y a Iniesta, dictador, egoísta, vago, centrado en su Selección, mortal, acabado. Diez años fieles a una filosofía, a una Ley que no es la del toque, ni la del contraataque, ni la de la presión alta, ni la de la madre que la parió: es la Ley del más fuerte, del más hábil, del más listo; la Ley del mejor.

Recordad su nombre: Leo Messi.

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A propósito del 24-M: examen para el voto

La idea del post y gran parte de su contenido es de Andrea Figueroa Chaves, quien no tiene cuenta de Twitter ni blog, pero sí espíritu crítico y ganas de que la gente piense.

Mañana, día 24 de mayo, unos cuantos millones de ciudadanos estamos convocados a las urnas para ejercer nuestro derecho al voto a la hora de elegir a nuestros representantes en las Entidades Locales (Ayuntamientos y Cabildos) y Comunidades Autónomas. En un ambiente de enfado y desafección, los grandes partidos políticos (azules y rojos) han llevado a cabo campañas muy suaves, que no llamen la atención. Y no es para menos: temen un varapalo considerable. La voz cantante de estas elecciones, centrándome por razones censales en la Comunidad de Madrid y en su capital, la han llevado los partidos de Tercera Vía (Ciudadanos y Ahora Madrid) que amenazan con entrar con una fuerza enorme y quedarse con las llaves del poder.

En cualquier caso y a pesar de lo que dicen las encuestas, muchos seguimos pensando que los de siempre acabarán gobernando como siempre. Las causas se han descrito en infinidad de ocasiones: las estructuras de poder corruptas que dan lugar a redes clientelares, el voto oculto que siempre aparece para mantener las cosas como están, algún que otro escándalo postelectoral (en la Comunidad de Madrid tenemos historial para hablar de ello) y, entrando ya en materia de este post, la psicología del voto.

¿Entendemos como una responsabilidad y no únicamente como un derecho nuestro voto? ¿Reflexionamos sobre las opciones a la hora de conceder la gestión de nuestro dinero y recursos a un partido? En definitiva, ¿decidimos de manera responsable a quién votamos?

Lamentablemente, hay un gran número de personas que ni se plantean estas preguntas y que a la hora de votar lo hacen por intuición, costumbre, afición incondicional o, incluso, por el nivel de belleza de los dirigentes (nunca subestimen el atractivo físico). Sin olvidar a los abstencionistas por pereza o aburrimiento, aquellos que “pasan de todo” y los puramente antisistema, a los cuales al menos les asiste el beneficio de cierta convicción ideológica.

Pretendemos defender aquí un voto reflexivo, un voto concedido como un bien preciado que es nuestro y no nos puede usurpar nadie, un voto que es una decisión que se debe tomar con la mayor cantidad de información posible y haciendo uso de nuestra capacidad pensante, con el esfuerzo evidente que ello conlleva. Señoras y señores: nuestro voto lo es todo. Es nuestro arma contra el gobernante, nuestra herramienta por excelencia para fiscalizar al poder. Votos como piedras, que decía Pablo Simón.

Por todo esto, proponemos un examen para el votante. Una serie de cuestiones políticas pero sin sesgo alguno que únicamente animan a pensarse dos veces la papeleta que meteremos en el sobre el domingo, aquellos que decidamos hacerlo.

Para contestar no hace falta ser una eminencia en ciencias políticas o económicas; nos basta con un ordenador, internet y ganas de masticar información, rumiarla y emitir un juicio crítico.

Sin más preámbulo, aquí van las preguntas.

1. ¿Sé cuáles son las competencias básicas que tiene mi Ayuntamiento y mi Comunidad Autónoma?

2. ¿Qué podría cambiar en el ejercicio de esas competencias? ¿Qué quiero que cambie en el ejercicio de esas competencias? Dicho de una manera menos técnica, ¿qué quiero que se haga con mi dinero en mi Ayuntamiento y en mi Comunidad?

3. ¿Conozco a los principales partidos políticos que optan al gobierno de mi Comunidad y a la Alcaldía de mi ciudad?

4. ¿Podría nombrar cinco propuestas del partido por el que siento mayor inclinación?

5. ¿Podría argumentar al menos tres motivos por los cuáles no quiero votar a los otros partidos políticos? Pueden ser motivos de su programa o, si es el caso, referidos a su actuación en la última(s) legislatura(s).

6. ¿Se quiénes son los dirigentes de los principales partidos políticos que se presentan a las elecciones? ¿Sé de dónde vienen y cuál es su trayectoria profesional?

En un panorama político repleto de promesas incumplidas y papel mojado, en un escenario lleno de actores que repiten sin censar los mantras del crecimiento económico, el aumento del empleo y la promoción de la sanidad y la educación, es especialmente importante el pasado de cada uno de esos actores. Acerca de lo que ya se ha hecho difícilmente se puede mentir. Una vez más: internet y sentido crítico ayudarán a encontrar algunas respuestas.

Son sólo seis preguntas básicas, cuestiones de calado político, sin perjuicio de que haya otras preguntas interesantes que plantearse antes de acercarnos a las urnas el domingo. Animamos a todo el mundo a que participe en su cabeza para alargar este examen. Para responder a estas preguntas tan sólo habría que interesarse en los programas electorales, saber quién es quién y tener claro qué es lo importante en la gestión de alcaldías y gobiernos de cada comunidad. No parece demasiado, ¿no? Pero al menos es suficiente para ganarnos el derecho a quejarnos del estado y gestión de lo público y de la corrupción en los gobiernos.

El genio de Chéjov

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La primera vez que me acerqué a Chéjov fue hace relativamente poco, a comienzos del año 2009. Lo hice sin saber muy bien por qué, quizá por una recomendación de algún amigo, quizá por un artículo o tweet perdido, quizá por ese extraño magnetismo que tiene para mí cualquier tema que roce tangencialmente la esfera de Rusia.

Para un lector joven, que había vivido de novelas durante toda su adolescencia, empezar con cuentos supuso poco menos que un salto de fe. Los veía como algo infantil, prosaico, relegado al ámbito de la fantasía. Haciendo gala de mi ignorancia, entendía como algo menor el relato corto, pues “largo” solía significar “mejor”, “grandioso” o, pura y simplemente, “más elaborado”. No se puede hablar de algo trascendente, emotivo o épico si no se llenan, al menos, 250 páginas. Arte al peso. Así pensaba yo y eso es contra lo que se enfrentaba la obra de Chéjov.

Sin ánimo de ser exhaustivo, que para eso tienen Wikipedia, Antón Chéjov es una de las patas de la Santísima Trinidad del realismo ruso de segunda mitad del s. XIX, esa que se conforma con los mucho más conocidos, Fiódor Dostoyevski y Lev Tolstói. A estos dos novelistas nos los enseñaban, en voz alta, como exponentes máximos de las letras rusas, genios de la literatura universal  y, en voz baja, como autores de tochos infumables sobre la nobleza rusa, esa que vivía ajena al tiempo en su palacio de cristal, hasta que llegó octubre de 1917 y nada volvió a ser lo mismo. Nadie me mencionó nunca a Chéjov, que debía de aparecer en algún párrafo perdido del libro de Lengua de 1º de Bachillerato, enterrado por planes de estudio que de tan alto que vuelan sobre la historia de la literatura universal acaban por hacer pequeños a genios enormes.

A pesar de ser famoso en su tiempo por ser el autor de los dramas más celebrados del teatro ruso de principios del s. XX (El Tío Vania, El Jardín de los Cerezos y, especialmente, La Gaviota), obras que fueron el germen de la Compañía de Teatro de Arte de Moscú y que, a pesar de los recelos de no pocos soviets que las entendían elitistas y alejadas de los tiempos modernos, siguieron siendo las más representadas durante toda la vida del comunismo ruso, el tiempo acabó por atender al talento de Chéjov para el relato corto y le rehabilitó como una figura fundamental para entender el cuento, encumbrándole en la literatura universal junto a otros maestros como Poe, Cortázar, Bradbury, Quiroga o García-Márquez.

Mi admiración por Chéjov viene de su increíble capacidad para describir sentimientos a través de situaciones simples, cotidianas, que utiliza para criticar, en no pocos casos, la sociedad rusa que le tocó vivir, sus errores y sus prejuicios.  Sin dejar de lado su estilo, que es magistral en su sencillez, creo que la nota diferencial de Chéjov es la manera en que nos conduce por los recovecos de la mente y el alma humanas, mostrando cómo lo trascendental no está sólo en los dramas épicos de batallas y amores imposibles de Tolstoi y en las luchas interiores y el destino cruel de Dostoyevski, sino también en las pequeñas cosas, en lo cotidiano, en personajes anónimos y diálogos mundanos que tocan la traición, la envidia, el egoísmo, la pobreza, la angustia, la tristeza y, sobre todo, el amor. El hecho de que algunas situaciones no tengan cabida en la sociedad actual no le quita ni una pizca de vigencia a las motivaciones de los personajes de Chéjov, incompletos siempre por fuerza de la brevedad pero definidos de manera precisa, especialmente en lo moral, con apenas unas pocas, pero muy precisas, pinceladas.

Sin más, les dejo con los que, para mí, constituyen lo más granado y recomendable del extenso elenco de este curioso personaje y extraordinario autor. Cinco relatos que se pueden leer en lo que dura un trayecto de transporte público pero que no se olvidan por muchos “kilos” de novela que vengan detrás. Ah, y perdonen los títulos en castellano y la subjetividad implícita de cualquier lista.

1. Enemigos (1887): posiblemente, mi preferido. Un relato sobre el infortunio, el invariable egoísmo del ser humano, la total desconsideración hacia el dolor ajeno y cómo los sentimientos pueden transformarse en cuestión de segundos.

El doctor, en cambio, estaba de pie, apoyándose con una mano en el borde de la mesa, y miraba a Aboguin con el profundo desprecio, algo cínico y feo, con que sólo saben mirar el dolor y el infortunio cuando ven frente a sí el bienestar y la elegancia.

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2. La cigarra (1892): bastante más largo que el anterior. Con el egoísmo (de nuevo) y el amor como eje vertebrador, es una historia que habla sobre las apariencias, la abnegación, la imposibilidad de mantener una relación cuando hay otras prioridades en mente y de cómo el arrepentimiento casi siempre llega tarde.

Lo mismo que antes, Olga Ivanova buscaba grandes personajes, los encontraba y, al no sentirse satisfecha, seguía buscándolos. Lo mismo que antes, volvía a casa todas las noches muy tarde, pero Dimov no dormía, como el año anterior, sino que estaba trabajando en su despacho. Se acostaba a eso de las tres y se levantaba a las ocho“.

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3. El pabellón nº 6 (1892): próximo a la mini-novela, esta vez  el tema central es la locura y sus difusos límites con la razón. Un relato claustrofóbico, asfixiante, lleno de ira y de crítica hacia la sociedad rusa y  la incomprensión e intolerancia sobre las enfermedades mentales que existían en la Europa de los albores del siglo XX.

Después todo quedó en silencio. La difusa luz de la luna penetraba por la reja, proyectando en el suelo la sombra de una red. Daba miedo. Andrei Efímich, tendido en la cama y contenida la respiración, esperaba horrorizado nuevos golpes. Diríase que alguien le hubiera clavado una hoz, retorciéndosela varias veces en el pecho y en el vientre. El dolor le hizo morder la almohada y apretarlos dientes. Y de pronto, entre el caos reinante en su cabeza, se abrió paso una idea horrible, sobrecogedora: aquellos hombres, que ahora semejaban sombras negras a la luz de la luna, habían padecido el mismo dolor años enteros, día tras día“.

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4. Una pequeñez (1886): uno de los grandes ejemplos de cómo Chéjov puede, partiendo de una situación aleatoria y un diálogo intrascendente entre dos personajes sin contexto, desvelar una reflexión profunda sobre la condición humana y su auténtica naturaleza: el engaño, la envidia y la traición.

-¡Nicolás Ilich! -gimió Alecha-, usted me había dado su palabra de honor…

-¡Déjame en paz! ¡Se trata de cosas más importantes que todas las palabras de honor! ¡Me indignan, me sacan de quicio tanta doblez, tanta mentira!

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5. El beso (1887): una vez más, el azar de una situación provoca sentimientos desbordados en una persona cualquiera (un soldado ruso) debido a la ingenuidad apasionada de la juventud y la ilusión. Una de las historias más tiernas (e inevitablemente devastadoras) que escribió Chéjov.

Riabóvich metió la cabeza bajo la sábana, se hizo un ovillo y empezó a reunir en su imaginación las vacilantes imágenes y a juntarlas en un todo. Pero no logró nada. Pronto se durmió, y su último pensamiento fue que alguien lo acariciaba y lo colmaba de alegría, que en su vida se había producido algo insólito, estúpido, pero extraordinariamente hermoso y agradable. Y ese pensamiento no lo abandonó ni en sueños “.

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Gobierno de la Comunidad de Madrid: historia de una organización criminal

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Se fue el mes de octubre de 2014 y con él la bella costumbre del escándalo de corrupción diario, escándalos que han salpicado a deportistas, empresarios, artistas y políticos en muchas sedes pero que han sido especialmente sonados en nuestra querida Comunidad de Madrid, donde un terremoto ha sacudido los cimientos del Ejecutivo Popular con epicentro en la figura de Don Francisco Granados.

Hombre de confianza de Esperanza Aguirre, integrante de la Santísima Trinidad que la lideresa, Ignacio González y él formaron durante varios años al frente de la CAM, bien secundados por otros ilustres como Juan José Güemes, Manuel Lamela, Javier Fernández Lasquetty o Lucía Figar. Valientes jinetes, adalides de esa rama del Partido Popular orientada al liberalismo que cándidamente podríamos tachar de republicano en el sentido norteamericano del término. Personas cultivadas en lo académico, correctísimas en el hablar y el vestir, magníficas en su decoro. Partidarios del libre mercado y de la desregulación, de la gestión privada en el ámbito de lo público, defensores de la meritocracia y de la excelencia. No me cabe la menor duda de que así es cómo les gustaría ser recordados.

Por desgracia para ellos y para casi todos los madrileños, la Historia comienza a desvelar qué lugar tienen reservado.

Año 2003. Tras el largo matrimonio entre Álvarez del Manzano y Gallardón, soplan vientos de cambio en la Comunidad de Madrid. Alberto, siempre ávido de gloria, quiere engrandecer la capital y llevarla al primer plano internacional, sea como sea. Por aquel entonces se trataba de uno de los políticos mejor valorados del país: se había movido como pez en el agua al frente de la Comunidad y su tibieza a la hora de celebrar los logros del gobierno estatal de Aznar le habían granjeado las simpatías de propios y extraños. Un “progre” disfrazado de popular. Arrasó a Trinidad Jiménez y se convirtió en alcalde de Madrid. Fue reelegido de manera avasalladora en 2007 y en 2011, para poco después dejarle el cargo a la mujer de Aznar y marchar hacia su particular Waterloo en la cartera de Justicia. Pero esa es otra historia.

La alcaldía está asegurada pero en la Asamblea de la Comunidad el vacío de poder es evidente. Aznar no puede permitirse perder la plaza y el baile de nombres incluye a barones y baronesas de la cúpula del PP: se habló de Rodrigo Rato, pero Aznar le necesitaba para ganar las elecciones generales y además se mascaba su llegada al FMI, llegada en la que el Gobierno de España empleó considerables recursos y que se saldó con uno de los peores mandatos al frente del FMI que se recuerdan. Pero esa también es otra historia.

Finalmente fue Doña Esperanza Aguirre, la vivaracha Presidenta del Senado, la elegida. Se comentó que su relación con Aznar no era del todo buena, pero se trataba de una política de garantías, una mujer admirada por sus allegados porque “siempre dice la verdad y nunca se calla ante nadie”. Llegó mayo y Aguirre no consiguió la mayoría absoluta.  En unas elecciones muy ajustadas, el PP se quedó a un escaño del objetivo, por lo que PSOE e IU iban a gobernar en Madrid con Rafael Simancas como presidente. Aguirre se enfrentaba a cuatro años de penurias, a la condena de liderar la oposición por un margen tan exiguo como frustrante. O no.

En un movimiento inesperado, Tamayo y Saéz, dos diputados socialistas, decidieron abandonar la disciplina del partido y pasarse al Grupo Mixto. Los motivos no se esclarecieron en la Comisión de Investigación de aquel verano, las elecciones se repitieron en octubre y, ahí sí, al más puro estilo George W. Bush en el 2000, Esperanza Aguirre consiguió la mayoría absoluta. Las evidencias de que aquellos dos diputados fueron sobornados con dinero negro del PP van saliendo a la luz, pero aún es pronto para echarse unas risas al respecto. La versión oficial sigue siendo la de que lo hicieron por “convicciones personales”, convicciones que no somos quiénes para valorar.

La camada de Aguirre se configuró, como ya hemos visto,  como un conjunto de libertarios que venían a cambiar la forma de hacer las cosas en la Comunidad, siempre en aras de la máxima prosperidad de los madrileños. Con el ejecutivo popular, la Comunidad conoció tasas de crecimiento descomunales, con una entrada de dinero sin precedentes y un estado de euforia generalizado que duró hasta bien entrado 2008. Durante ese tiempo, Aguirre presumió de que Madrid era el motor de España, referencia mundial, la economía más pujante de la Tierra. Exultante, bonificó al 100% el Impuesto sobre el Patrimonio y al 99% los Impuestos sobre Sucesiones y Donaciones, rebajó al 4% el Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales, etc. Los réditos del mercado inmobiliario llenaban las arcas de la Comunidad y la lideresa no dudaba en rebajar la presión fiscal (de forma selectiva, eso sí) mientras inauguraba autopistas, líneas de metro, hospitales, estadios, etc.

Aguirre se acabó convirtiendo, durante la etapa postaznarista 2004-2011, en la voz más autorizada dentro del PP, una suerte de caudilla que se erigía frente al intervencionismo de Zapatero y su afán por tocar el bolsillo de los españoles, ese bolsillo que, más tarde, el Gobierno de Rajoy “se vio obligado” a saquear con la presión fiscal más alta de la historia de la democracia. Por no mencionar su firmeza ante el avance del nacionalismo catalán, ETA o la izquierda chavista y castrista. O todo lo demás junto, que para ella es lo mismo. Sobrevivió a accidentes de helicóptero, a atentados islamistas y al cáncer. En 2012, presentó su dimisión alegando motivos de salud. Algunos sospechamos que había muchas cosas detrás de sus lágrimas de cocodrilo. Se nos trató de machistas, partidistas, indecentes, etc. Una vez más, la Historia empieza a poner las cosas en su sitio.

En su “retiro”, Aguirre ha trabajado en el sector privado sin mayores problemas, ha insultado a todos los que “tomaban la calle”, ha sido multada en plena Gran Vía con huida al volante incluida y ha tenido los redaños para mantener una conversación telefónica en directo con Pablo Iglesias, algo de lo que ningún otro político español puede presumir.

En cuanto a la camada que la acompañó en el Gobierno, sus carreras no han tenido el mismo glamour pero han tenido vaivenes considerables: al imputado Granados hay que sumar el ático de Ignacio González (imperdible esta discusión en la COPE con Pedro J. Ramírez, con descalificaciones tan graves como hilarantes), la privatización selectiva de los Consejeros de Sanidad Güemes y Lamela entre 2007 y 2010 (que provocó su imputación penal en 2013 por, entre otros asuntos, favorecer la cesión de bienes públicos a empresas que les habían abonado comisiones o de las que ellos mismos formaban parte como consejeros),  continuada hasta 2014 por Fernández Lasquetty (quien tuvo que dimitir tras la presión del colectivo de sanidad madrileño) o los desmanes de Lucía Figar como Consejera de Educación (degradando la educación pública hasta convertirla, con honrosas excepciones, en la esponja que se lleva al 78% del alumnado extranjero, al 70% del alumnado con necesidades especiales y al 69% del alumnado de compensatoria mientras la educación privada y la concertada se llevan un 40% del total del alumnado “ya saneado” y medran gracias a subvenciones y ayudas públicas).

El denominador común de estas políticas ha sido la supuesta búsqueda de la eficiencia y la excelencia a través de la mano libre del mercado con el fin de mejorar la prosperidad de todos los madrileños. Esto se ha traducido en un juego de sillas entre políticos y empresarios de medio pelo, capitalistas de salón y rayos UVA, tiernos compañeros de copa en reservado, hoy separados por una puerta que gira sin parar. La reforma de la política madrileña del ejecutivo popular ha consistido en casi tres legislaturas de intereses estrictamente privados: una usurpación constante del espacio público, una tomadura de pelo encaminada a garantizar el estatus de una serie de listillos de escuela de negocios que hablan de los parabienes del liberalismo cuando sólo saben moverse en los entresijos de las relaciones públicas y los favoritismos, el privilegio sistemático a una minoría de madrileños que no usan el transporte público, se pagan educación y sanidad privadas y sólo esperan del poder la tranquilidad que da saber que tu patrimonio y tu herencia está protegida por un aparato de poder afín a tus ideas (y bonificado fiscalmente). O lo que es lo mismo, la maldita élite que manda en las altas esferas españolas.

Pero lo peor no es que el espacio público de la Comunidad de Madrid se haya visto tomado y maltratado por estos individuos, ni siquiera lo son las formas con esa desidia y soberbia, la más repulsiva y cateta chulería de taberna. Lo peor es que aún ahora que su castillo se derrumba, ahora que ni siquiera la más honorable está libre de pecado, nos siguen tratando como a borregos estúpidos. Siguen pidiendo perdón, como si fuéramos sus hijos, como si hubiesen rozado el Cayenne en el garaje de su casa. Nos dicen que no saben nada, que qué alucinante, que hay que recuperar la confianza y que qué vergüenza. El colmo es cuando la lideresa aparece en Telecinco proponiendo medidas para frenar la corrupción, señalando a sus compañeros como si fueran extraños, negando toda relación con cualquier imputado, como si en lugar de haber vivido 18 años en la primera línea de la política española, presumiendo de “su partido” y de “su Comunidad” como quien presume de Rolex nuevo, hubiese estado metida en una cueva rezando rosarios. Señora Aguirre, sólo hay dos opciones: o usted es una caradura o es usted imbécil. Por mi parte no dudo de su inteligencia, así que deje de hablarnos de sus desmanes y sus delitos como si fueran chiquillerías sobre las que nadie tuviese responsabilidad alguna, como si todo fuese un juego de patio de colegio en el que todo se difumina en la confusión y el jolgorio.

B1WvbE3IEAEK33U.jpg largeHay que ser realistas: las responsabilidades penales, que pueden resultar evidentes en la calle, no lo son en los Tribunales, máxime cuando hablamos de políticos. Nuestra Justicia va lenta y tiene resquicios que no convencen a nadie. Sin responsabilidad penal, no devolverán un solo euro de todo lo que han malversado y robado; tampoco lo harían en el caso de ser condenados, pero esa es otra historia. Lo único que nos queda como castigo es el escarnio público, el ostracismo político, el dedo que les señale hasta el final de sus días. Ser considerados ladrones, jetas, sinvergüenzas, oportunistas de la peor calaña, cáncer de este país. Que la mierda salpique por fin a toda esta banda de mafiosos y criminales. A ellos, que sólo aspiraban a la gloria de sus bolsillos y los de sus allegados, lo que más les puede doler es salir del sistema por la puerta delantera abucheados y observados. Que la Historia les engulla, les expulse y se vayan por el sumidero de la nadería, la intrascendencia, la ridiculez.

Quizá a partir de 2015 podamos verlo.

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